Dolce far Niente

Perder el tiempo puede ser una forma de ganarlo. Estas vacaciones ¡Descansa!

ELENA MARQUÍNEZ

En la playa, en el campo o en casa, ¿acaso el objetivo de las vacaciones no es disfrutar del placer de no hacer nada? Pero, ¿por qué nos cuesta tanto dejarnos ir en las acrobacias del vuelo de una mosca? «Primero, porque la adicción al trabajo, que hace años era privativa de los hombres, se ha convertido actualmente en una trampa también para las mujeres; son profesionales brillantes que siempre tienen algo que añadir a su currículo. El perfeccionismo es el segundo enemigo: es un intento condenado al fracaso que encubre una profunda inseguridad. La ansiedad, por último, no permite la relajación suficiente como para alcanzar picos de felicidad.» La psicóloga y psicoterapeuta Mª Ángeles Juez tira de estos tres ovillos y dibuja una trenza que asfixia la posibilidad de encontrar la serenidad necesaria para disfrutar. Como experta en temas femeninos y acostumbrada como está a ver sentada ante ella una amplia galería de mujeres empeñadas en trabajar, cuidar de la familia, atender a la madre, atinar con las mejores compras y estar a la última en todo, Mª Ángeles busca claves para desarmar a quien se vanagloria de no poder estar sin hacer nada: «No es capaz de darse permiso para tener un tiempo para ella. Como si el oxígeno que le corresponde lo utilizara para llenar el globo de los demás. Y ella se queda vacía. Hay que recargar, concediéndose espacios de libertad.»
La buena vida
Pero eso de no hacer nada tiene muy mala prensa. Como que es un pecado capital que se llama pereza; y un ser políticamente incorrecto, denominado vago. Por otra parte, el antídoto de la obsesión por el trabajo se conoce como dolce far niente. Distinguían los griegos entre vita activa y vita contemplativa. Y resulta que para los estoicos esta última era la verdadera buena vida. O sea, el camino más corto hacia la felicidad. ¿Cómo enfilamos este atajo? Renunciando a los deseos, los intereses y las pasiones, lo que nos lleva a un estado de beatitud inmune a los hados. Nos lo traduce a las necesidades actuales el ensayista y profesor de Sociología de la Complutense, Enrique Gil Calvo: «La renuncia a los intereses y las pasiones significa la conquista de la independencia moral, tras haberse liberado de las necesidades artificiales. Y lo de contemplativa se traduciría por una vida de espectadores auténticos. Porque si hacemos caso al calvinista imperativo mercantil habría que estar viajando sin cesar, haciendo ejercicios físicos y espirituales continuamente, protagonizando, en definitiva, una compulsiva pasión inútil, a modo de parodia del simulacro en la cruz.»
Ante tan fatigante situación, ¿qué podemos hacer? Y se lo preguntamos justamente a él que está en pleno año sabático: «Como en la canción de Raimon, digamos no.»
Para practicar el adverbio de negación en todas sus variantes acudimos a la consulta de Mª-Ángeles Juez: «Conviene que la mujer esté dispuesta a utilizar la goma de borrar sobre lo que ha aprendido si comprende que lo que hace no es acertado para su salud emocional. No dedicarse a nada, de vez en cuando, es un disfrute necesario. Lo que se emprenda después llevará un añadido de energía, de aceptación y de alegría.»
Gil Calvo, autor de "Nacidos para cambiar. Cómo construimos nuestras biografías", concluye: «Cabe recomendar, a modo de recetario de cocina o bricolaje, la sabia mezcla de las dos fórmulas secretas que garantizan el logro de la buena vida. Primera, el arte de decir no, pues contra el hábito de pedir está la virtud de no dar. Y segunda, la práctica del hábito moral más saludable de todos, que es la bendita curiosidad, siempre dispuesta a dejarse entusiasmar por la contemplación del paisaje ciudadano, acogiéndose a la máxima de que nada de lo humano nos puede resultar extraño.»
Prepararse para el otoño
Mª Ángeles sugiere las pistas para empezar a hacer prácticas: «Ver aparecer la primera estrella en tu ventana, seguir los cuartos de la luna a través de los días, constatar cómo éstos se van acortando según avanza el verano, permitirse uno o dos minutos de dulce melancolía para después consolarse con un trozo de chocolate, que es energético… Demorarse con los olores: el del pan recién hecho, el de la lluvia después de un día caluroso, el de un bebé cuando ya duerme y su carne parece leche. Un buen libro en la tumbona... Serán minutos inolvidables para enfrentar el otoño. Todo esto y mucho más está ahí para que lo disfrutes. Aprovéchalo. Te lo mereces.»
O como dice Jorge Guillén: «Ser nada más. Y basta. Es la absoluta dicha.»