La escritora Almudena Grandes. | Iván Giménez

Almudena Grandes: "Mis lectores me hacen libre"

La escritora madrileña acaba de presentar su nueva novela, 'La madre de Frankestein' (Tusquets). Hablamos con ella por el Día Internacional del Libro.

Ester Aguado|Woman.es

Cariñosa, accesible, personal, actual, combativa... Almudena es una interlocutora impagable en cualquier conversación o tertulia. Fue tan amable de atendernos a golpe de teléfono desde su casa, donde está a un paso de cumplir los 60... aunque a ella sólo le importa recibir noticias diarias de sus tres hijos y escribir un libro más... a poder ser memorable.

Llevas más de 30 años escribiendo... ¿qué te mueve a seguir haciéndolo, es por una necesidad propia o de servicio público?

Yo escribo por una necesidad imperiosa e incontrolable. Hay un momento en el que se me dispara la cabeza y necesito sentarme a ver si puedo contar la historia que me bulle por dentro. Es un mecanismo que, hasta cierto punto, confieso que no controlo. Es como el hambre o la sed. Cuando tienes sed y bebes, resulta un placer; cuando no puedes, es un sufrimiento. Pero lo que define a la sed no es placer ni sufrimiento, es necesidad. Con la escritura pasa algo parecido.

¿Tú obtienes más placer al leer o al escribir?

¡Uf! Son cosas distintas. En términos absolutos, leer me gusta más porque es un placer sin contrapartidas. Escribir es un placer con contrapartidas. Me encanta escribir, pero cuando lo hago, siempre tengo problemas y tengo que ir venciéndolos. Cuando lees, los problemas ya los ha pasado otro (risas). Pero, aunque me gusta más leer, escribir es una experiencia más intensa.

¿Qué actividad de tu vida pública disfrutas más: los libros, las columnas, las tertulias...?

Escribir libros. Incomparablemente. Y ficción. Las columnas y los artículos del periódico no me llenan tanto ni remotamente. Y he llegado a la conclusión de que me gusta más escribir novelas que cuentos porque me duran más tiempo: la alegría, la intensidad, la sensación de estar atada a una historia, el sentir que los personajes te poseen... esa vida que a mí me gustaba tanto y ahora parece una barbaridad decirlo de 'estar en casa y no salir', de cocerse en tu propia historia y tener la cabeza tan llena de cosas que no puedes ni salir a la calle, porque no puedes compartirte con nada, salvo con la historia que llevas dentro. Espero que, cuando volvamos a la normalidad, lo vuelva a sentir.

Y esa sensación sólo te la da escribir novelas de ficción...

Cuando no tengo ninguna novela en marcha, llego a disfrutar las columnas del periódico y los artículos de El Semanal -sobre todo éstos que son más flexibles, más largos y no estoy tan limitada a las opiniones políticas- mucho más, se convierten casi en un festín. Si no, es un engorro porque me sacan de donde estoy. Son como una maldición, una especie de obligación espantosa. La novela es un viaje mucho más largo.

La investigación de los personajes, los datos históricos, ¿no se pueden convertir en una losa?

No. Yo tengo un sistema propio, que justifica mucho cómo son mis libros. Yo empiezo a escribir la historia mucho antes de comenzar el texto, lo hago a mano en un cuaderno. Ahí me cuento el argumento a mí misma para ver si me seduzco, si soy capaz de entretenerme. Luego trabajo los personajes por separado y procuro contar la historia entera de los mismos, aunque luego no vaya a utilizarla. Después hago cronologías, porque como mis novelas normalmente tienen varios ejes, tienen que encajar la vida de los personajes entre sí... porque en cuanto me descuido, alguien tiene un hijo con 11 años (risas). Y luego me dedico a la parte más importante de la novela: la estructura. Aunque los críticos no le dan mucha importancia, la estructura es como una casa: una fea pero bien construida tiene arreglo siempre -puedes levantar un piso, hacer más grandes las ventanas...-; una casa muy bonita que no se sostiene, se cae. Entonces, cuando tengo una lista de capítulos con los que voy a contar en cada uno de ellos, me pongo a escribir. Es un camino trabajoso, pero lo disfruto.

