María Dolores Muñoz, comandante médica y jefa de servicios sanitarios de la la Brigada Galicia VII del Ejército de Tierra. | M. D. M.

La comandante médico María Dolores Muñoz: "Muchos no entienden que me guste ir de maniobras o pasar días comiendo raciones de combate"

Tras recibir el VII Premio 'Soldado Idoia Rodríguez', la comandante María Dolores Muñoz ha comenzado la que considera "la misión más importante de nuestra carrera militar, luchar contra el coronavirus. Ahora el enemigo está en casa y es invisible".

Paka Díaz | Woman.es

Apenas una semana antes de que se declarara el estado de alarma en España por el coronavirus, se hizo publico que este año María Dolores Muñoz (La Rioja, 1973), comandante médica y jefa de servicios sanitarios de la la Brigada Galicia VII del Ejército de Tierra, conocida como la BRILAT, recibiría el VII Premio 'Soldado Idoia Rodríguez’, un reconocimiento que se otorga en honor a la primera mujer militar española fallecida en una misión internacional.

La entrega iba a ser el 16 de marzo en un acto presidido por la ministra de Defensa, Margarita Robles, en Ávila. Sin embargo, la crisis sanitaria hizo que todo se aplazara indefinidamente. A la comandante María Dolores Muñoz, que reconoce que la noticia del premio la pilló por sorpresa ya que "la verdad es que no me lo esperaba y menos que me considerasen un modelo de nada", la noticia del aplazamiento no es ahora mismo algo que le preocupe. En estos sabe que lo importante es defender a su país de un enemigo al que considera más peligroso de lo habitual. "El coronavirus es un enemigo invisible y nuevo, no sabemos por dónde va ni cómo puede reaccionar", explica y destaca que "esta es la misión más importante de nuestra carrera militar, no la estamos realizando a miles de kilómetros, sino en nuestra propia casa, en nuestro país. Nuestra gente nos necesita y nos estamos volcando".

María Dolores Muñoz, en una misión en Afganistán en 2013 (izquierda) y acompañando a científicos a sus bases de registro.  | M. D. M.

Aunque nadie en su familia ha sido militar, ya de adolescente María Dolores Muñoz se sintió atraída por el Ejército. Aún en el instituto, le dijo a su padre que quería ser militar. Él, con sensatez, le contestó que primero fuera a la universidad. Estudiante brillante, Muñoz terminó la carrera de Medicina y volvió a recordarle a su padre su sueño y, tanto él como su madre y sus hermanos, no hicieron otra cosa que apoyar su decisión.

En realidad, su inspiración eran sus mismos progenitores. "La lealtad, el compañerismo, el espíritu de sacrificio, el nunca rendirte, la voluntad de servir a los demás son cosas que siempre he visto en ellos. Somos cuatro hermanos y nuestros padres, que por desgracia en su época no pudieron estudiar, han luchado para que nosotros pudiéramos hacerlo. Se han sacrificado para que nunca nos faltase de nada. Siempre lo han dado todo por sus hijos y nunca era suficiente", explica la oficial.

María Dolores Muñoz, patrón de zodiac (izda.) y en la nieve.  | M. D. M

Creado en 2007, el Premio ‘Soldado Idoia Rodríguez’ reconoce la "labor de personas e instituciones, tanto militares como civiles que hayan realizado actuaciones relevantes o ejemplares para potenciar el papel de la mujer o para apoyar la igualdad de oportunidades y de género en las Fuerzas Armadas". Este año ha recaído en la comandante médico Muñoz "por ser un referente para hombres y mujeres fruto de su esmerada preparación y entrega, potenciando el liderazgo de la mujer en las Fuerzas Armadas y visibilizando su papel dentro y fuera de la Institución", según destacan desde el Ministerio de Defensa.

