David Maroto

Comer (y comprar) en Hong Kong, tendencia a tiro de piedra

Si hay un denominador común a toda Asia es el de una fervorosa pasión por la comida. Y en el Gigante Asiático, también por el consumo. En esta parte de Asia se come y se compra a todas horas.

Rafa Gassó | Woman.es

Barato. O carísimo. Los puestos callejeros de comida -siempre fresca por la continua demanda de unos ciudadanos con más costumbre de picotear fuera de casa que de cocinar-, se multiplican hasta el infinito; compitiendo con exquisitos restaurantes en los no resulta raro ver relucir estrellas Michelin ni pomposas tiendas de marcas de lujo a través de sus ventanales.

Hong Kong, otrora destino inalcanzable para aquellos fans de las películas de Bruce Lee y de los relojes con calculadora que nacieron en los 70's, es su paradigma. La ciudad, entonces lejana para el horizonte medio de un español, se encuentra desde hace pocas semanas a escasas 13 horas de Madrid gracias a la nueva ruta aérea que conecta, en un cómodo vuelo directo, la capital con esta colonia que fue británica hasta 1997.

La ‘otra’ China

En esta región administrativa “especial” de la República Popular China –eufemismo de capitalismo feroz, independiente de feroz régimen comunista-, la definición de megalópolis alcanza uno de sus más crudas acepciones. Sus poco más de siete millones de almas se apilan unas encima de otras –literalmente; es la ciudad con más rascacielos del mundo-, en el 25% de la superficie correspondiente a un tercio de Mallorca. El resto son reservas naturales. Se podría decir que las avenidas discurren en vertical respecto a la línea de suelo. Y que hay más tráfico de vagones metálicos que suben y bajan raudos del cielo, que en las muy bulliciosas, congestionadas y excitantes callejuelas y magnas avenidas que alfombran la península que la conforma y parte de su más de 200 islas e islotes.

De hecho, uno de los espectáculos casi obligados es una travesía al atardecer a bordo del pintoresco navío de corsarios chinos que navega el Victoria Harbour, puerto marítimo que divide la isla de Hong Kong de su centro peninsular, el distrito de Kowloon. El impresionante skyline de una metrópoli que alberga algunos de los rascacielos más altos del mundo, iluminados de todas las maneras posibles, discurriendo ante una copa de vino mecida por las olas del mar, es una experiencia difícil de olvidar. Y el mejor atajo para empezar a comprender la monstruosa enormidad –física y cosmopolita-, de un sitio tan pequeño.

Aquí se encuentra el restobar más alto del planeta: El Ozone, a 420 metros de altura, en el piso 118 del más fastuoso todavía Hotel Ritz Carlton. Otro hotel, The Langham, también aloja a una de las cocinas más delicadas y mimadas de toda la isla. La del T’ang Court, laureado restaurante con tres estrellas Michelin, que ofrece finísima gastronomía cantonesa a cargo del prestigioso chef español, Pedro Samper. Imprescindible degustar su ‘dim sum’, un refinado momo nepalí que se deshace en el paladar como lágrimas en la lluvia. Incluso los más atrevidos pueden aprender a cocinarlo en alguno de sus workshop gastronómicos.

Estampas evocadoras. 

Pero Hong Kong también es la península de Kowloon; más tradicional, con una atmósfera menos agresiva –el hongkonés es un anfitrión risueño y amable, de suave ironía, simpático-, en la que cierto caos y desorden en su arquitectura y mobiliario devuelven la sensación de añeja realidad; palpable, viva y, esta vez sí, genuinamente exótica. El idioma inglés, cooficial en la práctica, desaparece en los rincones de este distrito repleto de evocadora cartelería y modos de época –puro sello cantonés-, donde, además, convive una agradable mezcolanza de credos. Templos chinos, budistas, taoístas, sij, mezquitas, sinagogas… Los glotones de Sham Shui Po organizan ‘foodie tours’ para afrontar con el estómago lleno el lugar más castizo de Hong Kong. “Nai cha”, té con leche al estilo hongkonés acompañado de bollería tradicional, rollitos de arroz, tofu, noodles, pato y hasta sopa de serpiente. La humedad y el calor aprieta y conviene ir bien alimentado. Por delante quedan un sinfín de tiendas y mercadillos que esconden joyas del pasado, junto a espacios más innovadores. Es el caso del Former Hollywood Road Police Married Quarters, un edificio-escuela lleno de talleres y ateliers, de obligada visita para los amantes de la cultura pop y el diseño de alta factura. Prepara la tarjeta. Para fundirla y para volver lo antes posible a este ideal centro de operaciones asiático. No querrás saber más a la vieja Europa.

INFO: Para llegar, la aerolínea china Cathay Pacific ofrece desde junio la conexión Madrid – Hong Kong cuatro veces por semana. Sus Boeing 777 cuentan, además, con una estupenda y novedosa Premium Economy a bordo, que recoge lo mejor de la Business Class y de la Economy. Es muy cómoda y aún mejor, asequible. Para el alojamiento, la recomendación, sin duda, es la The Langham Hotel. Exquisito trato y puro lujo para el buen descanso de tanta emoción diaria.

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