Michelle Williams, alma sensible

Icono del cine independiente americano y musa de Louis Vuitton, ganó un Globo de Oro por su interpretación de Marilyn. En la actualidad, estamos a la espera del estreno de “Suite française”, basada en la novela de Irène Némirovsky. Nos reunimos con la actriz en Miami, donde nos ha emocionado su fragilidad. Ha pasado un ángel.

Chloé Lacourt | Woman.es

La descubrimos en la serie “Dawson crece”, cuando no era más que una adolescente. Pero el éxito se hizo esperar, y la felicidad tardó en llegar. Una sonrisa sin alegría provoca comentarios sobre su infancia en Montana y después en San Diego. Muy pronto pasa a ser una de esas chicas que se presentan a castings como quien va a una fábrica.

Tras emanciparse a los quince años de edad, Michelle Williams se muda sola a Los Ángeles y vive una etapa llena de riesgos. Sus heridas abiertas la llevarán a alimentar papeles a menudo trágicos: de la chica marginal (“Wendy and Lucy”) a la esposa perturbada (“Brokeback Mountain”), pasando por una esquizofrénica (“Shutter Island”), una esposa que padece desamor (“Blue Valentine”) o una estrella desgarrada (“Mi semana con Marilyn”), que le valdrá un Globo de Oro a la mejor actriz en 2011.

A los 34 años, encarna a la perfecta mujer hecha a sí misma, tres veces candidata a los Oscar y compañera de actores de prestigio como Philip Seymour Hoffman, Leonardo DiCaprio y Ryan Gosling, entre otros. Sin olvidar a Heath Ledger, padre de su hija, Matilda, desaparecido en 2008.

Con el tiempo, Michelle Williams se ha revelado como una persona sólida como una roca que se reconforta con la espiritualidad. Su estilo ligeramente vintage y su particular belleza, una mezcla de sensualidad y de pureza virtuosa, sedujeron a la casa Vuitton, que la convirtió en musa de su colección de bolsos (en 2013) y que la invitó a Miami con ocasión de la Feria de arte contemporáneo Art Basel.
Además, es musa del cine independiente. El próximo 18 de marzo se estrena su nueva película, “Suite française”, basada en la novela de Irène Némirovsky, en la que aborda su papel con una portentosa mezcla de fuerza y vulnerabilidad. Porque en eso radica su secreto: Michelle Williams asume sus sufrimientos.

Acabas de triunfar en Broadway con “Cabaret”. ¿Supone un desafío abordar ahora la comedia musical?

Sí, y me he enganchado totalmente al género. El canto y la danza dictan el ritmo, el tono, la dirección de la narración y la forma de colocar las emociones. No reflexionas, sino que sales de tu conciencia y te dejas llevar... Y cuando fallas un paso o desafinas alguna nota, te das cuenta de inmediato. Sabía que, tanto si lo conseguía como si no, acabaría siendo mejor actriz.

¿Eres más feliz sobre el escenario o ante una cámara?

En el escenario me siento viva, porque en él entro en un espacio-tiempo mágico. También es extraño, porque si los espectadores guardan silencio, tienes la sensación de haberlos perdido. Y al final, cuando se ponen en pie para aplaudir es como si volvieras a la Tierra. Son momentos de intensa felicidad.

¿Te convertiste en actriz por esos momentos?

No. Lo hice porque no quería ser yo misma. No tenía ni la menor idea de quién era, pero no me apetecía descubrirlo. E interpretar personajes era una buena forma de evitar enfrentarme a mí misma. Rodando películas independientes empecé a aceptar que, para mí, ser actriz era algo más que una excelente escapatoria.

¿No te gustabas?

¿Cómo iba a gustarme si no sabía quién era? Cuando dejé a mi familia para irme a vivir sola a Los Ángeles aprendí a adoptar un aire más maduro que el que era real para mi edad. Pero era como un pececito arrastrado por la marea que intentaba mantenerse a flote. Tuve la suerte de salir de aquello íntegra y con buena salud.

¿Conseguiste reconciliarte contigo misma?

Dediqué tiempo a encontrar mi lugar y a pegar los trocitos rotos. Cuando me instalé en Nueva York, en un universo más artístico, gané confianza en mí misma, aprendí a valorar mejor mi trabajo y descubrí mi identidad. Entrar en la treintena me permitió sentirme mejor en mi propia piel.

