Elia Barceló | Pau Sanclemete

La escritora española superventas que no conoces

Desconocida en España, la alicantina Elia Barceló tiene legiones de fans en Noruega, Alemania, Holanda…. ¡Hasta la gran Julia Navarro! Te descubrimos a esta fascinante mujer que en sólo cinco días ya va por la tercera edición de su nueva novela, 'El color del silencio'.

Paka Díaz | Woman.es

Hasta por email Elia Barceló (Elda, Alicante, 1957) desprende algo fascinante. Prácticamente desconocida en España, esta escritora alicantina se ha labrado una carrera literaria impresionante pero nunca ha llegado al gran público en nuestro país. Sin embargo, en Noruega, Holanda o Alemania cuenta con multitud de admi-radores. ¡Hasta la gran escritora de novela histórica, Julia Navarro, se reconoce fan suya! Barceló, impertérrita y haciendo gala de un singular sentido del humor, reco-noce que quizá parte de la culpa de esa falta de popularidad se deba a las pocas fiestas del ambiente literario a las que ha podido asistir ya que lleva más de 30 años residiendo en Austria, su país de adopción desde que hace más de 30 años conociera a su marido, un historiador con quien comparte dos hijos, media vida y con quien, asegura, “seguimos disfrutando de nuestras largas conversaciones y de reír-nos juntos”. La autora también reconoce que puede haber contribuido sus comienzos como escritora de ciencia ficción. “No es un género mayoritario, y como soy muy versátil en temas y géneros, he trabajado con varias editoriales, pero ninguna ha hecho un gran esfuerzo mediático para que se me conozca un poco más en mi país. A eso hay que añadir que tengo dos líneas claras de trabajo: una de novela realista con toques de negra, y otra claramente fantástica, lo que tampoco contribuye precisamente a hacerse una reputación clara”. Con más de 20 novelas publicadas, Elia Barceló fue la primera mujer en ganar el Premio UPC, el más importante de España en ciencia ficción y junto a la argentina Angélica Gorodischer y la cubana Daína Chaviano forma la tríada femenina de ciencia ficción más importante en lengua castellana. Estos días se publica en España ‘El color del silencio’ (Roca Editorial) una hipnótica novela, de esas que te lees mordisqueándote las uñas y que en sólo cinco días ya va por la tercera edición. La protagoniza Helena Guerrero, una pintora española de 68 años que reside en Australia y que regresará a nuestro país para asistir a una boda y, sobre todo, enfrentarse a un pasado aún sin resolver. Esta larguísima entrevista -es lo que tiene cuando me dejan libertad para preguntar y la persona entrevistada despierta mi curiosidad-, permite vislumbrar quién es Elia Barceló. Como decía, una mujer fascinante.

D.R

Elia, eres una de las escritoras españolas que más venden pero, sin embargo y si me permites, eres muy poco conocida e España. ¿Por qué crees que es así?

Pues claro que te lo permito: es la pura verdad. En España se me conoce más en mi vertiente fantástica y de ciencia ficción, dentro de un círculo más reducido. En lo que respecta a mis novelas realistas, que tienen mucho éxito fuera de nuestras fronteras, sí que resulta curioso, pero puede tener varias explicaciones. Yo vivo fuera de España desde 1981, de modo que toda mi obra ha sido escrita en el extranjero y yo no haya podido estar presente en los ambientes literarios españoles; no podía ir a fiestas, ni entablar amistad con críticos, periodistas, otros escritores... Además, durante los primeros 15 o 20 años ni siquiera había internet ni móviles; mi contacto con el mundo literario era por correo ordinario. Por otro lado mis influencias literarias son más anglosajonas y eso quizá me haya llevado a entroncar mejor con la sensibilidad centroeuropea y escandinava. De todas formas, me vienen a la mente dos escritores a los que les pasó algo similiar: Rafael Chirbes, que era conocidísimo en Alemania cuando en España solo lo leían unos pocos (hasta que hicieron la serie de Crematorio) y Javier Marías, que fue prácticamente “descubierto” por la crítica alemana cuando llevaba ya veinte años publicando en España.

Helena, la protagonista de ‘El color del silencio’ es una mujer de sesenta y tan-tos años que lleva una vida poco común. ¿Por qué la representaste así, tan poco madre, tan libre, tan poco usual para su época?