Para ella, este galardón es muy especial ya que era compañera de Idoia Rodríguez en Afganistán. "Por una parte es un orgullo y un honor que te reconozcan por algo que haces cada día, que es tu trabajo y que además me encanta. Por otra parte fueron sentimientos encontrados, me puse muy triste porque recordé el momento en el que conocía a Idoia, en el aeropuerto saliendo para Afganistán, y los cuatro meses que estuvimos juntas en la misión allí. La recuerdo con mucho cariño y siempre riéndose", apunta esta oficial curtida en misiones tanto en Afganistán como en la Antártida, Kosovo o Gabón.

Con un 12,7%, España es el segundo país europeo, tras Francia, con más mujeres en el ejército. De ellas, el 16,4% forman parte del escalafón de tropa y marinería, un 9,2% son oficiales y un 5,1% suboficiales. Aún se siguen rompiendo techos de cristal como el que quebró con su nombramiento la primera mujer oficial de la historia de las Fuerzas Armadas españolas, Patricia Ortega García. Pero la comandante Muñoz, que señala que ha estado en unidades muy "masculinas" como la de Paracaidistas, señala que "nunca he encontrado nada más que igualdad".

María Dolores Muñoz, en la Antártida (izda.) y en la fase de prepación para esa campaña (dcha.). | M. D. M.

Sin pelos en la lengua, lo tiene muy claro: "En la BRILAT, cuando me viene alguna mujer diciendo que no puede cargar con la mochila o que quiere un cambio porque ella no puede en alguna tarea, siempre les digo: no me vengas diciendo eso porque tu eres un soldado igual que tu compañero, cobras igual que tu compañero, has hecho la instrucción como él. Si tu estás en Afganistán el enemigo no te va a respetar porque seas mujer, la vida de tu compañero depende de ti y la tuya de él".

Hablamos con ella de su visión del Ejército español, de cómo conciliar cuando tu pareja también es militar y, además de tener un hijo juntos, a los dos os encanta iros de misiones por el mundo, y también del reto que supone la actual crisis sanitaria para las fuerzas armadas.

¿Cuándo y por qué decidiste alistarte? ¿Tenías vocación de militar?
En mi familia no hay ningún militar, pero cuando aprobaron que las mujeres entrasen en el Ejército, le dije a mi padre: "Papá, quiero ser militar". Y él me dijo, "ni hablar, primero estudias, te sacas una carrera y cuando acabes, si aún sigues con ganas, lo vemos". Yo era muy buena en los estudios, así que seguí estudiando. Hice Medicina y al terminar, fui de nuevo a mi padre y le dije: "Quiero ser militar". Entonces él me dijo, "ya no te puedo decir nada, te tengo que apoyar, por mi parte, adelante". Hice la oposición para el cuerpo militar de Sanidad y aquí estoy.

¿Cuáles son esos valores que te atraen tanto del Ejército?
La lealtad, el compañerismo, el espíritu de sacrificio, el nunca rendirte, la voluntad de servir a los demás. Son cosas que siempre he visto en mis padres. Nosotros somos cuatro hermanos y nuestros padres, que por desgracia en su época no pudieron estudiar, han luchado para que nosotros pudiéramos hacerlo. Siempre nos han dicho que lo más bonito que no podían dejar, la mejor herencia, es una buena educación. Hemos visto cómo se han sacrificado para que nunca nos faltase de nada. Por eso creo que soy un reflejo de mis padres y de mis abuelos, que siempre lo han dado todo por sus hijos y nunca era suficiente. Lo he vivido desde pequeña.

¿Entienden en tu entorno tu fascinación por lo militar?
Los más cercanos, sí, aunque hay mucha gente que no entiende que me guste ir de maniobras, pasar tres días comiendo las raciones de combate y durmiendo en una tienda de campaña. Pero es lo que tiene la vida militar y a mí, me encanta.

