Paula Palacios, directora de Cartas Mojadas. | Sergio R Moreno / GTRES

Paula Palacios: "Para mi es muy importante que no culpemos a la gente que huye, a los refugiados"

La cineasta ha presentado 'Cartas mojadas', un documental que se ha convertido en uno de los más taquilleros del año. Una película tan bella como dura con la que consigue llegar al corazón para dejar un mensaje claro: solo con humanidad se puede afrontar la crisis migratoria que vivimos.

Paka Díaz | Woman.es

Si tienes que ver una sola película este año, que sea ‘Cartas mojadas’ . Este documental dirigido por la cineasta Paula Palacios se llevó el premio del público en el Festival de Málaga y en el Festival Internacional de Cine de Ourense. Además, aparece en todas las quinielas para los próximos premios Goya. De una fría y dura belleza, cuenta las realidades que viven las personas refugiadas en la ruta a Europa por el Mediterráneo central. La voz que narra, una dulce voz que acompaña todo el filme, representa a una niña de diez o doce años, que murió ahogada y se quedó para siempre en el fondo de ese mar tan nuestro. Ella recuerda lo que pasó, reflexiona sobre lo que sucede y acaba perdonándonos. A todos nosotros, los que estamos a este lado, el occidental. A la niña la arropan, con sus cartas, madres refugiadas reales que también desgranan sus historias. La película te atrapa mientras sientes tu alma desgajándose en jirones.

‘Cartas mojadas’ se ha convertido en uno de los documentales más taquilleros del año. Tanto, que hay días que hay lleno total y se suelen quedar personas fuera que no consiguen entrada. El boca a boca de los espectadores es una de sus grandes bazas. La otra es la profunda empatía que despierta en el espectador. Una película a la que Isabel Coixet, productora asociada y fan número uno, señala como "dolorosamente necesaria, que trasciende, con una factura impecable y un montaje preciso, en cada fotograma, los documentales anteriores que han tratado el mismo tema”. Algo que diferencia a ‘Cartas mojadas’ es que Paula Palacios posee una sensibilidad exquisita que transmite en cada imagen, en cada frase dicha, pero, al mismo, tiempo, no duda en poner al espectador frente a un espejo en el que se ve a sí mismo con toda su crudeza. Porque, como ella recuerda, “los refugiados saben que nosotros sabemos”.

Cinco años estuvo Paula Palacios dedicada a este documental, tres de ellos de rodaje. Una parte del documental sucede en el barco de Open Arms, donde la cineasta filmó una operación de rescate en la que sacaron a más de 500 personas, un hombre joven y un bebé murieron a bordo. Según explica la directora, la intención de este proyecto es promover un cambio en la legislación internacional en temas de migración. El pasado septiembre se presentó el Pacto Europeo sobre Migración y Asilo, un conjunto de normas que deberán aplicarse en la Unión Europea y los Estados Miembros durante el periodo 2021-2027 y que endurecen aún más la situación que viven las personas migrantes y refugiadas. En la web de la película han puesto una petición pública que se puede firmar, para pedir al Gobierno de España que se posicione en contra ese nuevo pacto migratorio y, en su lugar, proponga una política migratoria humana y de acogida. Lo mueven en redes con el hashtag #NoaEstePactoMigratorio y recuerdan que uno de los acuerdos que ya se ha firmado entre el Gobierno de Malta y el de Trípoli, prevé el establecimiento de centros de internamiento en Libia, pagados con dinero europeo, donde se detendrá a las personas que sean rescatadas o interceptadas en el mar.

“Como se ve en ‘Cartas mojadas’, está demostrado que en Libia se tortura, esclaviza y mata a los refugiados. No podemos permitir ese pacto, no podemos financiar eso con dinero europeo, con nuestro dinero”, reclama la cineasta, que conoce la realidad que allí se vive de primera mano. Para mostrar esa dureza, entró donde ni su equipo local de rodaje en Libia quería entrar, en Beni Walid, uno de los lugares más peligrosos del mundo. En ese oscuro pueblo en el que las mafias aprisionan y torturan a los migrantes en su ruta hacia el Mediterráneo. Palacios estaba decidida a encontrar ese infierno del que le hablaban las personas refugiadas. Y lo encontró. Allí pudo entrevistar a una mujer que cuenta a cámara como le daban descargas eléctricas en la planta de los pies, que muestra su cuerpo quemado en las torturas que sufrió y explica que mataron a su bebé aún no nacido golpeando su tripa con una barra de hierro. Demoledor.

“Queremos aprovechar la visibilidad que está teniendo el documental y el apoyo de gente muy conocida, como Pedro Almódovar, Isabel Coixet o Serrat, para pedir que la gente firme. Hay que parar ese pacto, la situación ya es muy dura como para ponerla más difícil”, explica Palacios, para quien es evidente que este documental, y todos los que hace, son una muestra de su compromiso personal. Ella ha tenido vivencias directas y comparte esa información en esta poética y durísima película que es ‘Cartas mojadas’, un filme que deja muy claro que si no se humanizan el pacto migratorio, las legislaciones, las políticas, estamos perdidos como sociedad. Hablamos de todo ello con Paula Palacios, su directora.