Helena es una hija del flower power, una hippy de “buena familia” que en un momento dado de su vida sintió la necesidad de huir y, como tenía la suerte de ser una gran artista, rompió con todo y se marchó a vivir su vida. En su época eso no era frecuente, aunque estoy segura de que una gran parte de la población femenina habría hecho lo mismo si hubiese podido. Pero, aunque por un lado su decisión la liberó y la hizo crecer como artista, por otro nunca ha conseguido superar ciertos traumas y dolores. No todo se puede arreglar marchándose al otro lado del mundo, porque las heridas te acompañan a donde vayas, ni sublimándolo a través del arte. A veces hay que apartar la alfombra donde hemos estado metiendo toda la por-quería para que no sea vea, y limpiar debajo, aunque salgan gusanos y ratas muer-tas. Luego está limpio y podemos respirar mejor. Si Helena se hubiese quedado en España viviendo una vida convencional seguramente habría acabado muriendo sin encontrar respuestas a sus preguntas, y yo quería que las encontrara. Ese es el centro de la novela.

¿Te preocupaba escribir sobre la época franquista? ¿Cómo la investigaste?

En cuestiones narrativas la época franquista es ya, por fortuna, una época histórica como cualquier otra, aunque yo aún la he vivido, ya que nací en 1957 y toda mi escolarización desde la primaria a la universidad tuvo lugar bajo las leyes y de acuerdo con los programas franquistas. Me documenté todo lo necesario porque, además de que es fundamental en cualquier recreación histórica y una muestra de respeto al lector, me encanta bucear en el pasado e ir construyendo esa realidad novelesca. Lo único que me resultó raro, y fue un desafío considerable, fue escribir desde el punto de vista y las convicciones de un hombre de Franco, de alguien que ve el mundo de un modo tan diferente al mío; y el que casi todos los personajes son de derechas y de un ambiente social y económico muy alto al que yo nunca he pertenecido.. Pero creo que he salido airosa de la prueba y he conseguido que el lector, incluso cuando no comparte las ideas de Goyo Guerrero, por ejemplo, llega a en-tender y a veces incluso a admirar su temple.

Al investigar esta época de nuestra historia, ¿qué te ha sorprendido?

Algunas cosas que no puedo contar aquí para no estropearle a nadie la lectura, pero en general es una época que ya conocía bastante bien porque mi marido es his-toriador contemporáneo y yo llevo también muchos años impartiendo en la universidad una clase sobre historia de España y evolución de la mentalidad para la que he leído y trabajado mucho sobre distintas épocas de nuestra historia.

Los personajes de tu novela viven en una especie de España en paralelo que poco tiene que ver con la que cuentan nuestros mayores… ¿Te costaba escribir sobre la negra España franquista?

No creo que me hubiese costado más escribir sobre la miseria de la posguerra o los fusilamientos y las humillaciones de los vencedores a los vencidos. Me he pasado toda mi juventud oyendo historias de familia y vecinos; tendría mucho que contar, si quisiera. Pero ese enfoque es el que elige todo el que escribe sobre ese periodo de España. Me parece muy bien narrar las historias de los vencidos, tratar de iluminar aquella horrible, negra y vergonzosa etapa de nuestro país. Hay que recuperar la memoria y lavar y airear los trapos sucios. Pero esta historia no iba de eso. Yo quer-ía narrar una historia sobre alguien que creyó estar haciendo lo correcto, sobre el deterioro de un ideal, sobre las sombras que asfixian a una familia que podría tener-lo todo y lo pierde todo. De todas formas, también hablo de algunas cosas muy negras y muy dolorosas.

En Austria, donde vives, hay una ley que prohíbe cualquier tipo de actividad que tenga que ver con el nazismo. Aquí sin embargo, el franquismo parece seguir campando a sus anchas sin que preocupe a jueces o políticos… ¿Por qué crees que es así y a qué nos puede conducir?