Apenas una semana antes de decretarse el estado de alerta, se hizo público que te habían concedido el VII Premio Soldado Idoia. ¿Qué sentiste?
No me lo esperaba y menos que me considerasen un modelo de nada. Siempre digo que soy un fiel reflejo de mi unidad. Cuando me lo dijeron, me emocioné porque pensé que era para mi gente. Por una parte es un orgullo y un honor que te reconozcan por algo que haces cada día, que es tu trabajo y que además me fascina, me encanta. Por otra parte fueron sentimientos encontrados, me puse muy triste porque recordé el momento en el que conocí a Idoia, en el aeropuerto saliendo para Afganistán, y los cuatro meses que estuvimos juntas en la misión allí.

En Afganistán sufriste un atentado en la ambulancia en la que viajaba y falleció la cabo Idoia Rodríguez. ¿Cómo se sobrepone una a algo un accidente así?
Nunca te sobrepones a la muerte de un compañero, porque además es más que eso, es un amigo con quien llevas meses conviviendo 24 horas al día. Te ayuda que el resto de la gente están pendientes unos de otros, notar el cariño y que no estás sola. Cuando pierdes a alguien en misión no solo lo pierdes tú, lo perdemos todos. Entre nosotros el compañerismo se eleva al máximo. Yo soy la médico, la responsable de la salud y el bienestar de mis compañeros, así que me decía que la vida continúa y que tenía que centrarme en garantizar la salud de mi gente. A mi no me tocaba ir a esa misión en Afganistán, pero el compañero que tenía que ir causó baja y me nombraron a mí. Yo no conocía a la BRILAT, ni a Idoia. Cuando me dijeron que ella iba a ser la conductora de la ambulancia, me presenté a ella y a sus padres en el aeropuerto de Santiago. Era su primera misión e iba con muchísima ilusión. Para mí era la segunda, ya había estado en 2003 en Mazar-e Sarif. En seguida conectamos, las dos éramos pequeñitas de tamaño y me impresionó sobre todo su juventud y su inocencia.

De algún modo, Idoia Rodríguez sigue viva…
Sí, siempre. Con mi marido, que también es militar, a veces vemos fotos juntos. En todas las que aparece Idoia está sonriendo. Ese es el recuerdo que tengo de ella, incluso de cuando vivimos experiencias difíciles. Era una gran profesional, como buena militar, nunca hizo falta que nadie le echara una mano para controlar la ambulancia, un vehículo BMR blindado medicalizado. Siempre se comportó como una muy buena compañera. Tenía su carácter porque era gallega y cuando algo no le cuadraba te lo decía, daba igual que ella fuese soldado y tú, oficial. En eso nos parecíamos mucho, cuando pensamos que alguien no tiene la razón, lo decimos. Así era Idoia. La recuerdo con mucho cariño y siempre riéndose… Fueron cuatro meses de convivir con un grupo de personas a las que no conocía de nada, pero después de ese tiempo eran como familia. De hecho, yo no estaba destinada a la BRILAT, pero después de aquella experiencia, cuando regresé a España pedí cambio de unidad y me vine para aquí. No me arrepiento porque el compañerismo, la lealtad, las ganas de trabajar que encontré son extraordinarias. Creo que ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi carrera como militar.

¿Por qué es fundamental para un militar ir a las misiones?
Yo considero que todo militar debe de pasar por alguna misión en su carrera porque sacan lo mejor que tiene una persona y de todo se aprende, de lo bueno y de lo malo. Profesionalmente son experiencias muy enriquecedoras porque te enfrentas a acciones a las que no estás acostumbrado. Pasas mucho tiempo preparándote y es en las misiones donde pones todo ese entrenamiento de años en práctica. A nivel personal convives con una nueva familia. Estás a muchos kilómetros de casa, sí que tienes contacto con tus familiares gracias a la tecnología que te permite verlos a cada momento, pero el calor lo encuentras en esas 150 personas. Vives unas experiencias muy bonitas. Cuando sucede algo malo te haces una piña que te da fuerza. Te das cuenta de que vas a un país donde no solo hay pobreza, sino incluso miseria. Donde un niño está jugando con una piedra y es feliz. Eso te cambia la forma de pensar, tu visión, cuando vuelves ya no eres tan materialista, aprecias tener a tus padres, tu familia, tu modo de vida. Aprender a valorar realmente lo que tienes.