¿Dónde nace la idea de ‘Cartas mojadas’?

Llevo bastante tiempo trabajando en el tema de la migración, así que era algo que iba a seguir tocando, pero la película también nace de un enfado porque mucha gente me preguntaba a menuda si no me cansaba, si no me aburría ya el tema de la migración. Así que decidí hacer este película, quería que fuera diferente, que llegara a la gente de otra forma. Me da la impresión de que se habla de la migración, que tenemos información sobre los refugiados, pero le hacemos poco caso. No se habla de ello de forma constante y profunda, queda casi como anecdótico. Ah, sí, están ahí, pero no le damos la importancia que deberíamos si tenemos en cuenta que está muriendo gente. Yo quería que le llegara a la gente como es la realidad que viven. Hago películas sobre migraciones porque es el horror y sigue pasando cada día.

La voz que narra es la de una niña. ¿Son reales esas cartas, están basadas en las realidades de las personas que huyen buscando refugio?

La voz narradora es de una niña, sí, no tiene edad concreta, entre diez y doce años. La escogí así porque quería que fuera alguien inocente. Estoy cansada de que se culpabilice a la gente que huye, como si fuera culpa suya tener que irse de sus casas y pensé que a una niña sería más difícil que la culparan de tener miedo y huir. La voz de esa niña la he escrito yo, pero está basada en las realidades de los migrantes. Y las cartas de las madres son suyas y narran sus vivencias personales. Para mi es muy importante que no culpemos a la gente que huye.

La sensación que se tiene es casi la de estar en el mar toda la duración de la película. Y hay una sensación de frío, de mucho frío y de seriedad. Nadie ríe. ¿Qué querías transmitir con eso?

Da la sensación de frío porque hacía mucho frío. Imagina cómo es para ellos, que venían del agua. Solo hay un momento, cuando ya llega el calor, en que todos se ponen a cantar en cubierta, es mágico. Al principio yo quería hacer toda la película en el mar, fue mi primera idea, pero me di cuenta de que era necesario mostrar de dónde venían las personas migrantes, es fundamental que se sepa para poder entenderles. También me pareció importante mostrar el después para ver cómo los tratamos en Europa. Y quería rodar en invierno para mostrar la dureza y que pese a ella, siguen intentándolo y van a seguir haciéndolo porque es inevitable, porque lo que dejan atrás es siempre peor.

El 10 de diciembre se celebró el Día de los Derechos Humanos, ¿estamos incumpliéndolos como sociedad de manera constante, cruel y sistemática con los inmigrantes y refugiados?

Totalmente. Estamos fracasando como sociedad y estamos demostrando que somos racistas. Lo digo con claridad porque lo veo así. No se permitiría que un bebé blanco muriera en alta mar, se le rescataría inmediatamente. Según el Convenio de Ginebra, estamos obligados a rescatar a las personas del mar y a llevarles a un puerto seguro. Libia no es un puerto seguro, lo denuncian todas las organizaciones de Derechos Humanos y el ACNUR. Yo he estado allí y lo muestro en la película. No es un sitio seguro, es un infierno.

¿Cómo lograste grabar en el guardacostas libio?

Eso es lo primero que me pregunta todo el mundo tras ver la película. En realidad fue muy sencillo, me dijeron dónde estaban, pedí los permisos y me los dieron. Creo que, como es la Unión Europea la que les paga, ni se plantearon decirme que no. Les parecía lo más normal que fuera a rodarles. Lo más complicado fue ir a Libia, me dieron el visado solo a mí así que fui yo sola y rodé allí con un equipo local que hizo unas imágenes muy bellas, incluso con toda la dureza de lo que estábamos contando. Entré en Beni Walid, considerado uno de los lugares más peligrosos del planeta. Mi equipo era reacio a ir, pero conseguí ir y rodar allí. Algunas de las historias más duras del documental proceden de allí.

Después de conocer la realidad de Libia, ¿cómo puedes explicarte que la Unión Europea pague a Libia por mantener allí a las personas refugiadas?

Desde un punto de vista humano, no tiene explicación, es vergonzoso que se haga. Y los refugiados son conscientes de lo que pasa, de la pasividad de Europa, del trato que se les está dando, de que se permite que en Libia se torture, que los llevan allí de vuelta. Y ellos saben que que los ciudadanos europeos lo sabemos. Ahora quieren endurecer las políticas migratorias de la Unión Europea, por eso estamos intentando utilizar la visibilidad de la película para pedir firmas para que el Gobierno español no apoye ese endurecimiento de las leyes.

¿Qué supone el barco de Open Arms para las personas migrantes y refugiadas?

Un refugio, saben que les van a ayudar y a tratar bien, a cuidar en lo posible. Pero, en general, los migrantes relativizan mucho. A nosotros nos impresiona mucho el viaje en patera, pero entre ellos no lo recuerdan, ni siquiera lo nombran casi. Para ellos lo importante es haber conseguido huir y, sobre todo, llegar que supone estar a salvo, aunque las condiciones luego sean muy duras. Y cuando llegan, olvidan deprisa. Viven muy en el presente.

