Proscritas, cinco escritoras que cambiaron el mundo, por Lyndall Gordon | D.R.

‘Proscritas. Cinco mujeres que cambiaron el mundo’, una apología a la libertad

La obra ‘Proscritas. Cinco mujeres que cambiaron el mundo’, de Lyndall Gordon, es una apología de la libertad y la transgresión femenina.

Carlos A. Mendía | Woman.es

Quienes rompían con las estrecheces de la conducta femenina, las que intentaban transgredir los códigos morales que sometían a la mujer a normas ajenas, sabían que se convertirían en proscritas. Nada tan revolucionario como un no, ni nada tan liberador. Las escritoras Mary Shelley, Emily Brontë, George Eliot, Olive Schreiner y Virginia Woolf se negaron a someterse y a rendirse, y buscaron sus propios límites. Enorme pecado que hizo de ellas las chicas malas de una sociedad anglosajona que quiso confinarlas en el silencio del hogar.

Lyndall Gordon, una de las más reputadas biógrafas literarias, ha realizado un ejercicio de memoria sobre estas pioneras de la libertad en su obra Proscritas. Cinco mujeres que cambiaron el mundo (ed. Alba). Sus vidas son igual de notables que las palabras que dejaron como legado y en ellas suele descubrirse el dolor que produce ser diferentes.

El desprecio por el talento femenino llevó a Mary Shelley (Frankenstein) y Emily Brontë (Cumbres borrascosas) a escribir bajo seudónimos masculinos, reivindicando una visión femenina del mundo que no fue valorada hasta mucho después de su muerte. La razón de que Mary Anne Evans firmara como George Eliot (El molino de Floss, Middlemarch) no fue un escondrijo, sino un desafío: ella era él porque pretendía que el género no marcara diferencias, aunque eso le supuso sentirse “como un error de la naturaleza”.

Iconos literarios y feministas

Olive Schreiner sumó a su amor por la escritura (Historia de una granja africana) el atrevimiento de defender con el activismo político los derechos de las mujeres y sus deseos de emancipación (Woman and Labour, Dreams). Víctima de un depredador en la juventud y del rechazo social en su madurez, su castigo fue el aislamiento y la soledad.

Ese mismo destino persiguió toda la existencia de Virginia Woolf, marcada por los abusos sexuales de sus hermanastros y un destructivo carácter depresivo. “Para escribir una novela, una mujer debe tener un cuarto propio y una comida caliente”, apuntaba en su ensayo Una habitación propia. En sus novelas (Las olas, Orlando) transmitió ese mismo deseo de independencia (para algunos una muestra de su locura), que finalmente hizo de ella un icono del feminismo.

Proscritas entrelaza estas cinco vidas rebeldes y Lyndall Gordon las convierte en testimonios que tantos años después son de una vigencia inspiradora. Woolf, en su primer novela, Fin de viaje (1915), predijo: “Harán falta seis generaciones para que las mujeres salgan a la superficie”. Lo han conseguido.