Retrato de Ana Iris Simón, autora de "Feria" (Círculo de Tiza). | Guillermo García

Ana Iris Simón: «Las mujeres hemos sustituido unos yugos por otros»

Sin pelos en la lengua, esta joven periodista aprovecha su primer libro "Feria" (Círculo de Tiza) para arremeter contra el progreso y lo que este ha significado para nosotras: «somos algo más que parideras y cuidadoras, pero también somos algo más que trabajadoras y productoras», dice. ¿Renunciar a tener hijos por tu carrera es ser una mujer independiente?

Isabel Loscertales

Ana Iris Simón nació en Campo de Criptana (Ciudad Real) en 1991 y vivió muchos años en Madrid ejerciendo de periodista. Su debut hace unos meses con "Feria" (Círculo de Tiza) está dando que hablar. El libro relata la historia de su familia y, a la vez, la historia de una España que, allá por los 90, abrazaba un dudoso progreso. Dudoso especialmente para las mujeres. En su opinión, cambiamos el papel de cuidadoras por el de trabajadoras que debíamos postergar o cancelar nuestra maternidad en aras de nuestra independencia. «Hemos cambiado unos imperativos por otros», reflexiona Ana Iris Simón. Hablamos con ella. 

¿Por qué has elegido debutar con la historia de tu familia?

“Feria” nace de un artículo que publiqué en VICE España hablando sobre la profesión de mi familia materna, que eran feriantes. Llegó a manos de Eva Serrano, la editora de Círculo de Tiza, y empezamos a pensar en ampliarlo y hacer un libro a raíz de él. Pero, cuando ya había arrancado la escritura, mueren en mi familia paterna mi tío Hilario, primero, y mi abuela después. En las reuniones que hacía con Eva y para explicarle por qué no estaba escribiendo mucho le hablaba de ellos, de mi tío, de mi abuela, de cómo se vivía la muerte en La Mancha. Y me dijo que eso también tenía que contarlo.

A partir de ahí me di cuenta de que claro que tenía que hacerlo, de que la historia de mi familia paterna, una familia extensísima, con 18 primos y 8 bisnietos, muy apegados a la tierra, a las costumbres, al territorio, y de ideología comunista, también merecía la pena ser contada. Y de que a través de ambas, de mi familia campesina y la feriante, de mis vivencias y de algunas anécdotas era como yo leía la historia reciente de España.

Tu historia y la historia de tu familia es a la vez la historia de la descomposición de una España que fue y que ya no es, en aras de algo llamado “progreso”, ¿qué es lo que más lamentas haber perdido?

La espontaneidad, supongo. Los rituales, lo que precedió a lo que el filósofo pop (con perdón de Zizek) Byung-Chul Han llama “el infierno de lo igual”: nunca nuestras vidas, los territorios que transitamos y nuestras ideas habían sido tan iguales, tan homogéneas. Y, paradójicamente, nunca las habíamos pensado como tan diversas.

Portada de "Feria", el libro de Ana Iris Simón. | Cortesía Círculo de Tiza.

Te muestras desencantada con el progreso, con la modernidad, ¿no crees que para las mujeres ha sido positiva en términos de independencia? ¿es la modernidad feminista?

En general, no solo para las mujeres, la modernidad ha supuesto una ganancia de derechos civiles, eso es innegable. Es obvio, por tanto, que las mujeres hemos ganado en derechos. La igualdad jurídica a día de hoy es total y eso era justo y necesario, por supuesto. Tenemos, incluso, leyes que se basan en la discriminación positiva. Creo que nadie, incluso si se declara antifeminista, va a negar esto a día de hoy.

Pero también creo que no podemos pensarnos como mujeres independientes y emancipadas mientras, por ejemplo, postergamos hasta el infinito, incluso renunciamos a la maternidad por nuestra carrera profesional, por mucho que nos bombardeen (¡y claro que lo hacen!) con que es lo que hay que hacer, con que eso es signo de progreso y con que somos algo más que parideras y cuidadoras.

Y claro que lo somos...

Y claro que lo somos, pero también somos algo más que trabajadoras y productoras. A mí personalmente me realiza más tener hijos (y padres, y abuelos, y primos, incluso) que escribir artículos para Internet. Nos han hecho basar nuestra identidad, nuestro valor social, en lo que producimos más que en lo que somos. Y creo que en el caso de las mujeres es especialmente notable. Así que a veces tengo la sensación de que, en algunos aspectos, lo que hemos hecho ha sido reclamar nuestro trocito de infierno. Sustituir unos imperativos por otros, unos yugos por otros.

Nos han hecho creer (nos hemos creído, porque para que te den gato por liebre tienes antes que querer comprarlo) que postergar o renunciar a una carrera profesional por tener hijos y poder cuidarlos estaba mal, pero que renunciar a tener hijos y poder cuidarlos por una carrera profesional es ser una mujer independiente y acorde a su tiempo. Así que la pregunta que yo me hago a veces, como cuando me imagino llevando a mis hijos con cuatro meses a una guardería para que unos desconocidos lo cuiden durante ocho horas porque no me queda otra es: ¿independencia de quién? Del capitalismo y del patrón, sospecho que cada vez menos. Así que me cuesta ver algunos aspectos con alegría, como un logro.

¿Cómo explicarías lo que simboliza la palabra “feria” en tu libro?

Escogí este título, “Feria”, para el libro, porque realmente habla un poco del fin de la excepcionalidad, del momento previo a la globalización absoluta, de cuando se le veían las patitas solo. Hubo un momento en mi infancia en el cual la feria dejó de tener sentido porque el mundo mismo se convirtió en una feria, en un jolgorio constante en el que consumir de todo y al instante estaba a la orden del día. Eso lo analicé después, claro. Cuando era niña solo sabía que mis abuelos, feriantes, no hablaban más que de trampas, que es como se referían ellos a las deudas, y de que cada vez les iba peor.

¿Por qué te fuiste de Madrid para volver, si no me equivoco, al mundo rural?

No vivo en el mundo rural, vivo en Ávila, que es una ciudad bastante más grande que el pueblo en el que crecí yo, que tenía en los 2.000 poco más de mil habitantes. Además, estoy segura de que nadie se referiría a ese pueblo, a Ontígola, como “el rural”, porque en el imaginario colectivo está fijado como algo precioso, verde, con vacas y un río cerca, y Ontígola no tiene nada de eso.

Me fui de Madrid porque desde hace un tiempo no me gustaba ya estar allí. Y porque no me imaginaba teniendo una familia allí, no me gustaban las lógicas a las que me empujaba la ciudad, el entorno en el que me tocaba estar, el ritmo al que me abocaba. Quería volver a un sitio más parecido al entorno en el que me crié, a ese del que escapé hace no mucho rumbo a Madrid pensando que todos los que se quedaban eran unos paletos. Ahora siento que la paleta fui yo acusándolos de paletos a ellos.

¿A qué mujeres escritoras admiras?

A Sylvia Plath, de quien rescato varias citas en “Feria”, incluida una que ha causado mucho escándalo: “toda mujer ama a un fascista”. A Santa Teresa de Jesús sin necesidad de hacer bromitas ni relecturas en clave contemporánea más allá de la teología sobre sus éxtasis. A Concha Espina, precursora de la novela social en España y una mujer con una vida digna de película pero que sospecho no interesa mucho por su carné de afiliada a la Sección Femenina de Falange.