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Por qué la secuela de “Jóvenes y brujas” nos hace echar (aún más) de menos a Fairuza Balk

Carmen Cocina | Woman.es

“Es la hora. El poder es nuestro”. Allá por 1996, cuando conceptos como la paridad, la visibilidad lésbica, la revocación del consentimiento o la lucha contra la violencia de género eran pura fantasía, esta sentencia pronunciada por la inolvidable Nancy Downs (Fairuza Balk, uno de los talentos más desaprovechados que ha dado Hollywood) en la apertura de “Jóvenes y brujas” era toda una declaración de intenciones. Más allá del girl power domesticado de las Spice Girls, Andrew Fleming (artífice, un cuarto de siglo después, de la fiebre de “Emily in Paris”) iba a por todas en su orgánico alegato por la individualidad y la disidencia femeninas vertebrando la historia sobre un cuarteto de jóvenes mujeres (algo muy inusual en la época) encabezado por una protagonista (Robin Tunney) con tendencias autolíticas consumadas, una secundaria de peso (Fairuza Balk, a la postre la más recordada) con una familia disfuncional que la lleva a sacar lo peor de sí misma, Neve Campbell (protagonista de la saga “Scream”) encarnando el body shaming con un torso (permanentemente escondido) plagado de cicatrices y Rachel True sufriendo los ataques racistas de la rubia más divina del instituto.

“Las raras somos nosotras”, le espeta Nancy a un viejo y condescendiente conductor de autobús. Y si el guapito de turno castigaba el “no es no” con el hostigamiento y tirándose el pisto con el slut shaming (”el peor polvo de mi vida”, dice el personaje de Skeet Ulrich), el castigo del castigo sería de órdago. Entre juramentos, rituales y panorámicas cenitales circulares de una belleza arrebatadora, la película arrojaba una lanza a favor de esas mujeres indómitas e incómodas que la Historia se quitó de encima haciéndolas arder en la hoguera. 

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Al margen de su subrepticio ideario, “The Craft” (título original) fue, además, todo un revulsivo estético. Su fashion statement abrazaba la variante preppy de los 90 (minifaldas de tablas, jerséis holgados, mocasines de tacón, camisas blancas y melenas ligeramente cardadas) en convivencia con un derroche gótico que apostaba todo al negro con largos vestidos de encaje y tul, gargantillas de tachuelas, pintalabios de color vino intenso, anoraks de vinilo, gafas de cristal oscuro y detalles que vuelven a causar furor en pleno 2020, como los botines witch o las sobrecamisas de cuadros (ay, el grunge). Para acabar de bordarlo, una banda sonora de aúpa (piensen en iconos de la escena alternativa como Morrisey, Juliana Hatfield, Justine Frischmann, Portishead o Siouxsie & The Banshees versioneando a Marianne Faithfull o Peter Gabriel, ahí es nada) que condensaba las tribulaciones y la incertidumbre de la Generación X en un zeitgeist con un regusto rematadamente cool

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Y aquí es cuando toca recordar el dicho: “Si algo funciona, déjalo estar”. La secuela que llega a los cines coincidiendo con Halloween intenta marcarse el tanto de reflejar esa nostalgia noventera hoy tan en boga (ese momento madre e hija cantando a Alanis Morissette a pleno pulmón en el coche), pero en general la cosa va de colarnos una historia (falaz) de sororidad y resistencia frente a la resistencia (léase “la crisis de la masculinidad” y la misoginia reaccionaria encarnadas en el personaje de David Duchovny). Si algo canta en una película de género, cuya razón de ser es el goce y la diversión, es la moralina explícita, y aquí hay para repartir. “The Craft: Legacy” pulveriza la vis cómica y la organicidad del feminismo de su predecesora para vendernos un dramón aburrido y gris que mete en el carro de la compra valores como la sororidad, la igualdad de género o la normalización de la masturbación femenina y la transexualidad y los suelta a cascoporro como quien canta el bingo. Y por ahí, amigas, no pasamos.