Charlie Watts, baterista de The Rolling Stones | @therollingstones / INSTAGRAM

Adiós a Charlie Watts, el 'rolling' más auténtico, discreto y atípico del rock

El músico ha fallecido a los 80 años tras una larga lucha contra el cáncer de garganta

Noelia Murillo

Nos lo han contado en infinidad de películas, documentales y biografías: ser un músico de rock es de todo menos serio. Es hedonismo, excesos, vicios, trabajo (mucho más del que muchos piensan), música, más música, groupies, más venidas que idas en el amor y un ego tan común como inabarcable. En definitiva, ¿quién no querría ser Robert Plant o Mick Jagger por un día?

Desde luego que Charlie Watts, el batería de The Rolling Stones, que ha fallecido este martes a los 80 años, no desearía ser el reflejo de esa mentira bajo ningún concepto. Relacionarle con esa vida típica de las estrellas de rock es tan injusto como hablar de su legado justo cuando ha dejado de ofrecer lo que tantos éxitos personales y profesionales le han conferido.

Porque Charlie Watts no era un ‘rolling’ más. Hizo de su discreción su mejor virtud, al contrario que Keith Richards y compañía. En su ámbito personal, no seguía los pasos de éstos. Ni se casó infinidad de veces, ni tuvo relaciones conocidas con mujeres a las que les doblaba la edad, todo lo contrario: toda su vida estuvo enamorado de una única mujer, su esposa, Shirley Ann Sheperd.

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Cierto es que de la vida de los famosos no siempre obtenemos las verdades absolutas. Muchas de sus experiencias son más leyendas que su público ha magnificado con el tiempo, pero lo cierto es que Charlie Watts no podría escribir unas páginas idénticas a las de Keith Richards en ‘Life’, su autobiografía. En ellas abunda lo grotesco, adiciones mediante, algo que no se asociaba en absoluto con la vida del baterista.

Charlie Watts, junto a su esposa y su hija en 1972 | GETTY

El músico conoció al amor de su vida a principios de la década de los 60 y se casaron en 1964, el mismo año en que la banda publicó su primer disco homónimo. Han estado juntos hasta ahora. El hecho de alcanzar los primeros puestos en las listas de éxitos y las ventas millonarias de sus álbumes no cambió en absoluto la visión del artista, que optó por la monogamia en un universo en el que esa palabra dejaba de existir conforme ganaba peso su fama.

Puede que en alguna ocasión extinguiera ese contrato de compromiso debido a las innumerables giras del grupo más longevo de la historia. Basta con echar un vistazo a la película ‘Almost Famous’ para percatarse de que la lejanía del hogar no beneficia al matrimonio, pero lo cierto es que nunca se supo que el baterista tuviera aventuras con otras mujeres. Lo que sí ha trascendido es que cuando le invitaron a la mansión Playboy, descartó asistir y pasó la noche en la sala de juegos.

Charlie Watts, Mick Jagger, Ron Wood y Keith Richards, en 2005 | GETTY

Esa discreción, muchas veces acompañada por la elegancia de su técnica (¡ni los sinuosos contoneos de Mick Jagger superan el modo en que Watts aporreaba la batería sin despeinarse!) solamente se transformó en una ocasión que a todos nos debe sonar. Hubo una vez en que el ‘rolling’ perdió los nervios y lo hizo precisamente con el cantante de ‘Paint It Black’.

Fue en Ámsterdam, en 1984, cuando un Mick Jagger con varias copas de más se refirió a él como “mi baterista”. Charlie Watts se duchó, se vistió con la tranquilidad que le caracterizaba y se acicaló antes de pegarle un puñetazo que le tumbó. “Yo no soy tu baterista, tú eres mi cantante”, espetó ante el asombro de sus compañeros.

El hecho de que su imagen se disocie de la iconografía excesiva del rock (también tuvo sus horas bajas, cuando era adicto a las metanfetaminas y las abandonó por su esposa y su única hija) lo ha convertido en un dios al que muchos atribuyen el mérito de haber mantenido unida a la banda. Se ha ido el hombre que fue capaz de poner en su sitio una vida que, pudiendo ser alocada, se convirtió en sensatez y formalidad.