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Por qué lo mejor del documental de Parchís es el final

Netflix te propone un viaje a tu infancia y a los últimamente tan mitificados años 80 que te va a dejar con ganas de más, pero, curiosamente, con un aceptable buen sabor de boca.

Silvia López | Woman.es

Parecía la idea perfecta, ¿verdad? Los documentales de Netflix gustan a todo el mundo. La fiebre por la estética de los años 80 se contagia incluso entre quienes no los vivieron (gracias sobre todo a ‘Stranger Things’, emitida precisamente en Netflix). Y además, el éxito de ’El caso Alcàsser’, ‘Operación Nenúfar’ y 'El pionero' ha demostrado que los españoles queremos saber más de nuestro pasado reciente. Con estos mimbres, ‘Parchís, el documental’ lo tenía todo para ser el título que nos enganchara este verano. Sin embargo, honestamente, el resultado deja con hambre.

La imprecisión como camino

La sensación general es más parecida a un programa tipo ‘Qué tiempo tan feliz’ que a los documentales que suelen ofrecer plataformas como Netflix o HBO. La película se articula gracias a las entrevistas a los miembros del grupo, pero no a todos: por ejemplo Michel, Chus (los que acabaron siendo Platón) y otros integrantes posteriores no solo no aparecen, sino que en el documental no se explica su omisión: ¿se debía a que ellos mismos no han querido participar?, ¿a que los que realmente importan son los que estaban en la formación original Nada se explica al espectador, que no tiene ningún tipo de baliza ni en este ni en muchos otros sentidos.

Por ejemplo, se echa en falta señalética concreta cuando hablan de lo jóvenes que eran los niños cuando entraron en el grupo (que nació de un un anuncio en prensa como una idea para explotar un filón de marketing). Muchas alusiones vagas a que Tino era el mayor que David, pero no se concreta la edad. Y esta laxitud en los datos impregna las casi dos horas de película. Se insinúa que se organizaban fiestas en las que había drogas; empresarios u hombres con dinero de inclinaciones pedófilas; que alguien (no se apunta si la discográfica, algún representante, un productor cinematográfico…) les robó el dinero obtenido en giras con jornadas en las que los niños trabajaban más de 12 años al día. En general, la sensación es de estar viendo el tráiler de un documental que responderá a esas preguntas. Pero esas respuestas nunca llegarán.

La normalidad en lo extraordinario

A la crítica no le ha entusiasmado la falta de profundidad del documental de Daniel Arasanz, que saca a la luz sin insistir en la explotación laboral que supusieron 20 álbumes, siete películas y millones de fans en España y Latinoamérica: llegaron a actuar en el Madison Square Centre. Los niños, ahora adultos de mediana edad, cuentan tranquilamente cómo robaban en tiendas, tiraban sillas por los balcones y empezaron a coquetear entre ellos (y con Paulina Rubio, al menos David, “el dado”). Pese a no ser más que niños vivían como estrellas de rock, algo que en su momento no escandalizó a nadie más que a la madre de Óscar, “ficha azul”, y uno de los miembros originales más jóvenes. La buena señora sacó a su hijo del conjunto.

En la película vemos a otros padres disfrutar de la barra libre de buena vida proporcionada en forma de viajes por sus talentosos retoños. Casi al final, los padres de Frank (sustituto de Óscar) hablan de que ni entonces ni ahora recibieron ni un mínimo porcentaje del dinero generado por el grupo. Y, lo más importante, David comenta en varias ocasiones que, con la perspectiva de los años, la madre de Óscar era la única adulta responsable de su entorno.

Con final (inesperadamente) feliz

Aunque ni la película es sobresaliente ni la vida de los integrantes ha sido fácil, merece la pena el visionado, especialmente si guardas recuerdos de un grupo que en algunos países como Perú llegaron a ser más grandes que los Beatles. Los integrantes originales de Parchís se muestran más afables que nostálgicos cuando recuerdan de aquellos años.

Se adivina que además de experiencias extremas han vivido procesos psicológicos interesantes. Yolanda, hoy relajada y aún bellísima, recuerda cómo la abucheaban por su atractivo. Óscar tuvo que trabajarse la vuelta a la realidad mientras sus ex amiguitos seguían bailando y cantando. David ahora viste de negro para olvidar el dado blanco que fue. Gemma es ahora educadora: suyos son los misterios del universo infantil. Frank (el único que como cantante, modelo y fotógrafo ha seguido vinculado al mundo del espectáculo) ofrece el testimonio más crudo: dentro y fuera del documental habla de intentos de secuestro y de que solo han recibido el 2% de los 800 millones de pesetas que generaron.

Pero la clave es Tino. El mayor, la “ficha roja”. Aquel cuya adolescencia, audacia y carisma aceleraron el fin de la banda (en su versión más exitosa, ya que con otros miembros Parchís siguió hasta 1992) es el mismo gracias al cual la historia y el documental tienen final feliz. Inesperadamente. En 1998, un accidente de de tráfico le supuso la amputación de un brazo (por cierto, pese a la leyenda urbana, no llevaba la mano por fuera de la ventanilla: explica las verdaderas condiciones en el documental). El estoicismo y serenidad con los que afronta la vida son muy inspiradores. Pero sobre todo, traen la sutil sorpresa final: aunque durante todo el metraje han estado hablando en solitario a la cámara, justo al final todos los ex cantantes se reúnen, se abrazan, y se hablan con camaradería. Sin darnos cuenta, habíamos deducido que no había una buena relación entre ellos, pero resulta que tus amigos de Parchís también lo son entre ellos. Y solo por eso merece la pena.

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