Al ejército español en Afganistán lo llamaban el ‘ejército bueno’…
Sí, es verdad. Creo que es por la forma de ser que tenemos los españoles, un carácter muy abierto que se vuelca por los demás. En el ejército eso se acentúa, la voluntad de sacrificio y la entrega por los demás. Tu estás ahí con gente que no tiene nada y te quitas tu comida por dársela al niño que te la pide, o le das tu botella de agua a la mujer o al hombre que te la pide. En cualquiera de las misiones que he estado se refleja esa actitud de los soldados españoles. Todo el mundo lo dice, que somos los amigos, los ‘buenos’. Por ejemplo en la Antártida, que es una misión completamente diferente, en la base en la que estábamos es muy apreciada y reconocida por los científicos porque dicen que nunca nadie los ha recibido así. Todos los que van allí quieren pasar por la base antártica Gabriel de Castilla porque los españoles somos así y los militares mucho más. A cualquiera que venga y necesite ayuda le abres las puertas para tratarle como a uno más, lo integras inmediatamente. Esa calidez española se nota mucho, más en un lugar tan remoto y frío. En todos los lugares en los que he estado de misión, cuando vuelves te recuerdan y te dicen ‘España, amiga’. Eso te llena de orgullo y de satisfacción.

¿De dónde eres?
Soy riojana pero me casé con un gallego y estoy muy integrada. Galicia te acoge. Mi hijo, que tiene nueve años, nació aquí en Pontevedra pero nació el mismo día que el patrón de mi pueblo. Se adelantó tres días y dije: "Muy bien cariño, así tiene doble ‘nacionalidad’" (risas). Galicia es una maravilla, pero sobre todo, el carácter de la gente de aquí.

Tu marido también es militar, ¿cómo os las arregláis para cuidar a vuestro hijo?
Pues haciendo turnos los dos. Ninguno tenemos a la familia cerca, así que nos toca arreglarnos entre nosotros. Siempre uno de los dos está en casa. Ahora con lo del coronavirus, me toca pasar consulta mucho por teléfono. Mi hijo me dice: "Mami, estás pero no estás", porque me ve muy enganchada al móvil. Yo le explico que ahora hay mucha gente que me necesita, que hay mucha gente que está malita y la tengo que atender. Y él me dice, "ya, y yo, ¿qué?".

¿Cómo lleva él que tú te vayas a una misión seis meses?
Él sabe que sus padres pasan temporadas fuera de casa por su trabajo, está acostumbrado. La primera vez que se quedo solo tenía dos añitos y cuatro meses. Mi marido estaba en Afganistán y el ‘peque’ iba a la guardería. Hablé con la psicóloga del centro y le pregunté si causaría algún problema a mi hijo que yo me fuera seis meses de misión. Me dijo que era el momento ideal porque aún no había empezado el colegio, no tendría recuerdos, ni lo pasaría mal. Lo hablamos mi marido y yo. Él se fue en octubre de misión y yo hablé con mis padres y mis hermanos y en diciembre llevé al peque a casa de mis padres. Cogí vacaciones para estar allí con ellos ese mes para que mi hijo se hiciera con la casa y en enero me fui de misión. Mi hijo adoraba a sus abuelos y luego el lazo era más fuerte aún. En aquel momento aún le estaba dando el pecho, solo para dormir. Mi padre me contó que la primera noche fue a acostarlo, el peque le dijo que quería su ‘chuche’, que era como llamaba al pecho. Mi padre le contestó: ‘Cariño, Mamá no está y yo no tengo ‘chuche’, pero vamos a dormir los dos juntos’. Y a dormir se fueron sin problemas. Nunca más volvió a pedirlo. Yo lo veía todos los días por Skype, pero para mí fue muy duro porque me sentía como si fuera una mala madre o algo así. Después ya te das cuenta que el niño siempre ha tenido el amor de sus abuelos y sus tíos y todas sus necesidades cubiertas. Luego he vuelto a irme de misión, pero sí que es verdad que mi marido y yo nos turnamos. El peque nunca se queda solo. Siempre hablamos mucho con él antes de los viajes, hacemos un calendario para que él tenga la noción del tiempo. La primera vez le hicimos un tren con vagones que van cambiando de colores y sabía que cuando llegara al vagón rojo, mami ya estaría en casa. En la última misión en la que fui a Gabón en 2017, ya hicimos ese tren juntos para hacerle más partícipe.

