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Cuando Miley Cyrus perdonó (o no) a Hannah Montana

La cantante abandona el 'twerking' y las drogas en su nuevo disco y la abuela que llevamos dentro se debate entre el alivio y la desconfianza. 

Ana Cortizo | Woman.es

Después de sus desnudos en bolas de demolición, sus numeritos sexuales con dedos de gomaespuma y su afición por las barras, tanto verticales como horizontales, pensábamos que Miley Cyrus ya no podía sorprendernos. Pero la pasada primavera, lo confesamos, nos dejó de piedra una vez más cuando empezó a aparecer en público con blusitas holgadas y cambió su corte de pelo 'pixie' por una melenita a la antigua usanza. Hasta volvió a lucir el anillo de compromiso que augura boda con Liam Hemsworth, ese buen chaval al que conoció en un ñoñísimo rodaje cuando Miley todavía asistía a la escuela de buenos modales de Disney.

Y el cambio no fue solo estético: Miley se quejó de que su imagen estaba excesivamente sexualizada (claro, porque cuando haces del 'twerking' un modo de vida esperas que te aprecien por tu cerebro) y declaró que ya no le gustaba el hip hop porque sus letras eran demasiado misóginas. Y, aunque también aseguraba que había dejado las drogas, ante tal despliegue nos preguntábamos qué se estaría metiendo ahora y si era posible que invitara. 

El remate de semejante extravagancia es su nuevo disco, 'Younger Now' (Sony), que sale hoy a la venta y en el que Miley desempolva las botas de 'cowboy' y se lanza a degüello a por el sonido Nashville. Porque de Cyrus nos esperábamos cualquier cosa excepto que volviera al 'country', el estilo que la hizo famosa en su infancia, cuando era conocida en todo el mundo como Hannah Montana. El homenaje, además, es muy deliberado: Miley ha utilizado fotos de su niñez para la promoción de 'Younger now' y se declara “orgullosa de todas las Miley que ha sido”. Y, la verdad, por mucho que se tome este retorno a las raíces con saludables dosis de humor (su hermana pequeña, Noah, la presentó en los premios Billboard con un: “Por primera vez en años con los pantalones puestos: ¡Mi hermana Miley!”), la cosa no deja de tener inquietantes ribetes de necrofilia. 

 

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No nos entendáis mal: nos alegramos por Miley, que ha ganado un par de kilos que le hacían mucha falta y aparece en su Instagram comiendo fruta y aconsejando a sus 'followers' usar protección solar. Pero hay algo vagamente sospechoso en un cambio tan radical, hasta tal punto que sentimos alivio cuando la vemos hacer algo normal según los estándares Cyrus, como posar desnuda para David LaChapelle con unos cristalitos de Swarovski estratégicamente colocados, o cantar en los MTV VMA vestida de Dolly Parton y acompañada por un cuerpo de bailarinas geriátricas. Al fin y al cabo, estamos hablando de la mujer que compuso una canción a su perro muerto puesta hasta el sombrero de alucinógenos, que se sintió orgullosa de ser negra en 'Bangerz' y que nos mostró todos los colores de su rebeldía en cada actuación en vivo. 

Así que nos preguntamos: ¿qué está tramando Miley Cyrus? Es posible que, simplemente, esté madurando. Puede ser que esté sufriendo la crisis de los 25 años, esa que, suponemos, te llega cuando te pasas la adolescencia encarnando a un personaje prefabricado, se te hinchan las narices y te lanzas al lado salvaje para hacer saltar por los aires esa imagen de ti misma. Tal vez se trate de una estrategia de marketing para atraer a todos los fans que huyeron aterrados cuando de Hannah Montana eclosionó, cual alien galáctico, la corrosiva Miley. Y no descartamos que sea una gran 'performance' y que, en su próxima actuación, se arranque de pronto la ropa y nos suelte un: “¡Habéis picado!”. 

Claro que estas alturas, Miley Cyrus puede hacer lo que quiera y la abuela que llevamos dentro solo dirá: “Ay, pobre criatura”. Y es que los juguetes rotos de Disney no vendrán con pilas incluidas, pero sí traen de serie la capacidad de despertarnos compasión durante toda una vida.