Los 100 años de Helmut Newton. | Helmut Newton Foundation

«Helmut Newton: The Bad and the Beautiful»: el documental definitivo sobre el célebre fotógrafo alemán conmemora el centenario de su nacimiento

Carmen Cocina | Woman.es

Cuesta recordar a Susan Sontag en un patinazo más agudo que cuando calificó de misógina la obra de Helmut Newton. Cuestionar el criterio de la pionera del feminismo tal como lo entendemos hoy es entrar en terreno resbaladizo: como en cualquier otro ideario o actitud política, los cauces de la igualdad de género están bien marcados y los rodeos -que no los desvíos- no suelen ser bienvenidos. Pero si es cierto que el fotógrafo más cotizado de la prensa de moda internacional y retratista estrella de la jet set durante casi cuatro décadas -de Andy Warhol a David Lynch- tenía a la mujer abiertamente sexual como epicentro de su obra, no es menos evidente que construyó su discurso tensando las aristas del sexo, el lujo y el poder de los que esas mujeres eran artífices insustituibles. «Levanta la barbilla. Dale fuerza», le dice a su modelo durante la sesión recogida en la secuencia inicial de «Helmut Newton: The Bad and The Beautiful», el documental de Gero von Boehm que, con motivo del centenario de su nacimiento, se estrena hoy en cines. «Hay bondad en tu mirada, y eso es lo último que quiero. Pareces una mosquita muerta, y tienes que ser gloriosa». 

Basta una ojeada a la obra a de este fotógrafo judío -que creció y vivió en la Alemania nazi hasta que las cosas se pusieron feas- para constatar que le interesaba el poder. Al mismo tiempo, él era lo suficientemente consciente de ello como para mencionarlo cuando era él quien estaba frente al objetivo. «El poder político, el poder financiero, el poder sexual. Me interesa el poder del tipo que sea», dice a quienquiera que sujetara en ese momento la cámara. Entre las pocas fotografías que ha dedicado a hombres hay un retrato de Jean-Marie Le Pen posando junto a su perro, a imagen y semejanza de otro de Adolf Hitler, el hombre que marcara el exilio forzoso del artista (calificativo del que, por otro lado, él renegaba) sesenta años atrás. Huelga decir que el político francés desconocía su existencia. Pero en la inmensa mayoría de los casos, para quien firmaba sus misivas a Anna Wintour como «your naughty boy» (o lo que es lo mismo, «tu chico travieso»), el poder era el cauce por el que fluye el erotismo. Desde la mano con solitario y uñas puntiagudas que sujeta un fajo de billetes en «Fat hand and dollars» hasta la divina modelo que exhala humo con un airoso cruce de piernas en un hotel de Montecarlo o la rubia que fija su mirada impávida en el techo de un ostentoso salón mientras su partenaire forcejea con los corchetes de su corsé en una sesión para Givenchy, el poder es un don con rostro femenino. Poco importa que la diva de turno lleve escayola, muleta y hasta collarín, como Jenny Capitain en el berlinés Hotel Dorian: el mentón en alto, la mirada imperiosa, el perfecto corte bob y el contoneo de cadera que subraya la tensión de sus músculos sobre un stiletto de quince centímetros son suficientes para intimidar a cualquiera. De las diez mujeres que relatan en la película su experiencia con Newton (entre ellas, Catherine Deneuve, Isabella Rossellini, Charlotte Rampling y Claudia Schiffer), es quizá Grace Jones quien lo expresa con mayor acierto: «Helmut hace que el hombre que mira sus fotos piense: “Me gustas, pero eres peligrosa. Tengo que protegerme de ti”». 

Autorretrato de Helmut Newton. | Krause & Johansen

Describir la obra de Newton como feminista daría para una larga discusión, y su objetivo, ciertamente, no lo es. El feminismo es un matiz que sus mujeres adquieren por el camino. En el recorrido del fotógrafo hacia la belleza sublime, la mujer es el santo grial de la fascinación irredenta de la (fetichista) mirada masculina, y su cuerpo un arma que ellas utilizan en beneficio propio. Cubierto de pieles y joyas (y nada más), enfundado en lencería fina y siempre, siempre, sobre unos vertiginosos tacones, el poder emana del deseo que este despierta. Tras ese cuerpo -el objeto- está la mujer -el sujeto-, y es la mujer quien sugiere, propone y dispone. En el universo de Helmut Newton, las mujeres deciden.

Hanna Schygulla en el documental por los 100 años de Helmut Newton. | D.R

Es probable que la costumbre del fotógrafo de saltar una y otra vez sin red contribuyera a cimentar su leyenda. «Si te empalmas, cobras más», le suelta al musculoso modelo en traje de neopreno que agarra las nalgas de su compañera en el puerto de Saint-Tropez. Ya a las puertas del nuevo milenio, escribió un caluroso agradecimiento a la directora de la edición estadounidense de Vogue por publicar en la revista unas fotos en las que, para horror de Bulgari, las joyas de la marca las lucía un pollo trinchado. «Me da igual la gente a la que no le gusta lo que hago. Lo importante es que me guste a mí», remata desde la pantalla. Su espontaneidad y excentricidad casi siempre eran bienvenidas, y quizá por ello contemplar su obra hoy no deja de ser una experiencia dolorosa. En la era de la ubicuidad digital y las redes sociales, con media humanidad desgañitándose por el «free the nipple» en un canal en el que el exhibicionismo y el falso pudor corren a la par, las decenas de pechos y pubis de todo tipo que desfilaron frente a su objetivo en series como «White Women» o «Big Nudes” nos hacen volver la vista a las impúdicas y relajadas décadas de los 70 y los 80 con una nostalgia cándida. Tan libres eran, tan inocentes.

Volverán las oscuras golondrinas… 

Fotografía de Helmut Newton en Miami. | Helmut Newton Foundation