Arde Madrid

Regreso a la 'dolce vita' madrileña

Seguimos los pasos de Ava Gardner por el Madrid más glamuroso de aquella época gris.

Woman.es para Movistar +

Ava Gardner llegó a Madrid en 1961 huyendo de la persecución de los paparazzi y dispuesta a vivir la vida a su manera: con la libertad y la diversión por bandera. Sin embargo, Arde Madrid no es una serie histórica ni un biopic sobre la estrella de Hollywood, que tiene aquí un papel secundario. Los verdaderos protagonistas son Ana Mari, Manolo y Pilar (Inma Cuesta, Paco León y Anna Castillo): la criada, el chofer y la doncella que trabajan a su servicio. A través de sus ojos asistimos a las continuas fiestas que Ava (interpretada en la ficción por la norteamericana Debi Mazar) y su círculo disfrutaban a diario y regresamos a la época de la dolce vita madrileña.

A Ava Gardner le gustaba beber, bailar flamenco y trasnochar. Era una habitual de las noches del Museo Chicote. | Arde Madrid

Para los más pudientes, la aristocracia, el artisteo y las élites, había un Madrid de noches brillantes y exclusivas que no estaba al alcance de criados y limpiabotas. Muchos comenzaban la noche en el legendario Florida Park. Sobre su escenario actuaban los mejores artistas y entre el público se podía encontrar a Rita Hayworth, Lauren Bacall o Sofia Loren. Otro epicentro nocturno era el Museo Chicote, a cuya barra se sentaban desde Ernest Hemingway hasta Orson Welles. Y también el Pasapoga, donde tocaba Xavier Cugat y que tenía todo lo que uno esperaba de un lujoso club en aquellos años: escaleras con alfombra roja, candelabros, suelos de mármol, largas barras de bar con los espirituosos más caros, lámparas de araña y cuatro pistas de baile.

Ava Gardner en el bautizo de Antonio, hijo de Lola Flores, en el Tablao Villarrosa. | Arde Madrid

Los madrileños más acomodados se dejaban ver en los bailes de gala del Ritz, el Plaza o el Círculo de Bellas Artes, pero –tal y como se relata en el libro Arde Madrid, (editado por La Fábrica y Movistar +)–  cuando la noche avanzaba y las botellas iban cayendo, las clases sociales se confundían. Eso ocurría en los tablaos, donde se mezclaban estrellas de cine internacionales, toreros, empresarios, diplomáticos, prostitutas, borrachos habituales y vendedores de estraperlo. Los más célebres eran el Corral de la Morería y el Villa Rosa, en la plaza de Santa Ana, en el que era posible ver a Ernest Hemingway, Frank Sinatra o los hermanos Dominguín. Y también estaba El Duende, un sótano estrecho, oscuro y lleno de humo cercano a la Plaza Mayor. Un lugar despojado de todo glamour en el que uno no esperara encontrase a aristócratas, embajadores, empresarios y estrellas de Hollywood y, sin embargo, todos acababan allí. De ambiente parecido era la taberna Los Gabrieles que, según la leyenda, no cerraba nunca y que está considerado como uno de los primeros afterhours de Madrid. Como decía Luis Miguel Dominguín, –habitual de esta dolce vita castiza y a quien se le atribuye un mítico romance con Ava Gardner–: “Si conoces bien Madrid, las noches no se acaban nunca”.