Colección de Chanel de Alta costura Otoño Invierno 2018-2019. | Pascal Le Segretain

De cómo París nunca dejó de inspirar a Karl Lagerfeld

Prueba tangible, sus últimas colecciones de Alta Costura para Chanel.

Laura García del Río

En su pasaporte pone como lugar de nacimiento Alemania. Pero Karl Lagerfeld (Hamburgo, 1933) era parisino por adopción. La ciudad acogió sus sueños de grandeza cuando era un joven diseñador en ciernes con 18 años y una intuición innata para captar el “zeitgeist”. Y los hizo realidad cuando le dio las llaves de uno de sus más preciados templos, la Maison Chanel, tres décadas después. Aunque hubo otros antes, anónimos, él fue el primero en dar la cara como director creativo de la enseña desde la muerte de Coco Chanel (1971) y su colección debut, la costura de otoño-invierno de 1983, tomó como punto inicial el trabajo de la modista en los años 20 y 30. Hubo faldas rectas a media pierna; chaquetas de cuello caja, cortas y entalladas; perlas y un esquema de color en blanco, negro, azul marino y rojo. Y también mangas con volantes, minivestidos brocados e hileras de cadenas que respiraban el aroma de los 80. "Incluso si ella nunca lo hubiese hecho así, es muy Chanel, ¿no?", defendió el creador tras el desfile. 

Pascal Le Segretain

Lagerfeld era un devoto del ahora y no pone límites para capturarlo. Su legado a nivel artístico es irrepetible: ha jugado con corsés de plástico transparente (1993), botas de yeti (2010) y vestidos de novia con zapatillas (2014), de los que muy probablemente Mademoiselle Chanel habría renegado (al fin y al cabo, Lagerfeld ha apreciado el tirón de la polémica desde el principio: en los 60 sus faldas eran las más cortas de París y lo que él llamó la “silueta K” era tan baja en la espalda que dejó sin aliento a alguna reportera). Pero hasta en sus lances más rebeldes no ha dejado de capturar el sentido estético (ya fuese de la elegancia o, algunas veces, de la provocación) que se respira en París. Su musa inagotable. La única (porque ha tenido muchas en su incansable búsqueda de inspiración) a la que se ha mantenido fiel, con una colección de alta costura que vuelve a beber de ella. 

Hay vestidos de lentejuelas que recrean el brillo de la luna sobre el Sena; pedrerías que recuerdan a los candados que visten el Pont des Arts; y cristales bordados siguiendo el dibujo de los adoquines del Quai Voltaire, que recreado dentro del Grand Palais hizo de pasarela. Con la bóveda de un Institut de France de cartón piedra al fondo, este desfile escribía un homenaje al París literario con un final redondo: la salida de la novia, que olvidaba el vestido blanco y desfilaba ante los buquinistas vestida con un dos piezas verde agua bordado con hojas en los ribetes, como las que lucen los miembros de la Académie en sus chaquetas. La imagen era la misma que el creador ve desde su ventana cuando levanta la cabeza de sus bocetos para respirar el aire de la ciudad que da oxígeno a su creatividad. "La alta costura es París", sentenció el modisto. 

Las últimas cartas de amor de Karl Lagerfeld a la ciudad se conjugan con el léxico que hoy es tanto sinónimo de Chanel como de la elegancia parisina: tweed, blanco y negro, trajes y la certeza de que los detalles importan. El giro dramático (y actual) que exige todo bestseller lo daban inesperados mitones de cuero, tupés y un juego de cremalleras que abría mangas y faldas, desvelando una pierna en un gesto insinuante pero nunca evidente.

Ver 68 fotos