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Elecciones Estados Unidos 2020: Melania Trump y Jill Biden, la noche y el día.

Reacia como acostumbra, Melania Trump solo se ha dejado ver al final de campaña junto a su marido. Jill Biden, por el contrario, ha sorprendido en la carrera electoral como notable oradora y compañera incansable del candidato demócrata. No pueden ser más distintas. Te lo contamos.

Paka Díaz | Woman.es

De las elecciones que se celebran este martes en EE.UU., saldrá un presidente pero, también, una primera dama, un cargo no oficial que, a diferencia de lo que ocurre en España, en los Estados Unidos tiene gran enjundia. A falta de monarquía, la primera dama es lo más parecido a una reina consorte que, con perfil más o menos alto, se dedica a hacer buenas obras, concienciar sobre determinados temas y, también y según los expertos, inevitablemente influye en las políticas del mandatario. Las ha habido que han ejercido una gran influencia estética, tanto con sus looks como con su defensa de la conservación de bienes históricos, como Jackie Kennedy, la más meditática de todas, con permiso de Michelle Obama, quien, a su vez, fue adalid de una dieta más sana en un país donde la obesidad mata y mucho. También destacaron Betty Ford, que, además de concienciar sobre el cáncer de mama que ella misma tuvo, promovió la igualdad de derechos ante la ley, y Hillary Clinton, la más política. Pero entre todas sobresalió Eleanor Roosevelt, activista social, feminista, y, sin duda, la ‘First Lady’ que dejó el legado más importante para la humanidad como impulsora y supervisora de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, no todas las primeras damas han tenido personalidades tan arrolladoras. También las ha habido de perfil bajo, como Rosalynn Carter o Laura Bush. El abanico de posibilidades por las que pueden optar Melania Trump y Jill Biden es muy amplio. Dos mujeres muy distintas que ya forman parte de la historia de EE.UU.

Tras cuatro años como primera dama, Melania Trump continúa siendo un enigma para los estadounidenses, que la ven con suspicacia sin haber conseguido entenderla, aunque tampoco es que ella haya hecho mucho por la labor. Calificarla de altanera, orgullosa, clasista o superficial parece casi obligatorio, pero hay que tener en cuenta que la mayoría de esos adjetivos provienen de prejuicios estereotipados: es alta, ex modelo, del Este y con pinta de proceder de una galaxia lejana, fría y distante. Si se la contempla en los actos públicos, ni un solo músculo de su cara se mueve pase lo que pase. Ya sea que Trump diga alguna barrabasada, como si la deja sola. De su labor como FLOTUS (first lady of US) destaca la lucha contra el bullying que sufren los menores en internet y, poco más, excepto los lookazos con los que ha hecho las delicias de las revistas de moda. Melania ha dejado muy claro en numerosas ocasiones que su principal inquietud es la educación de su hijo Barron, de 14 años.

Por su lado, Jill Biden ya fue ‘segunda dama’ de 2009 a 2017, cuando Joe Biden fue vicepresidente de los Estados Unidos. En la web de la administración Obama destacaban que la segunda dama estaba interesada en promover el bienestar de las familias de militares, en dar a conocer los community college (centros de formación profesional superior) y en concienciar en la prevención del cáncer de mama. Y todo eso lo hacía mientras seguía enseñando inglés a tiempo completo en uno de esos centros de formación profesional de Virginia. Seguramente, Jill Biden no dará tanto juego en cuanto a moda, pero con toda probabilidad sería una primera dama mucho más activa, socialmente comprometida y mucho menos polémica. Repasamos sus puntos en común y sus muchas diferencias.

Chicas de pueblo

Tanto Jill como Melania crecieron en pueblos pequeños, de esos donde todos se conocen y ambas soñaban con salir de ellos. Melanija Knavs (Novo Mesto, Eslovenia, 1970) se crió en la antigua Yugoslavia, en una villa llamada Sevnica. Su padre era chófer y vendedor de vehículos, mientras que su madre trabajaba de diseñadora en una fábrica de ropa infantil. La joven Melania quería estudiar arquitectura pero sus planes cambiaron cuando la descubrieron como modelo y empezó a viajar y a trabajar. De sus años como modelo, sus compañeras la recuerdan como una chica seria, que controlaba su alimentación, no salía mucho, ni hacía locuras. Lo que es seguro es que su carrera en la moda, si bien le dio para llevar un buen tren de vida, tampoco fue extraordinaria y al cumplir 25 años comenzó a escasearle el trabajo en las pasarelas. En aquella época hizo algún desnudo para una revista masculina y empezó a posar para catálogos de lencería. Por su parte, Jill Tracy Jacobs (Hammonton, Nueva Jersey, 1951) se crió en Willow Grove, un pequeño pueblo de Pensilvania. Ella era la mayor de cinco hermanas en una clásica familia de clase media norteamericana. Su padre trabajaba en un banco y su madre era ama de casa. Como tantos jóvenes, Jill soñaba con dejar el pueblo para estudiar y ser independiente, por lo que empezó a hacer pequeños trabajos desde los 15 años. Cinco años después, la joven se casó con Bill Stevenson, un chico con el que había comenzado a salir durante el verano de 1969, el mismo año en que se graduó de la escuela secundaria. Los dos se marcharon a la Universidad de Delaware, donde ella se especializó en inglés. Pero en el tercer año de carrera, la pareja se divorció. Ella se tomó un año sabático, tras el cual acabó sus estudios y comenzó a trabajar como profesora de inglés.