Eso es algo que me hace avergonzarme de mi país. Quizá después de vivir tanto tiempo en Centroeuropa me haya “contagiado” de la idea de que hay ciertos errores en el pasado de los países que no deben ser repetidos y que hay que evitar a toda costa, aparte de que también hay que reconocerlos y confesarlos para tratar de que no vuelvan a suceder. No me cabe en la cabeza que en España exista legalmente una Fundación Francisco Franco, y no para investigar la realidad histórica o conser-var los documentos de los años de la dictadura en España, sino para “enaltecer la figura del Caudillo”. Eso es una locura y, para mí, debería ser un delito, igual que la apología del terrorismo. Si a alguien se le ocurriera enaltecer la figura de un terrorista lo meterían en la cárcel –con razón–, pero cuando se trata de un dictador que asesinó a miles y miles de personas de su propio país porque no comulgaban con su idea de la “patria”, ya no hay problema. Se puede incluso acudir a un entierro y cantar el Cara al sol con el brazo en alto (¡en 2017!) sin que pase nada. Eso sigue siendo así precisamente porque nunca se hizo memoria, ni se confesaron los crímenes, ni se pidió perdón. Porque todos los que tenían algo que ocultar, lo ocultaron con el consentimiento de las clases dirigentes y adoptaron los disfraces más convenientes para hacer creer a la población que eran “hombres nuevos”, y “mujeres nuevas”, claro. Creo que el tipo de comportamiento que exhiben nuestros políticos y condonan nuestras leyes es un grave error: cerrar los ojos ante las faltas y crímenes del pasado, ocultar los datos, tratar de olvidar colectivamente lo que media España le hizo a la otra media (y hablo también de crímenes cometidos tanto por los de un lado como por los del otro) y hacer como que no tiene importancia, que ya hace mucho tiempo, que ya pasó todo... como se oye decir tantas veces. Los muertos siguen muertos, sí, pero se merecen un respeto y una tumba digna. Y se merecen que no haya mentiras públicas tan vergonzosas como que la Cruz de los Caí-dos es “un monumento a la concordia” y que los medios de comunicación se nieguen a propagarlas. Es fundamental conocer y asumir el pasado para poder superarlo y avanzar hacia delante. Si no lo hacemos, llegaremos a una sociedad amnési-ca, que no ha aprendido de sus errores, y los repetirá.

Con más de 20 novelas publicadas, fuiste la primera mujer en ganar el Premio UPC, el más importante de España en ciencia ficción. ¿Es igualitario el mundo de la ciencia ficción o cojea de machismo como todos?

En el mundo de la ciencia ficción, el fandom, como lo llamamos nosotros, el machismo es apenas perceptible, Cuando yo empecé éramos poquísimas, pero no nos sentíamos apartadas ni marginadas. También hay que decir que yo no soy el tipo de mujer que se ofende cuando, en una charla en el bar, alguien cuenta un chiste ver-de, usa lenguaje grosero o hace un comentario sobre “las tías”. La única vez que me he sentido discriminada fue con el editor alemán de ciencia ficción más impor-tante, Wolfgang Jeschke. Nos conocimos en un festival, me pidió un relato y le en-vié uno que había estado nominado a los Premios Ignotus. Me contestó diciendo que no podía creerse que una chica joven, mona y simpática como yo hubiese es-crito un relato tan duro, brutal y triste, y que estaría encantado de publicar algo mío cuando tuviera un relato “más bonito” que ofrecerle. Nunca volví a enviarle nada, claro está. De todas formas, ahora que lo pienso, sí que resulta sintomático eso que comentas del Premio UPC: lo llamativo no es solo que fui la primera mujer en ganar-lo sino que a lo largo de los más de veinte años que lleva convocándose he sido casi la única; solo se ha concedido dos veces a una mujer, a mí en 1992 y a Kristine K. Rusch en 2005. Y el Premio Minotauro de literatura fantástica que lleva en activo desde el 2004, también tiene solo dos ganadoras: Clara Tahoces y Montse de Paz. Parece que a nivel, digamos “institucional” sí que hay un cierto problema.

¿Eres feminista? ¿Por qué?