¿Hay cierta flexibilidad para conciliar en el Ejército?
Sí, en mi caso nunca he tenido ningún problema. Los dos somos militares, ninguno tenemos familia aquí, la mía está a 700 kilómetros, y cuando he tenido que quedarme porque el niño estaba enfermo, no ha habido ningún problema en que lo hiciera, cuando me he tenido que ir de maniobras mi pareja se ha quedado con él, y viceversa. Ahora con la situación que tenemos igual, cuando tengo que subir y mi marido está arriba tiene que bajar, nos turnamos.

¿Cómo valoras la igualdad dentro del ejército español?
Yo he estado en unidades muy ‘masculinas’ y nunca he encontrado nada más que igualdad. Mi primer destino fue en la unidad de Paracaidistas, una de las brigadas con mayor tradición. Nunca me he sentido menospreciada por ser mujer y nunca me he sentido diferente. No me han exigido ni más ni menos que a mis compañeros. Siempre me esfuerzo hasta el máximo. Nunca me he sentido distinta de un hombre en mi profesión, como tampoco nunca me ha facilitado las cosas el ser mujer. En la BRILAT, cuando me viene alguna mujer diciendo que no puede cargar con la mochila o que quiere un cambio porque no puede en alguna tarea, siempre les digo: no me vengas con eso porque eres un soldado como tu compañero, cobras igual y has hecho la instrucción como él. Aquí va todo por antigüedad y mérito. No porque seas mujer vas a cambiar de puesto, tienes que demostrar que vales. Somos soldados, estamos para defender a nuestro país y cuando se necesite tendrán que ir los mejores, hombres y mujeres, sin distinciones. Tampoco me he escudado en ser mujer, lo que he conseguido en mi carrera es por mi trabajo y mi esfuerzo. Si tu estás en Afganistán el enemigo no te va a respetar por ser mujer, la vida de tu compañero depende de ti y la tuya de él.

La coronel Patricia Ortega es la primera mujer general de las Fuerzas Armadas españolas. ¿Qué supone su ejemplo?
Si ha llegado a ese puesto es porque lo merece. Se nota que las mujeres ya tienen antigüedad suficiente para optar por puestos de mando. El año que viene habrá más o el siguiente, pero es inevitable. La primera mujer choca, pero hay más mujeres tan válidas como la general y llegarán porque vamos haciendo la carrera, se necesitan muchos años, pero lo harán. Para llegar a general hay que tener capacidad de liderazgo y saber mandar, y eso lo hacen igual de bien un hombre que una mujer. Si vales, vales.

¿Cómo vivió el comienzo de la crisis del Covid-19? ¿Normalmente cómo es su trabajo y cómo ha cambiado desde el comienzo de este estado de alarma?
Lo viví con mucho respeto, con incertidumbre y mucha preocupación porque la brigada tiene alrededor de 4.000 efectivos y yo soy responsable de la salud de todos ellos. El coronavirus es un enemigo invisible y nuevo, no sabemos por dónde va ni cómo puede reaccionar.

