Los bosques de Upsala

Los bosques de Upsala (Alfaguara), la última novela de Álvaro Colomer, trata sobre la muerte, sobre el suicidio, sobre el abandono... Pero también sobre la vida y, en última instancia, sobre los amores por los que entregarías todo lo que tienes.

Susana Fernández

Los bosques de Upsala es la tercera novela que Álvaro Colomer escribe en torno al tema de la muerte en las grandes ciudades. En esta ocasión lo hace a través de Julio Garrido, un entomólogo tímido e introvertido que, el día de su quinto aniversario de bodas, llega a su apartamento y no encuentra a su mujer Elena. Enseguida recuerda que hace un año diagnosticaron a su esposa una severa depresión que la lleva a padecer las consecuencias de sus tendencias autolesivas. Una historia vista con microscopio, donde Colomer nos presenta su particular, terrible y chejoviano mapa de las sombras que nos habitan, del amor como tabla de salvación y de la mente como laberinto donde cualquiera de nosotros podría quedar atrapado.

Más sobre el autor
Álvaro Colomer (Barcelona, 1973), escritor y periodista. Ha publicado las novelas La calle de los suicidios (2000) y Mimodrama de una ciudad muerta (2004). Con la publicación de su tercera novela, Los bosques de Upsala (Alfaguara, 2009), el autor concluye la ’Trilogía de la muerte urbana’ que inició hace nueve años. Como periodista es autor del libro de relatos basados en hechos reales Se alquila una mujer. Historias de putas (2002). Recientemente publicó el libro de reportajes Guardianes de la memoria. Recorriendo las cicatrices de la Vieja Europa (2008), donde recorre los escenarios de los grandes acontecimientos de la historia reciente europea (Auschwitz, Chernóbil, Gernika, Transilvania y Lourdes). El capítulo donde se recogen las consecuencias presentes de la catástrofe de Chernóbil mereció el International Award for Excellence in Journalism 2007, concedido por el International Institute of Journalism and Communication.

Lee un extracto del primer capítulo...
Existía un bosque, allá en la Europa vikinga, al que acudían los ancianos que habían dejado de ser útiles para la comunidad. Sabían aquellos viejos que Odín, también llamado Dios de los Ahorcados, sólo les admitiría en el Gran Banquete si morían en combate o si, habiendo alcanzado la edad crítica, se apartaban voluntariamente del camino. Así que se adentraban esos hombres en la espesura, anudaban las sogas a las ramas y se dejaban caer con el orgullo de quien no titubea siquiera ante la Muerte. Dicen las crónicas que nadie descolgaba jamás sus cuerpos y que los cientos de cadáveres allí presentes, elevados todos unos centímetros por encima del suelo, constituían el paisaje más desolador, amén de poético, que uno pueda imaginar en el universo suicida. Sabemos hoy que aquel lugar, perdido por siempre en la noche de los tiempos, no era otro que los bosques de Upsala.
A menudo maldigo el día en que alquilé este apartamento en forma de cruz. Cada atardecer, apenas regreso del trabajo, observo el pasillo y recuerdo la tarde en que mi esposa, hace aproximadamente un año, me comunicó que estaba harta de vivir en un lugar tan vinculado a la muerte como éste. Luego añadió que a veces, cuando atravesaba el umbral de casa, le entraban ganas de echar a correr, tirar el bolso a medio camino y, alcanzando la terraza, saltar esa barandilla tras la cual se abre un abismo de siete plantas.
Después de semejante confesión, arrastré a Elena hasta la consulta de un psiquiatra, quien no titubeó a la hora de diagnosticarle depresión severa. Ha pasado un año desde aquel entonces, pero continúo angustiado ante la posibilidad de que mi mujer ejecute su fantasía. Por eso, cuando no sale a recibirme a poco de oír mi portazo, pienso en su suicidio. Entonces grito, igual que estoy gritando en este momento, cariño, ya estoy en casa, con la intención de que asome por algún sitio, casi siempre por el salón, y me demuestre que no ha vuelto a escuchar voces reclamando su presencia desde los confines del precipicio. Pero ocurre que esta noche, después de haber repetido que ya estoy en casa, nadie asoma por un pasillo cada instante más estrecho. Entonces observo el piso. Contemplo el corredor que se extiende hasta el salón, en la otra punta del cual se encuentra la puerta de la terraza, la misma puerta que hace un año atrajo a mi esposa, una puerta en verdad trampilla del infierno. A medio camino respecto a mi posición, cortando el pasillo central, hay otro corredor por cuya ala izquierda se accede al dormitorio y al lavabo, y por cuya derecha, a la cocina y mi estudio. Así pues, una casa en forma de cruz. Una casa peligrosa para cualquier depresivo. Peligrosa para Elena...

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