Si se entiende como el deseo y el trabajo activo por la igualdad legal, de trato y de remuneración para hombres y mujeres, sí soy feminista. Durante algún tiempo tuve la esperanza de que ya no fuera necesario seguir insistiendo en algo tan obvio como que somos iguales, pero me había equivocado. No hay más que ver algo tan simple como las listas de recomendaciones a finales de diciembre, cosas como “las diez mejores novelas del año”, en las que siempre salen nueve novelas escritas por hombres y una de una mujer muerta, preferiblemente rusa o checa y que no conoce nadie, salvo los sesudos críticos –también hombres en su mayoría– que han hecho la selección. Y luego, por supuesto, en el mundo laboral, lindezas como que en la universidad más de la mitad son mujeres pero cuando vamos subiendo en la jerar-quía van desapareciendo, hasta que los rectores son todos varones; y también en el mundo editorial, en los periódicos, lo mismo. Incluso en muchas cadenas de tiendas de ropa las vendedoras son chicas y en cuanto hay un puesto un poco más alto, ya es para un muchacho. No hay derecho a que en el siglo XXI sigamos así. ¿Cómo es posible que desde que se fundó el Museo del Prado, hasta este mismo año no se haya hecho una exposición de obras de una pintora? Creo que, lamentablemente, tenemos que seguir insistiendo, pero todos, hombres y mujeres. Y quizá abandonar el término “feminismo” a favor de “equidad” o “justicia”, para que no parezca una ideología agresiva o una lucha partidista, sino algo natural y deseable por todas las personas sensatas.

Se te considera una de las escritoras más importantes en lengua castellana de la ciencia-ficción, con la argentina Angélica Gorodischer y la cubana Daína Chaviano. Os llaman la llamada ‘trinidad femenina de la ciencia-ficción en Hispanoamérica’. ¿Qué te parece ese apelativo?

Muy gracioso, la verdad. Nos hace parecer diosas del Olimpo o algo parecido, y es algo muy simpático siempre que una no se lo tome demasiado en serio. Puestos a enfatizar el número tres, yo habría elegido más bien “triada”, porque eso de “trini-dad” suena más religioso y, a ciertas personas puede parecerle incluso ligeramente blasfemo, pero estoy segura de que se hizo con buena intención.

Muchos de tus libros son de ficción especulativa. ¿Por qué te interesó este género?

Primero porque de ese género fueron mis primeras lecturas “de mayor”, sin dibujos, desde que mi padre, que también era lector de ciencia ficción, me regaló Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne a mis 11 años. Luego pasé a H.G. Wells y a la colección Nebula, que estaba completa en la biblioteca municipal de Elda, y ahí conocí a los grandes escritores de Estados Unidos. Fue un deslumbramiento. Aquellos escritores, y las maravillosas escritoras de los años sesenta y setenta, hablaban de temas que no habrían sido ni pensables en nuestro país, describían sociedades in-creíbles, planetas totalmente distintos al nuestro, futuros alternativos que me hacían reflexionar sobre mil cosas: los desastres ecológicos, la investigación genética, la superpoblación, el contacto con otros seres inteligentes, la lengua como formadora y transformadora de la realidad, la cibernética, la inteligencia artificial, la robótica... una maravilla que contrastaba con la aburridísima literatura realista de los 40, 50, etc. en nuestro país. La ciencia ficción o ficción especulativa, o prospectiva, y la utópica/distópica es una literatura para lectores inquietos, inteligentes, cómplices; no para sentirse cómodo en un mundo bien conocido donde los problemas que se plantean en la trama son los de siempre. ¡Es apasionante!

Algunas grandes escritoras, como Doris Lessing, Margaret Atwood o Ursula K LeGuin, han optado por escribir ficción especulativa y/o distopías. ¿Por qué crees que lo utilizan?