Historias de amor

En 1998, Melania conoció a Donald Trump en una fiesta de la Semana de la Moda de Nueva York en 1998. Él ha reconocido que se volvió loco por ella en cuanto la vio. En aquel momento, él tenía 52 años y estaba casado con su segunda esposa, aunque ya se habían separado. Ella tenía 28 años y no se le conocía pareja. Tras pedir que se la presentaran, Trump insistió en que le diera su teléfono, pero ella se negó. A cambio, le pidió el suyo -él le dio todos sus teléfonos privados y profesionales- y le dijo que ya le llamaría. Y lo hizo, un par de semanas después. Ya nunca se separarían, hasta la fecha. Tras tres años juntos en los que el magnate presumía de ella en toda ocasión, en 2001 le propuso matrimonio con un anillo de compromiso de diamantes de 10 quilates que le costó más de un millón de dólares, más caro que los que regaló a sus anteriores parejas. Se casaron en 2005 en plan a lo grande. Tanto que les cantó Billy Joel y, entre los numerosos famosos que acudieron se encontraba quien sería su más acérrima rival electoral: Hillary Clinton, con su marido Bill. Un año después nació su hijo Barron, que para Trump suponía el quinto, pues ya contaba con cuatro de sus anteriores parejas: Ivanka, Donald, Tiffany y Eric. Corría el año 1975 cuando a Joe Biden le organizaron una cita a ciegas

Para sacarse un dinero extra, la joven Jill hizo algunos trabajos como modelo. Uno de sus anuncios en una parada de autobús llamó la atención de Joe Biden. El hoy candidato a la presidencia era entonces un viudo con dos hijos pequeños, Hunter y Beau. Su mujer, Neilia, había fallecido junto a su hija pequeña, Naomi, en un trágico accidente de tráfico tres años antes. En la primera cita fueron al cine y aunque ella cuenta que, aunque él le pareció un poco mayor -le lleva nueve años- y algo clásico, su amabilidad y su simpatía le atrajeron. Ya no dejarían de hacer cosas juntos, aunque ella quiso ir despacio. Nada menos que cinco veces ha confesado Joe que le tuvo que pedir matrimonio. Ella le pedía que esperara, hasta que al fin le dio el sí. En sus memorias, ‘Promises to Keep’, el político explica que ella se convirtió en su luz. "Me devolvió la vida. Me hizo empezar a pensar que mi familia podría estar completa de nuevo”, escribió el político. Por su parte, el año pasado Jill publicó su propio libro, ‘Where The Light Enters’, donde cuenta el comienzo de su relación. "Después de la decepción de mi divorcio, no quería volver a sentirme tan fuera de control de mi corazón. Pero tras salir unos meses con Joe, aquel deseo chocó con una nueva realidad: me estaba enamorando”. La pareja lleva casada 43 años. Al unirse a Joe, Jill se hizo cargo de los hijos de este. Además tuvieron una hija juntos en 1981, Ashley, hoy trabajadora social y activista política que, por supuesto, apoya a su padre sin dudar. Pero no todo ha sido color de rosa, la familia vivió un mazazo cuando Beau, el primogénito, murió en 2015 de un tumor cerebral.

