Marlota en L’Habilleur (Plaza de Chueca, 8. Madrid), tienda que apuesta por sus diseños desde su primera colección.

Mar García es Marlota

De forma callada pero eficaz, Mar ha creado una de las etiquetas españolas con más proyección de futuro.

ISABEL MARGALEJO

Su verdadero nombre es Mar García, pero se siente tan identificada con su criatura que pide que la llamemos Marlota. «Registré el nombre Mar Adentro para prendas de vestir pero, poco después, Amenábar empezó a rodar la película y no quería parecer una oportunista. Buscando otra palabra que empezara por mar, encontré esta, que suena bien y que, además, es una prenda árabe del siglo XV.»
Estudió Diseño en la Universidad Politécnica de Madrid, y trabajó durante siete años en el equipo creativo de Roberto Torretta. Hasta que un día decidió crear su propia línea de ropa y, con algo de dinero ahorrado, instaló su centro de operaciones en el salón de su casa. «En realidad, nunca quise ser empresaria, surgió como una necesidad de hacer algo más creativo, más mío.» Conocía la industria y sus mecanismos desde dentro. «Aunque para ser una pequeña empresaria del textil no solo hay que diseñar, tienes que ocuparte de la producción, las ventas, la prensa... ¡Ser toda una mujer orquesta! El día que llego a casa a las ocho me parece increíble.» Así lleva tres años, sola, sin divismos, con una mínima infraestructura, lidiando con telas y números. Pero no se queja. Está contenta de cómo le están yendo las cosas: tiene estudio propio, vende en España, Tokio, Londres, Milán, Atenas y San Petersburgo, y la prensa especializada la apoya. Con todo, se resiste a delegar. «Aún sigo yendo yo misma a visitar a los clientes con la colección en el maletero. Como vendes tú un producto tuyo, no lo vende nadie. Aunque ahora estoy considerando la posibilidad de exponer la colección en un showroom. El ritmo es cada vez más rápido y el volumen de trabajo va subiendo.» La ropa de Mar-Marlota es sencilla pero no minimalista, coqueta de una forma callada, sin florituras. Sus prendas, aparentemente fáciles, tienen mucho trabajo detrás, y eso se nota. «Sobre todo en las siluetas, el patronaje y la selección de tejidos.» Su debilidad son las gamas de los neutros, gris, azul matizado, verde y negro, «el color que siempre llevo». Jamás rojo.
Un enfoque más cercano
Cuando, inmersa en el proceso creativo, se atasca, recurre al punto de vista objetivo y realista de su amiga «y casi hermana» Sonia Alba, diseñadora de calzado y compañera de facultad. «Somos nuestros targets mutuos; yo de sus zapatos y ella de mi ropa. ¡Tiene casi más modelos de Marlota que yo! Y además de su punto de vista de creadora, me da el de consumidora. Una colección es como un puzle. Tienes muchos elementos y hay que encajarlos hasta sentirla redonda. ¿Que cómo lo sabes? Es alucinante, sigues trabajando hasta que lo sientes.»

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