Porque es el género que más posibilidades ofrece para mostrar graves problemas humanos que están empezando a surgir y que mucha gente aún no ha notado, y también porque permite hacer una especie de alegoría, de metáfora extensa, situando en un futuro, o en otro planeta, situaciones conocidas y llevadas a su máxi-mo. Por ejemplo, Ursula K. Le Guin en Los desposeídos presenta un planeta donde la población vive en una utopía anarquista, y así podemos ver cómo sería esa so-ciedad, con sus ventajas y sus inconvenientes. En otra de mis novelas favoritas, La mano izquierda de la oscuridad, nos habla de un lugar donde los habitantes, aunque parecen humanos, no tienen un sexo definido y fijo: una vez al año entran en kémmer y por un par de semanas se vuelven hombres o mujeres. La novela trata las dificultades que tiene un embajador humano para relacionarse con esos seres asexuados y así nos damos cuenta de lo importante que es para nosotros conocer el sexo de la persona con la que estamos hablando, aunque no importe realmente. Margaret Atwood, en El cuento de la criada, nos advierte de lo que puede pasarle a las mujeres en un futuro incierto (y ojalá improbable!) si en un país triunfa un fundamentalismo cristiano basado en el Antiguo Testamento. Sheri Tepper en La puerta al país de las mujeres nos habla de una sociedad donde hombres y mujeres viven tajantemente separados y nos cuenta su funcionamiento. Escribir este tipo de obras hace libre mentalmente, igual que leerlas, porque hace pensar sobre cuestiones básicas.

¿Crees que aún hay una revolución pendiente en la literatura acerca de la re-presentación de la mujer, que quizá está lastrada por numerosos clichés?

Por supuesto. Aunque tengo que decir que estoy convencida de que vamos mejorando, (a pesar de lo deprimente que resulta el éxito de engendros como ese libro en varios volúmenes de distintas Sombras que prefiero no nombrar). La literatura refleja la realidad (incluso cuando es fantástica o de ciencia ficción) y la realidad si-gue siendo machista –quizá no tanto como hace cien años, pero todavía-. Por eso, sin darnos cuenta, muchas veces escribimos teniendo en nuestro interior esas reacciones y comportamientos y los usamos en nuestros personajes. Pero es que, si pusiéramos solo personajes que actúan de un modo absolutamente equitativo y paritario, a los lectores y lectoras no les parecería real; sería ficción extrapolativa y la gente diría despectivamente: “es pura ciencia ficción” en el sentido de que no les resulta creíble ni verosímil. De todas formas yo creo que si poco a poco en la literatura empezamos a crear personajes que se comportan “mejor” y los personajes machistas quedan mal a lo largo de la trama, iremos consiguiendo algo.

Eres profesora de Literatura Hispánica. ¿Te gusta dar clases? ¿Es posible mantenerse de la Literatura?

Me gusta mucho dar clases porque para mí enseñar literatura es, sobre todo, abrir los ojos y las mentes de mis estudiantes, tanto en el campo intelectual como en el estético, ya que abrirles los ojos a la belleza es tan importante como el análisis más “académico”. En cuanto a si es posible vivir de lo que uno escribe, depende de muchos factores: de cuántos gastos fijos tengas, de lo modesto que seas en tus aspiraciones materiales, de cuántas historias se te ocurran al año y de lo rápido que se-as escribiendo. Si se te ocurre una novela nueva cada cinco o seis años y luego necesitas tres o cuatro para escribirla, y te empeñas en vivir solo de eso, lo más probable es que te mueras de hambre. De todas formas, cuando hablo para aspirantes a escritor o a veces en institutos o universidades, siempre les digo que, para mí, lo ideal es no empeñarse en vivir sólo de la escritura porque entonces es una esclavitud: uno tiene que escribir cualquier cosa que le encarguen porque tiene que pagar las facturas. Si tienes un trabajo de media jornada (a ser posible de algo relacionado y que te guste), con él te pagas la libertad de escribir lo que quieras, cuando quieras y al ritmo que mejor se ajuste a tu carácter o a las circunstancias de tu vida. Mucha gente piensa –e incluso dice en público– que uno solo es escritor profesional cuan-do vive exclusivamente de ello. A mí me parece una tontería. ¿Quiere eso decir que si das conferencias, o escribes regularmente en un periódico, o das clases, o ven-des lavadoras durante tres días a la semana tus novelas ya no han sido escritas por un profesional, aunque tengas cinco publicadas? Tener un trabajo fuera de la escritura te pone en contacto con la realidad y, sobre todo, te da autonomía para escribir la historia de la que te has enamorado sin pensar si vas a podérsela vender a alguien. Lo haces por amor, por placer, por necesidad interna, no por leyes de mercado.

Ahora mismo vives en Austria. ¿Por qué allí?