Presencia en la carrera presidencial

No ha sido hasta el final de la campaña cuando Melania, al fin, se ha dejado ver y escuchar junto a su marido. Y lo ha hecho en Florida, el estado cuyos 29 votos electorales los republicanos consideran imprescindibles para conseguir la victoria. En el que los medios han señalado como el primer mitin conjunto de la pareja en estas elecciones, destacó que su marido “ha aumentado las oportunidades para las mujeres y especialmente para las madres” y “ha protegido los valores estadounidenses”. Además expresó su solidaridad ante la pandemia de coronavirus. La primera dama en su discurso, tras reconocer a la gente que ha perdido su vida, dijo a los ciudadanos que “no están solos”. Melania también tuvo unas palabras para Joe Biden, al que criticó no haber hecho una carrera política eficiente y animó al pueblo estadounidense a “mirar los 36 años de Biden en el Congreso y los ocho años en la Vicepresidencia y determinar si creen que al fin podría ser capaz de hacer algo”. Sin embargo, la verdadera sorpresa de la campaña ha sido la que ha dado Jill Biden, convirtiéndose en protagonista con un discurso claro, sensato y muy cercano, tres de sus principales características. Jill Biden, que no ha dejado de trabajar ni en sus años como ‘segunda dama’, es profesora en un ‘community college’, centros formativos de formación profesional o preuniversitaria sin equivalencia en España y está acostumbrada a hablar en público. Po primera vez y solo en esta campaña, Jill ha dejado de trabajar para apoyar a su marido y ha usado su experiencia en sus mitines, donde se ha metido en el bolsillo a todos los asistentes con sus palabras que hablan de amor y estabilidad. El pasado agosto, en la Convención Nacional Demócrata, conmovió a todos con su discurso. "El amor nos hace flexibles y resistentes", dijo, “nos permite ser más que nosotros mismos, juntos, y aunque no puede protegernos de las penas de la vida, nos da refugio, un hogar. ¿Cómo se reconstruye una familia rota? De la misma manera que se hace una nación: con amor, comprensión y pequeños actos de bondad".

¿Amigas o enemigas?

Aparte de estar muy unida a su hermana mayor, Ines Knauss, a Melania Trump solo se le conocía una amistad femenina íntima, la que mantenía con su ex asesora Stephanie Winston Wolkoff. Pero esa relación se fue al garete cuando Wolkoff publicó ‘Melania and Me’, un libro en el que cuenta precisamente cómo se destruyó su amistad, además de hacerle un repaso en toda regla a la primera dama, a la que llama ‘la princesa’ y de la que tenía incluso conversaciones grabadas. En el libro, la imagen de Melania es la de una persona egocéntrica, controladora y con numerosos arranques de mal humor, además de una absoluta falta de empatía hacia los demás. Mientras, Jill Biden se muestra como alguien que sabe establecer lazos de amistad y colaboración con otras mujeres. El ejemplo más mediático es su excelente relación con Michelle Obama, que dijo que Jill era ‘su persona favorita’ y con quien ya trabajó codo con codo cuando sus maridos eran presidente y vicepresidente. Su cariño se evidenció en Twitter este verano. Cuando Michelle apoyó a Biden en la Convención Nacional Demócrata el 17 de agosto, Jill tuiteó, ‘te quiero, MO ❤️’ y Michelle le respondió con el mismo buen rollo: "Te quiero, Jill. No puedo espera a escuchar tu discurso. ¡Buena suerte esta noche! ❤️’. Michelle no ha dejado de piropearla. “Es un verdadero modelo a seguir, especialmente para las niñas”, dijo de ella a la revista ‘People’ y añadió que son como familia, “ hemos reído juntas, hemos hecho el tonto y también hemos llorado mucho. Jill no solo es brillante, sino amable, muy divertida y una de las personas más fuertes que conozco. La admiro con todo mi corazón-

Símbolos de amor y de respeto

Tras el último debate entre Trump y Biden, las esposas de ambos subieron al escenario para las fotos, pero la actitud no pudo ser más distinta. Mientras que Jill Biden abrazaba a su marido con calidez, Melania saludó al suyo con frialdad y cuando el presidente trato de cogerle la mano, ella separó la suya con presteza. Desde su victoria electoral, el presidente Trump ha dejado un reguero de desplantes hacia su esposa, incluidas algunas faltas de respeto. Ya el día de su nombramiento dejó clara su actitud con ella: a la llegada a la Casa Blanca, la dejó atrás mientras saludaba a los Obama y fueron estos quienes se acercaron a ella y la arroparon, ante la estupefacción del mundo. No fue la única vez. En numerosas ocasiones se ha podido ver como el magnate la ha dejado sola o ha acaparado el paraguas bajo la lluvia. Ella también le ha devuelto esos gestos, incluso dándole un manotazo para que no la tocara. La sensación es que son una ‘pareja montaña rusa’, con altos y bajos constantes. Mientras, los Biden reflejan tranquilidad y un profundo amor. Jill ha protegido incluso a su marido cuando se le han acercado sin mascarillas. Para algunos analistas políticos, esa imagen de pareja asentada a la que querrías como consejeros también está sumando puntos para Biden de cara a las elecciones. En un país azotado por la crisis del coronavirus, los escándalos policiales y los conflictos interraciales, la moderación y la calma que transmiten los Biden suena, para muchos, como un paraíso al que aspirar. Pero habrá que esperar para saber con qué se queda la ciudadanía estadounidense.