Una buena crema es muy necesaria. | ISTOCK

Por qué una buena crema no puede costar tres euros

Te contamos por qué vale la pena invertir en una buena crema. 

Mamen Ruiz Puertas| Woman.es

Cada tarro encierra años de investigación, incontables fórmulas, ingredientes valiosos o pruebas de alergia. Biólogos, químicos, dermatólogos, ingenieros y farmacéuticos dedican horas de trabajo para conseguir que ese cosmético sea efectivo y seguro para la piel. Y que se extienda bien, huela exquisito, hidrate sin dejar brillos... Te contamos lo que va de una firma acreditada a una marca blanca.

Nadie cuestiona el precio de un cotizado vino, ni cae en la disparatada comparación con otro envasado en tetrabrik. Sin embargo, con la cosmética no ocurre lo mismo. Tras la premisa simplista de que todas las cremas son iguales, hay quien considera que no es necesario gastarse mucho dinero en un producto para cuidar la piel. Igual que en el mundo del vino existen distintas calidades y categorías de caldos que determinan la diferencia de precios, en la industria de la cosmética, también: desde los productos de marcas blancas a los más exclusivos y lujosos que se venden en canales selectivos como las perfumerías. 

Aquí viene la pregunta del millón: Para la piel, ¿es lo mismo un cosmético de 3 € que otro de 100 €? Vamos a tratar de desvelar las razones por las que una crema vale lo que cuesta.

Inversiones millonarias en I+D

Antes de que salga al mercado un nuevo producto, las grandes firmas cosméticas no escatiman en recursos humanos ni económicos hasta conseguir formular esa crema con los ingredientes activos más efectivos y las tecnologías más innovadoras, además de garantizar la seguridad de ese producto. El año pasado, el Grupo L’Oréal, que aglutina a 32 marcas, es el que más invirtió en investigación y desarrollo, con 794 millones de euros. Este grupo, líder mundial de la belleza, dispone de un equipo de más de 3.800 científicos que trabajan en 23 centros de investigación, 17 centros de evaluación y 500 departamentos científicos y de validación. «Todo esto tiene un precio elevado. Pueden pasar años, trabajar sobre miles de moléculas y obtener o no resultados efectivos», explica Carmen Esteban, directora técnica de Stanpa (Asociación Nacional de Perfumería y Cosmética). En este mismo sentido, Patricia Pineau, directora de Comunicación Científica del Grupo L’Oréal, afirma que «en algunos activos hemos necesitado hasta ocho o 10 años de investigación y desarrollo. Eso cuesta mucho dinero». Esta opinión es compartida por Mouna Ghoul, portavoz científica del European Research Center de Shiseido. «Este coste tiene que reflejarse en el precio de la crema que se beneficia de la investigación más puntera.» La multinacional nipona destinó a este fin más de 100 millones de euros el año pasado. La cosmética low cost, en cambio, «no tiene una inversión significativa en investigación», asegura Inmaculada Jiménez, directora de Formación de Givenchy y Kenzo, del Grupo LVMH. «Los que creen que los cosméticos son caros, deberían tenerlo presente», concluye Manuel López Nuevo, director de Comunicación de Pierre Fabre Dermocosmética.

¡Pruebas superadas!

Cuando el producto está listo en el laboratorio se somete a innumerables tests y estudios clínicos, realizados por laboratorios y dermatólogos independientes, lo que supone una importante inversión. Se evalúa la seguridad de los ingredientes, la concentración utilizada, la tolerancia o inocuidad del producto y se realizan múltiples pruebas de eficacia con tecnología de última generación que mide los resultados al milímetro. «Se pueden llegar a realizar de 100 a 200 ensayos», afirma Patricia Pineau, del Grupo L’Oréal. Hacen tests con los métodos predictivos más modernos, como modelos matemáticos in silico (por ordenador) o in vitro (en los que la utilización de piel reconstruida desempeña un papel fundamental). También se hacen tests instrumentales con tecnologías como la resonancia magnética –para determinar cambios en la dermis y epidermis– o el análisis de imagen –para medir la eficacia antiarrugas–, así como tests cosmetoclínicos realizados por dermatólogos independientes. En Pierre Fabre desarrollan unas 150 fórmulas al año y realizan cerca de 900 estudios clínicos. «Esto implica una inversión constante y elevada para conseguir los mejores productos, según las reglamentaciones vigentes», asegura Manuel López. Este largo recorrido de investigación y las exhaustivas pruebas de eficacia y seguridad son aspectos que el lujo cuida al máximo. 

Ingredientes muy exclusivos

Los activos que se utilizan en cosmética de prestigio marcan las distancias
con las fórmulas de marca blanca. «Lo que más encarece un producto cosmético es la investigación necesaria para el desarrollo de la fórmula y, especialmente, el descubrimiento de nuevos activos», afirma Inmaculada Jiménez, del Grupo LVMH. Un ejemplo es la célebre esencia Miracle Broth, principal ingrediente de los productos de La Mer, que se obtiene por un complejo proceso de biofermentación de algas marinas. Ya hace 50 años que Max Huber, su creador, la consiguió después de 6.000 experimentos y doce años de investigación. Hoy, a pesar de que Huber falleció, el Grupo Estée Lauder, al que pertenece la firma, sigue elaborando esta preciada fórmula siguiendo las directrices marcadas por su descubridor. «Continuamos explorando ingredientes y tecnologías que puedan ofrecer al consumidor nuevas experiencias con beneficios específicos», afirma Loretta Miraglia, vicepresidenta global de La Mer. 