¿Qué labor está haciendo el ejército para ayudar a la ciudadanía en la crisis del Covid-19?
El coronavirus es un enemigo invisible y nuevo, no sabemos por dónde va ni cómo puede reaccionar. La brigada tiene alrededor de 4.000 efectivos y yo soy responsable de la salud de todos ellos. Realizamos dos tipos de misiones. Una es de presencia en las calles, en aquellos pueblos y ciudades a los que nos mandan. Luego estamos también trabajando con la Guardia Civil en el control de fronteras. Ayudamos a que todo el mundo cumpla con las normas propias del estado de alarma. Otra labor que efectuamos es la de desinfección de residencias de ancianos, hospitales, centros de salud, aeropuertos… Estamos a disposición del Gobierno para todas aquellas labores que nos manden.

¿Crees que esta crisis está sirviendo a la población para descubrir el trabajo del ejército español?
En Galicia, la BRILAT es una compañía muy querida, como el regimiento que tenemos en Asturias o en Valladolid. Nuestro trabajo lo hacemos sin tener en cuenta el reconocimiento, sabemos que tenemos que estar ahí cuando nuestro país nos necesita, nos preparamos para eso. Nos han dado una orden y hay que cumplirla. Si, además, a los que ayudamos nos premian con una sonrisa, un aplauso o un piropo, te refuerza la idea de que ha merecido la pena. Creo que ahora la gente sí que es consciente del trabajo que hace en Ejército. Yo me siento muy querida y creo que, al igual que yo, el resto de mis compañeros. Para mí, y creo que para ellos, esta es la misión más importante de nuestra carrera, no la estamos realizando a miles de kilómetros de casa, sino en nuestra propia casa, en nuestro país, el enemigo está en casa. Nuestra gente nos necesita y nos estamos volcando. Hacemos lo mismo que fuera: cuidar, proteger y defender. La gente te dice ‘viva el Ejército’ o te ponen el himno de España cuando pasas, y eso te alegra. A mí cuando me ven dicen "hala, una comandante, ya se ve que a las mujeres no hay quien las pare" y yo les digo: "Igual que cualquier compañero". Pero alegra ver esos reconocimientos, ese cariño.

¿Cuáles son tus sueños dentro del ejército?
Mi sueño es seguir disfrutando de mi trabajo como hasta ahora. Poder servir a mi gente y estar cuando me necesiten. Quiero seguir en primera línea de misiones con mis compañeros, no en un despacho. Eso es lo que me gustaría. Mi gente sabe que me tienen ahí para lo que necesiten. Aunque siga ascendiendo, espero que respeten mi voluntad. Me gusta la vida de la unidad. Cuando nos estamos preparando para una misión y vienen y me preguntan, "mi comandante, ¿vienes con nosotros?", siempre respondo, "por supuesto, ¿cómo te vas a ir tú y yo quedarme aquí?" Y me dicen que entonces se quedan tranquilos. La relación que tenemos es muy buena, de amigos, compañeros, familia, en definitiva.

¿Hay un momento en el que toca dejar de ir a misiones?
Hasta los 50 años puedes ir como parte de una célula de estabilización con ambulancia. De los 50 a los 55 ya tienes que estar en una instalación fija y, a partir de los 55, esas misiones serían de carácter voluntario. Las misiones son muy exigentes, tienes que estar muy bien preparado y es un desgaste físico muy importante porque estás de guardia 24 horas, siete días, los meses que dure. El médico militar siempre está de servicio y los enfermeros, igual, ambos forman un equipo indivisible que debe ir siempre junto. En nuestras manos están las vidas de muchas personas.

Y por último, ¿qué es lo que más ganas tienes de hacer cuando pase todo esto?
Sinceramente, apagar los teléfonos, apagar el ordenador e irme a dar un paseo largo con mi marido y mi hijo.

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