En el cuaderno entonces tienes ya resuelto el qué de la novela...

Sí, pero la literatura tiene que ver con el cómo, no con el qué. El cuaderno me ahorra muchas crisis y muchas dudas, pero no me dice cómo tengo que contar... eso es una aventura. Tardo mucho, pero ése es mi sistema. En escribir 'Los pacientes del doctor García' tardé 4 años porque era una novela muy complicada y, sin embargo, esta última novela, 'La madre de Frankestein', la escribí en un año y medio. 

La 5º entrega de la saga 'Episodios de una guerra', de Almudena Grandes. | Tusquets Editores

¿Y esa diferencia?

'La madre de Frankestein' se benefició de un trabajo anterior. La historia de la asesina Aurora Rodríguez Carballeira, a la que llevo 30 años dándole vueltas, ya la trabajé justo después de escribir 'El corazón helado' y comencé a escribir una obra de teatro. Parte de esta historia la trabajé en aquel momento: a Aurora y a Germán ya los conocía, había una parte del desenlace de la novela que ya estaba anticipada en aquella obra... pero eso, claro, no me pasa siempre. 'El corazón helado' (2007) tardé 5 años en escribirla y 'El lector de Julio Verne' (2012) sólo 9 meses. En esta última había un único narrador, que era un niño y en el momento en que dí con la tecla y me apoderé de él, pude con todo.

¿Te molestan otras historias cuando estás de lleno con una?

¿Quieres decir que si se me ocurren otras que nada tienen que ver con el libro que escribo? Sí se me ocurren, sí. Es inevitable, pero no les hago caso (risas). De hecho, yo estoy haciendo ahora una serie de seis novelas (Episodios de una guerra) y desde que comencé la primera, en 2008, de vez en cuando me voy por las ramas y pienso en las demás. Y tengo un proyecto muy vago de escribir un libro cuando acabe la serie y pienso en él de vez en cuando. Es inevitable. No me perturba, les dedico cierta atención y algunas veces las aprovecho para escribir artículos de El Semanal.

Y ahora que están de moda las series, ¿ves alguna de tus historias en la pequeña pantalla?

No puedo hablar de eso pero, después de un periodo en el que parecía que no se movía nada, ahora se está moviendo todo. Ya sabes que las cosas son así: o estás en cero o estás en cien, no puedes estar en treinta y tres (risas). Ahora hay un par de proyectos en diverso estado de progreso. Y eso me produce un sentimiento ambivalente, porque por un lado, una serie de televisión hace que una novela se conozca mucho más y eso es bueno -a los escritores, la posibilidad de ganar lectores siempre nos hace ilusión-. Pero luego está la gran incertidumbre de si yo me voy a reconocer en el producto audiovisual. Procuro no darle mucha importancia a mi propia opinión, porque el autor es el menos objetivo. A mí me han hecho muchas películas (Las edades de Lulú, Malena es un nombre de tango, Los aires difíciles... siete en total) y estoy acostumbrada a que lo que a mí no me gusta, a la gente le chifla (risas). No podemos ser tan posesivos.

A priori, ¿no le dices a nadie que quiera trabajar sobre una novela tuya que no?

No, porque es feo. Es algo de agradecer que alguien se interese por una obra tuya y procure alargar su vida... así que ahí estoy, dándole vueltas.

¿Eres libre? Ahora que nos hemos parado por fin y nos damos cuenta de que somos esclavos de tantas cosas...

Yo me siento una privilegiada porque tengo la suerte de que mis lectores me mantengan. Y sé que ellos tienen muy mala fama, por aquello del éxito populista de los libros y en la industria editorial se les respeta muy poco. Desde mi punto de vista, mis lectores son mi libertad. Yo escribo lo que me da la gana, porque mis lectores me sostienen. Si ellos me abandonaran, no podría escribir los libros que creo que tengo que escribir, tendría que ponerme a escribir los libros que otros creen que tengo que escribir. Son mis lectores y mis lectoras los que me hacen libre. A parte de eso, tengo mis esclavitudes, como todo el mundo: sentimentales, emocionales. Por ejemplo, en este confinamiento, echo mucho de menos a mucha gente, a pesar de estar acostumbrada a estar sola. Estamos Luis y yo -su marido, el poeta Luís García Montero- y, como somos muy trabajadores, tenemos un despacho cada uno y no nos molestamos, pero me angustia no ver a mis tres hijos (aunque la pequeña nos llama por videoconferencia todos los días). Aunque eso no lo percibo como una falta de libertad... sí como una limitación.