Hay un momento en el documental en que llega el guardacostas libio, que los va a devolver a lo que tanto ellos como los informes del ACNUR llaman ‘el infierno’. Sin embargo, lo aceptan y nadie se solivianta. ¿Cómo es posible?

Supongo que yo en su caso me habría rebelado y la habría montado, pero creo que ellos poseen una paz mental extraordinaria, porque han vivido experiencias muy duras. Aunque también es cierto que a veces sí se desesperan y se tiran al agua, muchos acaban ahogados por huir, por no querer regresar a Libia. Si hay un barco de una Ong cerca, se van a él nadando como puedan. Tienen terror a volver a Libia.

¿Qué suponen Open Arms y barcos similares de otras Ongs para las políticas de la UE en inmigración?

Pone en evidencia que sus políticas no funcionan, por eso Open Arms y el resto de barcos de rescate de Ongs les son incómodos. Ellos se han organizado y están haciendo el trabajo de rescate de manera eficiente y humana. A nivel institucional, gestionar la llegada de inmigrantes es muy complicado, pero tenemos que exigirle a nuestros gobiernos que lo hagan y que lo hagan desde los Derechos Humanos.

¿Cómo fue el proceso de montar la película, tras un rodaje tan extenso?

Todo el proceso nos ha llevado cinco años, empezamos a rodar a principios de 2016 y terminamos a final de 2018 y luego vino la edición, la postproducción… Ha habido tres editoras para montar el documental que han hecho una labor increíble, porque yo estaba muy metida en el tema, muy involucrada. Yo había perdido un poco la perspectiva de la película que tenía, por eso necesitaba la mirada fresca del equipo para ver el material. Ahí fue cuando apareció Isabel Coixet. Me acerqué a ella porque se que es una persona de verdad muy comprometida con los Derechos Humanos. Me ha ayudado mucho, sobre todo con su experiencia y con esa energía que tiene. En aquel momento yo estaba agotada de todo el rodaje, necesitaba al equipo.

Has rodado en Francia, en Grecia, en Libia… ¿Cómo es el trato que has visto que se da a los refugiados en los países que has rodado?

Creo que Alemania es el país que mejor les trata, allí, aunque sea todo muy sencillo, se les ofrecen mejores condiciones de vida. En el resto de los que he estado he podido comprobar que es muy precario, no hay infraestructuras. Llevamos años recibiendo a refugiados y aún no las hay. No hay voluntad. Cuando estaba rodando en París, esas imágenes de refugiados que se habían puesto a dormir en unas calles del centro, mojadas, en invierno y llega tanta policía para echarlos porque molestan. Esto dice mucho. No podemos seguir poniendo excusas. No quedan, no las hay, no existen. No puede haberlas cuando estamos hablando de personas muertas, cuando se está permitiendo que muera gente en el mar o que los devuelvan a Libia, un infierno donde les torturan, los venden como esclavos y los matan.

¿Cómo es la reacción de la gente que la ve?

La reacción es muy buena, empatizan. Aunque sea dura, muy dura y haya momentos muy difíciles, creo que la película tiene también mucha poesía en ella y te permite ponerte en la piel de esas personas que están viviendo situaciones tan duras. Creo que los ciudadanos somos los que tenemos que parar esto, que exigir a nuestros gobiernos que protejan a las personas.

¿Qué mensaje te gustaría que quedara de la película?

Me gustaría que transmitiera la culpa que deberíamos de tener desde Europa para que dejemos de seguir hablando de si las mafias esto o lo otro, o de si no hay sitio para todos. El problema que debemos afrontar es que están muriendo personas y que desde Europa se esté financiando a gente que no es profesional del rescate para interceptar pateras, cuando hay profesionales preparados de las Ongs que hacen el trabajo muy bien. Hay que apoyarles y hay que parar los cambios de legislación que pretenden endurecer aún más las políticas migratorias de la UE.

Ahora estás con un nuevo proyecto, el documental ‘Mi hermano Ali’, sobre un refugiado somalí de 22 años al que llevas siguiendo varios años. ¿Qué nos puedes contar de este trabajo?

Llevo ocho años rodando a Ali y nuestra relación ha ido creciendo en ese tiempo. Ali es un joven somalí que llegó con 14 años a Ucrania, es muy divertido e inquieto, no ha parado de moverse y no paran de pasarle cosas. Yo le llamo ‘Forrest Gump’. Incluso Angelina Jolie le ayudó. Ella colabora con ACNUR y Ali se había apuntado a un programa para poder ir a los Estados Unidos y fue ella quién medió para que pudiera ir. Juntos hemos vivido muchas aventuras y hemos crecido. La película es muy personal, él es el protagonista pero yo, que soy la operadora de cámara, también soy un personaje en el documental, interactuamos y hemos acabado siendo como hermanos, por eso el título. Al principio pensaba que quizá me dejaba grabarle por interés, pero luego se generó entre nosotros una relación que nos hace plantearnos nuestras diferencias, qué aceptamos del otro y qué nos cuesta más aceptar, nuestras culturas diferentes… Supone un proceso de reflexión con el que cuento la crisis de los refugiados, pero desde otro punto de vista.