Nadia Murad, Premio Nobel de la Paz 2018, junto a Amal Clooney. | Bebeto Matthews / GTRES

¿Por qué el Nobel de la Paz ha recaído en la activista yazidí Nadia Murad y el médico congoleño Denis Mukwege?

Te contamos las principales razones por las ambos que han ganado uno de los Nobel más codiciados y, este año, más que merecido.

Paka Díaz | Woman.es

Se acaban de anunciar los nombres de los ganadores del Premio Nobel de la Paz de este año: la activista yazidí Nadia Murad y el médico congoleño Denis Mukwege. Sin embargo, aunque la Academia este año parece haber tomado nota de las críticas que recibió en 2017, cuando ninguna mujer fue premiada aunque las había de magnífica trayectoria entre las que aparecían en las quiniela, lo cierto es que solo hay un pero en el ambiente: ¿porqué las mujeres suelen aparecer en galardones compartidos? Algo sobre lo que los jurados que conceden este prestigioso premio quizá también deberían reflexionar. En todo caso, razones sobran para premiar la extraordinaria labor de tanto de Nadia Murad como de Denis Mukwege, te contamos las principales por las que son merecedores de uno de los Nobel más codiciados. Ambos, por cierto, ha sido ganadores con anterioridad del Premio Sajarov por los Derechos Humanos.

 

Nadia Murad (1993) era una joven yazidí que vivía en el pequeño pueblo de Kojo en Sinjar, al norte de Irak en paz y armonía, en un pequeño pueblo donde todos se conocían. Ella soñaba con ser esteticista y montar una peluquería para poder ‘poner guapas a las mujeres’. Mientras iba a la escuela, se preparaba peinando a su inseparable prima y a las mujeres de su familia para las bodas y celebraciones. Pero el grupo terrorista ISIS truncó su vida. En agosto de 2014, cuando solo tenía 21 años, fue secuestrada junto a toda la gente de su aldea, por los terroristas. Estos ajusticiaron a las mujeres de más edad -a partir de 30 años las consideraban ‘viejas’-, a los hombres maduros y a las personas con discapacidades o alguna enfermedad. En apenas unos días mataron a más de 2.0000 personas. Su madre fue una de las 80 mujeres mayores a las que asesinó el ISIS en su pueblo, la enterraron en una fosa común. A seis de sus hermanos también los mataron. A los varones jóvenes y niños los convirtieron en soldados, si se quejaban, morían. Como el resto de mujeres jóvenes y niñas, Nadia fue vendida como esclava a los soldados del ISIS, que tras violarlas y sometidas a todo tipo de abusos sexuales, se las iban pasando entre ellos. Murad consiguió escapar con ayuda de una familia iraquí.

Devastada, sin embargo no se rindió y, el 16 de diciembre de 2015, Nadia Murad hizo enmudecer a los miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas al narrarles en apenas nueve minutos el genocidio que había sufrido su pueblo por parte del ISIS y el horror que había vivido ella misma. “¿Son estos crímenes lo suficientemente serios como para que los investiguen”, preguntó a la emocionada audiencia de la ONU. Este impresionante discurso se puede ver en la web de Naciones Unidas (http://webtv.un.org/watch/nadia-murad-basee-taha-isil-victim-on-trafficking-of-persons-in-situations-of-conflict-security-council-7585th-meeting/4665835954001). Desde entonces, Nadia Murad se ha convertido en la voz del pueblo yazidí. En el prólogo del libro Yo seré la última (Plaza & Janés), la muy recomendable autobiografía de la activista yazidí, su abogada, Amal Clooney da una idea de la fuerza de Murad: “Los que creyeron que con su crueldad podrían silenciarla se equivocaron. Su espíritu no está roto y su voz no será acallada. Hoy se oye con más fuerza que nunca”. No en vano, desde septiembre de 2016, es embajadora de buena voluntad para la dignidad de los supervivientes de trata de personas de las Naciones Unidas, una misión patrocinada y apoyada por Yazda, la organización global yazidí. Como afirma Clooney, su voz, la del pueblo yazidí, jamás será silenciada y con ella representa la voz de todas las personas víctimas de la trata en el mundo. Ella siempre repite como un mantra: “voy a hacer todo lo que esté en mi mano para ser la última mujer en el mundo con una historia como la mía”.

 

Denis Mukwege (1965) es un ginecólogo congoleño especializado en tratar a mujeres víctimas de las violaciones de guerra y de los más terribles abusos sexuales. Mukwege, de 63 años, trabaja en Kivu, una región devastada por la guerra que sin embargo y pese a haber recibido numerosas amenazas de muerte, se resiste a abandonar porque “es allí donde me necesitan”. Como cirujano jefe del Hospital de Panzi, reconstruye a las mujeres víctimas de violación que presentan las lesiones ginecológicas más graves, como vaginas desgajadas completamente por cuchillos y otros objetos punzantes. Él fue una de las primeras voces en alertar, allá por 1999, del recrudecimiento del uso de la violencia sexual en la República Democrática del Congo (RDC). En su hospital, él y su equipo han tratado a más de 40.000 niñas y mujeres. Considerado una eminencia tanto en recuperación de daños como en fístula obstétrica, Denis Mukwege además forma a ginecólogos del Hospital de Fístula de Addis Abeba y la Escuela de Medicina de Harvard. No se cansa de denunciar que, de las 20 pacientes de media que atiende cada día, la mitad suelen ser víctimas de la violencia sexual y muchas, tras ser curadas, regresan tras haber sufrido repetidos ataques sexuales. La impunidad de los violadores es habitual en un país donde la guerra parece interminable y donde los intereses económicos priman por encima de los humanitarios. Además de apoyo médico, su hospital proporciona ayuda psicológica a las mujeres y realizan programas de reinserción porque muchas son rechazadas por su comunidad por haber sido violadas. Para ello, el médico ha puesto en marcha la Fundación Panzi y realiza viajes por todo el mundo para concienciar sobre la situación de la mujer en el Congo. En su discurno en la ONU en 2012, Mukwege espetó a la cámara: “La justicia no es negociable, necesitamos vuestra unánime condena de los grupos rebeldes que son responsables de estos actos, necesitamos acciones concretas contra aquellos Estados miembros de Naciones Unidas que apoyan de cerca o desde la distancia esas barbaries. Nos hallamos ante una urgencia humanitaria que ya no da lugar a la tergiversación. Se han reunido todos los ingredientes para poner fin a una guerra injusta que ha utilizado la violencia y la violación de mujeres como una estrategia bélica. Las mujeres congoleñas tienen derecho a una protección como ejemplo de todas las mujeres de este planeta”. Su voz, sin embargo, no parece haber sido oída. La guerra continúa en el Congo, las mujeres y niñas siguen siendo violadas. Un mes después de este discurso, Mukwege fue atacado en su vivienda y uno de sus colaboradores, Joseph Bizimana, fue asesinado al defenderle. El médico, que salvó su vida, prosigue con su lucha para que se haga justicia a las mujeres y las niñas congoleñas y denuncia que ahora, también, niños varones están siendo víctimas de la violencia sexual. ¿Cuándo se detendrá esta barbarie? El doctor Mukwege lanza una pregunta a Occidente: “Si usted no viola, pero se mantiene callado acerca de las violaciones, significa que las acepta.”

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