¿Los jóvenes de ahora son más libres que nosotros?

Bueno, primero habría que definir joven, porque ahora lo son hasta los 45 años (risas). Yo, sinceramente, creo que mis hijos no son más libres de lo que lo he sido yo, al revés. Tengo la sensación de que la gente de mi edad -yo nací en los 60 y viví La Movida en primera persona- era más libre; ellos son más conservadores, más razonables y sentados, pero menos audaces. Mi generación fue muy temeraria, estábamos muy locos... pero ellos tardan más en hacerse adultos. Yo, a los 25 años, ya trabajaba (mal), ganaba dinero (muy poco), me había ido de casa, me había casado, vivía en un piso amueblado con cuatro muebles de El Rastro y no me faltaba nada. Ahora los jóvenes tienen más apego a las cosas y un proyecto de vida mucho más ambicioso, pero por eso es más irrealizable. Y esa ambición acaba paralizándoles.

En esta época del #meToo, me ha llamado la atención lo que cuentas en tu libro, que hasta hace nada los hombres podían inhabilitar a sus mujeres tachándolas de locas para quitárselas de en medio y poder vivir su vida cuando se cansaban de ellas...

Claro, no ha pasado tanto tiempo. A mí me gustaría pensar que el feminismo es imparable, que la situación es irreversible. Sin embargo, la crisis que estamos viviendo me está asombrando tanto... tendremos que salir del virus y ver qué pasa y cómo volvemos. El feminismo fue la única revolución social del siglo XX que triunfó y que en este siglo ha seguido mejorando la vida de la gente. Pero siempre, cuando estamos a punto de dar un salto grande hacia la igualdad, cuando parece que llegamos y la tocamos con los dedos, pasa algo y nos mueven la escalera. Vamos a ver cómo evoluciona el mundo, porque igual nos toca defender salvajemente lo que merecemos: tenemos muy poco en comparación con lo que tendríamos que haber conseguido.

¿Sigues creyendo en la política, con las decepciones tan grandes que nos estamos llevando?

¿Ves por qué te digo que no hay que extraer conclusiones definitivas sobre que hemos llegado al final del camino? Yo sigo creyendo en la política y la defiendo por una razón: históricamente, sin ninguna duda, cuando no hay política, hay cosas peores. A mí lo que me da miedo es que esta especie de desafección generalizada, este descrédito hacia la clase política y esta sensación de decepción haga posible que mucha gente piense que hay que dar la bienvenida a cualquier propuesta radicalmente nueva. Que la democracia no se valore, que se piense que no es la solución y, a partir de ahí, podemos volver a la barbarie en dos patadas. Por eso la defiendo.

De todas las batallas que se nos plantean, como el feminismo, la inmigración, la ecología, la violencia de género, ¿cuál es la que más te toca?

El feminismo y la crisis de la inmigración... pero todo está muy relacionado entre sí. Porque la inmigración tiene que ver con la injusticia y cómo Occidente se ha enriquecido y ha esquilmado las materias primas de África, sin ayudarles, sin invertir en origen... llevamos así 25 años. Y la situación de la mujer en el mundo está muy ligada a la pobreza, a la esclavitud, a la explotación... y la ecología tiene mucho que ver con eso, porque los seres humanos formamos parte de este planeta y en los últimos años ha habido muchas contradicciones, como que salvamos los sauces de un parque público, pero las fotos las hacemos con los teléfonos que causan miles de muertos cada semana en la República Centroafricana... Me identifico con todas las causas que denuncian que hemos construido una civilización injusta, arbitraria, cruel y odiosa.

¿Te queda algo por demostrar? Ya sé que pasas del sillón en la Academia...

No, no, no. Mi ambición es exclusivamente literaria. Sólo quiero escribir un libro memorable... y, si ya lo he hecho, escribir al menos un libro memorable más. Eso es lo único que me importa, y nada más.