Instagram | @raquel_carmona

¿Integral o no integral? Esa es la cuestión

Los cereales son imprescindibles en una dieta sana y variada. Si son integrales, mejor que mejor. Lo difícil es encontrarlos. Por eso, el Ministerio de Agricultura prepara una ley más estricta para que no nos den gato por liebre (o refinado por integral).

Woman.es

Poco a poco va calando el mensaje y cada día tenemos más claro que es más saludable sustituir los productos elaborados a partir de harinas blancas refinadas por aquellos con harinas integrales. ¿Por qué? Porque esa es la única manera de beneficiarnos de todo su potencial nutritivo. Un grano de cualquier cereal (trigo, centeno, espelta, avena…) tiene tres partes: el salvado, que es la cáscara que lo recubre y que es rico en fibra, minerales y vitaminas; el germen, que es embrión del grano y que se caracteriza por su alto contenido en ácidos grasos esenciales y en vitaminas B y E; y el endospermo, que es la parte entre la cáscara y el germen, compuesto en su mayor parte por almidón y la que se utiliza para elaborar las harinas blancas.

Instagram | @deliciousmartha

Encontrar panes, pastas, galletitas y cereales de desayuno elaborados con el grano completo no es tarea fácil. Una ley demasiado laxa al respecto permite a los fabricantes etiquetar como tal cualquier producto que esté elaborado con harinas integrales, pero no especifica en qué proporción. Y así permite que se vendan como integrales productos que solo contienen una cantidad “simbólica” de granos completos. Sin embargo esa laguna en la ley por la que se cuelan los productores para vendernos gato por liebre, tiene los días contados porque el Ministerio de Agricultura está trabajando en una nueva ley que solo permitirá etiquetar como integral el pan que verdaderamente lo sea. Es decir, aquel en cuya composición haya al menos un 75% de harina integral. Mientras tanto, conviene leer con detenimiento la etiqueta y tener a algunas cosas claras para saber si lo que consumimos es integral de verdad.

*No te fíes de los reclamos del paquete. A las marcas les encanta poner bien grande sus eslóganes saludables (10 cereales, rico en fibra, integral…), sin embargo, lo único que importa es lo que ponga en la etiqueta: para que sea integral, lo primero que tiene que aparecer en su composición es la harina integral.

* Si simplemente pone harina, harina blanca o harina refinada, no es integral. No, ni siquiera aunque le añadan salvado, fibra o semillas. Es posible encontrarse un pan hecho con un 100% de harina refinada y que en el envase ponga “integral” solo porque han añadido un ínfimo porcentaje de harina integral, o le han añadido salvado.

Instagram | @lauraponts

*Tampoco te dejes llevar por el color. Que sea más oscurito no significa que el pan o la pasta sean integrales. Los fabricantes han podido oscurecerlo añadiendo las motitas del salvado, mezclándolo con alguna harina más oscura, como la de centeno, aunque sea refinada o, directamente, “teñirlo” a base de melazas o caramelo para que tenga ese tono que hace que nos parezca más saludable cuando es justamente lo contrario.

*Los panes, magdalenas o galletas multicereales, es decir, los que contienen semillas o frutos secos, puede que sean nutricionalmente interesantes, pero la presencia de estas semillas no hace que sean integrales.

*En la pasta lo que hay que buscar es que en los ingredientes figure, en primer lugar, la sémola de trigo integral.

*Y en la panadería del barrio, cuando la barra o la hogaza viene sin etiqueta, no hay más remedio que preguntarle al panadero y, a falta de un paladar entrenado, confiar en su palabra.