Vivo en Austria ya más tiempo del que he vivido en España y ya no me parece que sea un país exótico, y más desde que, al formar todos parte de la Unión Europea –yo soy una europeísta convencida– tenemos la misma moneda. La razón de que me instalara en Austria es muy, pero que muy clásica: me enamoré de un austriaco y decidimos probar “a ver si funcionaba”. Han pasado cuarenta años desde que nos conocimos en París y parece que ha funcionado, porque llevamos ya treinta y mu-chos viviendo juntos, tenemos dos hijos, y seguimos disfrutando de nuestras largas conversaciones y de reírnos juntos. De modo que mi vida es muy normal salvo que, lógicamente, tengo las botas de nieve siempre a mano en el armario de la entrada y no retiro nunca la ropa de invierno porque igual un día hace calor de camiseta de tirantes y al siguiente hay que echar mano del jersey de lana. Paso muchísimo tiempo en casa, en mi estudio –que, menos mal, tiene una vista preciosa sobre la ciudad y las altas montañas nevadas–, delante de mi ordenador, sola, escribiendo ficción o preparando clases, con una música lejana para que no me distraiga la letra, y mu-chas plantas y flores. Salgo a caminar casi todos los días porque así me da el aire, hago ejercicio y le doy vueltas a cuestiones de la trama de la novela que tengo entre manos. Hago gimnasia, yoga y, en las épocas tranquilas, también me gusta ir a na-dar por aquello de salvar la espalda. Leo muchísimo, y disfruto de cocinar para mis amigos. Hasta ahora iba también a la universidad, pero eso se va a acabar este verano, ya que he decidido concentrarme en la escritura ahora que los hijos están fuera de casa y las cosas me van lo bastante bien como para poder permitírmelo. Suelo acostarme pronto, para que me dé tiempo a leer, y nos levantamos pronto también. Es una vida muy tranquila, muy normal. Y también viajo mucho: a festivales literarios, lecturas, ferias del libro..., lo que me permite estar en contacto con otras personas (porque, si no, la vida de un escritor es muy solitaria) y conocer gente y lugares nuevos, cosa que me encanta.

Te relacionan con autores como María Dueñas, Carlos Ruiz Zafón y Kate Morton. ¿Qué escritores te gustan?

Me resulta curioso. Lo de María Dueñas debe de ser porque su primera novela, El tiempo entre costuras, que leí con agrado, sucedía en Marruecos, igual que parte de El color del silencio, pero ni el género ni el estilo ni la intención se parecen. No to-dos los autores que ambientan su novelas en Inglaterra, pongamos por caso, tienen algo en común, aparte de ese detalle o de su amor por ese país. Ruíz Zafón es un autor muy conocido en Alemania y me figuro que por eso allí nos relacionan, porque los dos somos españoles traducidos al alemán. He leído La sombra del viento, (el primer volumen), y sus novelas juveniles porque compartíamos editorial y, en los elementos fantásticos sí podemos tener algún parecido; en la parte realista no se me ocurre que nos parezcamos en nada. Kate Morton sí es una autora que sigo. La descubrí por casualidad antes de que fuera conocida y desde entonces disfruto de sus misterios familiares, su recreación del pasado y su amor por los jardines. En eso nos parecemos mucho. Hay tantos escritores que me gustan que se haría muy pe-sado nombrarlos todos: Tolstoy, Maupassant, Poe, Cortázar, Borges, Torrente Ba-llester, Bradbury, Orwell, Le Guin, Byatt, Rodoreda, Fowles, McDonald, Tartt, Fleischhauer, Martín Gaite, Ishiguro, Fuentes... muchísimos...

Por último, ¿en qué proyectos andas que nos puedas contar?

Demasiados, como siempre. Ahora estoy con una novela juvenil fantástica y tengo otras dos empezadas pero me falta el tiempo para seguir adelante. Estoy corrigiendo un par de cuentos que aparecerán pronto en antologías y mi editorial alemana me ha “amenazado” ya con que está a punto de enviarme las más de 500 páginas de la traducción alemana de El color del silencio (que allí saldrá con el título de Das Licht von Marokko –La luz de Marruecos) para que las corrija en dos semanas. sea, que no tengo tiempo para aburrirme. Y es una pena porque, según los psicólogos, el aburrimiento ocasional es básico para potenciar la creatividad