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Descubre los nuevos usos del bótox (más allá de las arrugas)

De sobra es conocida su aplicación para alisar o prevenir arrugas de frente y ojos, pero la toxina botulínica también funciona para tratar acné, cicatrices, rosácea…

 

Cristina Martín Frutos | Woman.es

Nos ha costado mucho tiempo entender qué es realmente el bótox. El uso estético de la toxina botulínica se remonta al año 2002 (2004, en España), pero mucha gente sigue sin saber bien en qué consiste su aplicación. El rey de las infiltraciones -con permiso del ácido hialurónico- no se pone en los labios, como muchos creen. Tampoco tiene un efecto permanente: es reabsorbible y, por tanto, dura entre cuatro y seis meses. Y, atención, no siempre es el culpable de los cambios de expresión que tanto se le achacan, ya que los rellenos suelen llevarse la palma en estos casos.

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El fundamento de su uso, como explican en IML, “radica en que ejerce una acción química temporal sobre las uniones de músculos y nervios que ayuda a disimular arrugas dinámicas, elevar las cejas, tratar las cuerdas del cuello…”  Su eficacia en este sentido hace que el 48% de los procedimientos estéticos no quirúrgicos que se realizan en el mundo sean bótox, según la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica (ISAPS). Celebrities como Kim Kardashian, Linda Evangelista, Cindy Crawford o Kylie Jenner son algunas de sus fans confesas.

Su uso terapéutico -el que supone más de la mitad de sus pinchazos- tampoco es demasiado conocido. De hecho, antes de descubrirse, por casualidad, su efecto cosmético en 1987, empezó a emplearse en medicina a finales de los 70. Para tratar casos de estrabismo, vejiga hiperactiva, espasmos musculares o contracturas permanentes, hiperdrosis (exceso de sudor)… Ahora, incluso existe una línea reciente de investigación que estudia sus propiedades antidepresivas. Pero lo que nos interesa hoy son sus nuevos usos para la piel, que van más allá de combatir arrugas o patas de gallo.

Tratar la rosácea. Esta afección inflamatoria de la piel se manifiesta con un rubor transitorio o permanente. El bótox es capaz de modular los factores que la desencadenan: tanto sobre la alteración de las glándulas pilosebáceas como de los vasos sanguíneos. “Además, su efecto puede estar relacionado con su acción sobre los mastocitos, evitando que liberen agentes inflamatorios”, señalan desde IML. La concentración que se infiltra es suave y diluida para que se distribuya mejor por el rostro. (Desde 295 €/ sesión. Se recomiendan entre 1 y 4. En IML, Madrid)

Mejorar el acné. La toxina botulínica funciona muy bien para disminuir la producción de grasa cutánea en casos leves y moderados de acné adulto, como hemos visto en Kendall Jenner, Taylor Hill o Bella Thorne. “Actúa sobre la acetilcolina, que es el neurotransmisor implicado en la producción de sebo, reduciendo su actividad. Además, contribuye a prevenir los brotes de acné y estimula la síntesis de colágeno y elastina, con lo que atenúa las marcas y cicatrices que pudieran quedar”, explica la cirujana general y médico estético Virtudes Ruíz. Lo habitual es aplicarla con técnica de mesoterapia -pinchazos muy superficiales con una aguja finísima- y hacerlo con una disolución del principio activo en suero. (250 €/ sesión en Virtudestetica, Murcia)

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Efecto buena cara. “La infiltración superficial de bótox disminuye unas proteínas asociadas al envejecimiento de la piel, aumenta la formación de colágeno y reduce la formación de proteínas destructoras de esta molécula. De este modo, proporciona una mejora global de la elasticidad y tersura de la piel, que equivalen a un efecto buena cara que se va incrementando con el transcurso de los meses”, detalla la doctora Sofía Ruiz del Cueto. En su clínica denominan Botox Bel+ a esta forma más diluida de la toxina y aplicada de forma superficial. Cuando se aplica para un efecto buena cara suele bastar con una sesión cada 6 meses (desde 275 €, en Mira+Cueto, Madrid).

Disimular cicatrices y queloides. Este tipo de lesiones cutáneas también puede verse atenuadas gracias al bótox. ¿Por qué? “Por su triple acción sobre los fibroblastos, para que produzcan más colágeno y elastina; las glándulas sebáceas, inhibiendo la producción de grasa, que puede inflamar la cicatriz; y los vasos sanguíneos, esenciales para una buena cicatrización”, cuentan en IML. Lo habitual es combinar la infiltración con otras herramientas como láser infrarrojo fraccional no ablativo; láser Co2; infiltraciones de corticoides… (desde 205 €/sesión en IML). “También es común que se inyecte tras una cirugía para evitar la formación de cicatrices queloideas, conseguir rebajarlas y que queden más estéticas”, añade Virtudes Ruíz.