Colección La Mode de Maison Eduardo Sánchez. | ISAAC MORELL

Decidí dejar de teñirme y esto fue lo que pasó

Se puede convertir una horrible cana en una atractiva mecha rubia sin pasar por el proceso de oxidación.

 

Mamen Infante | Woman.es

La primera vez que escuché hablar de la coloración vegetal con barros, el tinte natural que ahora anda en boca de todos, estaba probando el enésimo producto calmante para el cuero cabelludo. En ese momento tenía 42 años, un 65% de canas y la nuca como un mapa de carreteras. Dividía mi tiempo entre dormir, trabajar y rascarme la cabeza. Este complejo de chimpancé se veía agravado, además, por una falsa caspa que caía sobre mi ropa negra y, como te imaginas, me traía por el camino de la amargura. Me dedicaba a probar champús calmantes, aceites y otros potingues que prometían paliar el problema, sin darme cuenta que donde estaba fastidiándolo todo era en el momento de teñirme. Claro, que yo eso todavía no lo sabía.

Para que entendáis la magnitud de mi drama, os adelanto que tengo canas desde los veinte años y, atendiendo a las fotos de cuando mi madre tenía un par de años más de los que cumpliré este mes de agosto, auguro sin miedo a equivocarme que mi melena será totalmente gris antes de llegar a los cincuenta. Con todo, siempre me he resistido como gato panza arriba a lucir las canas. Admito profundamente a esas reinas del estilo capaces de hacer del gris el epitoma de la elegancia, pero asumo mi verdadero ser: yo no soy esa persona. Por eso, una vez cada mes, por la velocidad a la que me crece el pelo, seguía con mis visitas periódicas a la peluquería donde ya me conocen; allí, el día que tocaba teñir, no sabían si ofrecerme una cataplasma refrescante o un tranquimacín. Nadie sabe lo que puede llegar a picar un tinte sobre un cuero cabelludo sensible si nunca ha experimentado esa sensación de querer llorar o, como alternativa, incrustarte el mango puntiagudo de un peine. En uno de esos momentos me hallaba, dilatando el coger cita para cubrir canas y recuperar mi perfecto balayage, cuando coincidí con la directora de comunión de L'Oréal Professionnel, que andaba buscando conejillos de Indias entre las periodistas adictas a la henna y otros barros colorantes. Me habló del bombazo que se avecinaba en las peluquerías y, con los pocos detalles que me dio, decidí que debía darle una oportunidad. Así fue que, sin ser yo nada de eso, me ofrecí a probar una coloración vegetal nueva en primicia. No soy de la religión de lo natural, sobre todo en temas cosméticos, pero tengo que decir que ese día dije definitivamente adiós al tinte convencional. 

Cuando hablo de tinte convencional me refiero a la coloración sintética y permanente que ofrece un resultado predecible, una duración larga y una alta cobertura de las canas. En ella son todo ventajas, sobre todo para aquellas que posean un cuero cabelludo que ni se inmuta, que es la gran mayoría. Ahora bien, al basar su acción colorante en un proceso químico de oxidación mediante agua oxigenada, colorantes y etanolamina o amoniaco, hay pieles que no lo aguantan. A mí, concretamente, me hacía trizas la cabeza. Pues bien, con los barros me cambió la vida. El día que me citaron para probar Botanēa, de L’Oréal Professionnel, tenía el color bastante gastado y canas a go-gó. Después de una hora en manos del peluquero de Michelle Obama y otra hora de espera para que subiera el color, salí de allí con un precioso tono marrón, el cuero cabelludo calmado y una melena como con mucho cuerpo e hidratada. Dos meses después, puedo prometer y prometo que no cambio esta coloración por la anterior. 

¿No sabes en qué consiste teñirse con barros? Se trata de aplicar una mascarilla hecha con plantas escogidas por sus propiedades tintóreas, de las cuales no existen muchas: Cassis, henna, indigo, algunas especias como el curry, semillas… Todo ello mezclado con agua caliente y, en ocasiones, algún aceite que haga de vehículo para que no se desparrame el emplasto y pueda aplicarse fácilmente (el barro no es precisamente una cosa que se extienda cómodamente). 

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