¿Con la edad, has variado tu enfoque de la feminidad?

Interpretar a Marilyn Monroe (en “Mi semana con Marilyn”) me aportó una nueva perspectiva de lo que significa ser sexy, pero solo para el papel. No creo que eso haya cambiado algo en mí. En realidad, no me considero una mujer especialmente guapa ni jamás me planteo preguntas sobre mi propia feminidad.

¿Con qué estado de ánimo sigues adelante?

Durante años pasé el tiempo invocando a los dioses: «¡Ojalá que consiga el papel! ¡Ojalá que les guste! ¡Ojalá que funcione!» Cuando fracasaba, volvía a casa abatida, repasaba la película en mi cabeza y me torturaba. Después, dejé de hacerlo y empecé a divertirme. Ahora intento sorprenderme, ir hacia lo desconocido, abrir nuevas puertas.

Te has convertido en una musa del cine independiente. ¿Te arrepientes de haber quedado alejada de Hollywood?

Nunca habría podido convertirme en una actriz de películas hollywoodienses, porque no estoy hecha para eso. Así he ganado más de lo que he perdido, porque empecé desde abajo, donde me quedé durante mucho tiempo, con pequeños papeles en series de televisión, anuncios de detergente... Así que no he hecho ningún sacrificio. Siempre me han ofrecido más de lo que podía soñar o esperar. Tuve la suerte de trazar un recorrido hacia arriba que me sacó de la desesperanza. Tengo la sensación de vivir con respeto y dignidad.

¿Siempre eres así de sincera?

La desconfianza y la mentira no me salen de forma espontánea. Me cuesta guardar mis confidencias más íntimas, porque estoy en busca de mí misma. Y para llegar a la verdad sobre quién soy necesito liberar mis pensamientos verbalizándolos. Por eso, las conversaciones me estimulan y las preguntas me empujan a interrogarme.

¿Te has arrepentido en alguna ocasión de haber hecho una confidencia?

Sí. En el pasado sufrí por haberme abierto en exceso, confiando asuntos que eran preciados tesoros para mí, pero que en un principio parecían simples, incluso tontos. La implicación íntima que formaba parte de la experiencia había desaparecido, y al final no quedaba más que un comentario anodino o una observación comodín. Es bastante complicado decir cosas que sean representativas de quién eres sin acabar situándote en una posición de fragilidad.

¿El mundo del cine traza una división entre los ganadores y los perdedores?

Ningún artista piensa en esos términos de competición. A veces, nos encontramos en el centro de un juego que no tenemos ganas de jugar. Nos convertimos en el objeto de negociaciones y de relaciones de fuerza que nos sobrepasan. Pero yo he conseguido crearme una vida que me permite hacer lo que sé y que me aporta medios para poder cuidar a mi hija. Por eso, intento elevarme hasta el nivel más alto que puedo: por ella. Pienso en el día en el que verá mis películas y espero que se sienta orgullosa de mí.

¿Es violento el éxito?

Me ha hecho falta esperar mucho tiempo para que la gente me devuelva una imagen positiva de mi trabajo. Como pasé más tiempo sin que repararan en mí o sin que me apreciaran que en el extremo opuesto, siempre vuelvo espontáneamente a esas emociones. Y es en este estado de ánimo donde yo me reconozco. Por eso, lo que me está pasando desde hace seis o siete años es nuevo, y aún no he tenido tiempo suficiente para acostumbrarme a ello. Pero lo aprecio muchísimo. De este modo, consigo salvar numerosos abismos.

¿Dónde te ves dentro de veinte años?

Mi hija, Matilda, tendrá 29 años. Podría ser abuela. Me veo perfectamente en una granja o en un monasterio hinduista.

¿Dejarás de trabajar como actriz?

No lo sé... Hace años que me digo: «Bueno, ya está bien. He conseguido lo que quería, y más ya sería quizá demasiado.» Los dioses me han mimado, pero aprendo de mis errores. Sé que el camino no es siempre ascendente, y que puede haber caídas vertiginosas. Por eso, camino con pies de plomo. Estoy a la vez feliz de lo que tengo y vagamente inquieta por lo que podría perder... De hecho, no pienso en el futuro: vivo al día.