El equipo de investigadores de Chanel se dedicó durante una década a estudiar hasta 117 variedades de vainilla de todo el mundo hasta que localizaron en Madagascar la vainilla planifolia. Esta variedad contiene una enzima única, dotada de unas propiedades extraordinarias de regeneración. Se necesitan 60.000 frutos verdes y 14.000 flores frescas para obtener un kilo de planifolia enriquecida, el activo principal de la línea Sublimage. Además, «hicieron falta años de experiencia para encontrar el mejor modo de producción y los tiempos de cosecha más favorables para la extracción de sus moléculas activas», recuerda Armelle Souraud, directora de Comunicación Científica de Chanel. 

Avances científicos

Junto a las investigaciones que realizan los laboratorios de las grandes firmas cosméticas, hay que sumar las colaboraciones que desarrollan con la comunidad científica. Trabajan codo con codo con las instituciones académicas más prestigiosas del mundo y con los centros de investigación más avanzados, cuyas aportaciones, en ocasiones, trascienden el ámbito de la cosmética. El Grupo L’Oréal tiene abiertas unas 50 colaboraciones repartidas por los cinco continentes que incluyen nuevos campos de investigación, en química verde, biotecnología, microscopios no invasivos, la polución, el exposoma, el microbioma o la proteómica. Por su parte, Shiseido también colabora, entre otros prestigiosos centros de investigación, con el Cutaneous Biology Research Center del Massachusetts International Hospital. De hecho, Shiseido estudió durante más de 20 años el sistema inmunológico de la piel y la relación de esta con el estrés emocional, junto con el CBRC. Así fue como los investigadores de esta multinacional nipona descubrieron el Ultimune Complex, una solución para contrarrestar el efecto negativo del estrés emocional en la piel, presente en la fórmula del producto Ultimune. Por su parte, los laboratorios Pierre Fabre trabajan desde hace tiempo con la prestigiosa Universidad Pierre y Marie Curie de París. Estas colaboraciones científicas marcan la diferencia con los productos de marcas blancas.

Fórmulas top secret

«Que un producto tenga una patente significa que la compañía ha invertido sus recursos en investigación, innovación y tecnología para lograr un determinado ingrediente, que utiliza en exclusiva. Además, el registro de la patente, en sí, también tiene un costo apreciable, que puede oscilar entre los 700 € a nivel nacional y 35.000 € a escala europea», afirma Carmen Esteban desde Stanpa. 

Tan solo el Grupo L’Oréal ha desarrollado, a lo largo de su historia, más de 30.000 patentes, casi 500 el año pasado. «Una patente, lógicamente, encarece un producto pero, además, es la mejor protección para la innovación y, también, contra las falsificaciones», asegura Patricia Pineau. En esta línea, Inmaculada Jiménez del Grupo LVMH asegura que «un producto que incorpora una patente es el resultado de una investigación mucho más avanzada y puntera». Otro gigante de la cosmética, el Grupo Shiseido, en el que trabajan más de un millar de investigadores, posee más de 3.000 patentes. 

Etiquetas: lo que no dicen 

Los cosméticos están sujetos a la normativa europea que exige qué información debe estar impresa en la etiqueta del envase, para que el consumidor esté al tanto. En concreto, respecto a los ingredientes, simplemente debe figurar el nombre en orden de mayor a menor concentración y ya está. «En la cosmética más barata la cantidad de activos es muy escasa y se componen, básicamente, de agua y emulgentes, de manera que su producción es mucho más económica», afirma Inmaculada Jiménez, del grupo LVMH. Tampoco consta en la etiqueta el porcentaje de cada ingrediente que lleva la fórmula, ni su grado de pureza. «El hecho de que un producto lleve un ingrediente no es garantía ni de que esté en la concentración necesaria para ser efectivo, ni de que su grado de calidad y de pureza sea el mejor», afirma Carmen Esteban, de Stanpa. Quizá sea esta la razón en la que se escudan algunos cosméticos que en sus etiquetas figura que llevan caviar o perlas y se venden a cinco euros, mientras que otros incluyen extracto de caviar puro o de perla micronizada, obtenidos por tecnologías exclusivas y cuyo precio, lógicamente, es más elevado. 

También hay que aclarar que en los ingredientes con los que se formulan los cosméticos existen diferentes rangos de calidades y, por lo tanto, de precios, que obviamente repercuten en el coste final del producto. «Las cremas de lujo utilizan los más caros y las de marca blanca, lógicamente, los más baratos», sentencia la portavoz de Stanpa. Esto tampoco se exige que figure en la etiqueta y es determinante para fijar el precio y eficacia de un cosmético.

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