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Comercio textil justo

Fecha: 13/09/2007 Laura LUCEÑO

El comercio justo textil está en alza. En España, la ONG Diseño Para el Desarrollo se dedica por entero a salvaguardar los derechos laborales de las costureras del Tercer Mundo.

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En 2001, la diseñadora Alicia García San Gabino fue a Bombay para colaborar con la cooperativa Creative Handicraft, cuya labor es dar trabajo a mujeres indias de baja extracción social en talleres de confección. La formación académica de Alicia fue decisiva para que la pusieran en contacto de forma inmediata con Isabel Martín, la misionera española que fundó dicha sociedad. A esta religiosa se le ocurrió, hace más de veinte años, reunir a cinco mujeres y enseñarlas a coser para que después pudieran vender sus creaciones a ONG españolas. Sin embargo, justo el año en que Alicia visitó sus instalaciones, casi no habían recibido pedidos. La diseñadora, conociendo la situación, había cargado en su maleta una carpeta llena de ideas y un estudio de tendencias, colores y tejidos para 2002, por lo que les propuso crear una pequeña colección, muy sencilla, que renovara sus productos y las acercara con mayor realismo al mercado europeo. «Parecía que no les gustaban demasiado las ideas que les ofrecía, no entendían mi forma de combinar tonalidades pero, no sé exactamente por qué, decidieron confiar en mí», comenta satisfecha García.
Ante el aumento de ventas que se experimen- tó ese año, Creative Handicraft pidió a Alicia que volviera al siguiente. Ella sorprendió con más novedades: diseñó una colección completa, hizo fotos de las prendas para montar un catálogo y, lo más importante, quiso introducir la ropa en el circuito español de comercio justo. Para ello, trajo a nuestro país varias prendas de muestra con las que poder ir de tienda en tienda. En Bombay, además, no dejó ningún cabo suelto: referenció los hilos, los tejidos y los colores elegidos para que las costureras pudieran ejecutar perfectamente los pedidos. Y llegaron tantos, que la asociación creció un doscientos por cien.
Un paso adelante
Ante tal éxito, Alicia no podía ni quería detenerse, y por eso en 2003 creó su propia ONG sin ánimo de lucro, Diseño Para el Desarrollo, gracias a los fondos que le prestaron familiares y amigos. Su primer objetivo fue reclutar un «ejército de diseñadores-solidarios », que quisiera trasladarse a otros países durante un periodo de tiempo para formar profesionalmente a mujeres de todo el mundo, dándoles la oportunidad de tener un trabajo digno, una independencia económica y un respeto por parte de sus familiares.
Así, en la actualidad, mientras ella dirige la asociación, sus cómplices amplían horizontes: Brasil, Nepal, Chile, Guinea Bissau, Tailandia… y, próximamente, Camboya. Esta evolución ha permitido que, en la actualidad, mil familias vivan gracias a esta ONG. En muchos casos, Diseño Para el Desarrollo actúa también como asistente técnico de otros proyectos. Reciben casi a diario en su página web (www.disenoparaeldesarrollo. org) peticiones de otras ONG o de cooperativas en dificultades. Antes de aceptar un nuevo compromiso, siempre se hace un viaje de reconocimiento en el que se analizan los tintes, las hilaturas y la producción locales para detectar las debilidades y mejorarlas. Estudian también la cultura, los colores y los tejidos autóctonos para que cada colección respire el espíritu del lugar.
A día de hoy, otras instituciones colaboran con el proyecto, como la Universidad Politécnica de Madrid, que instala paneles solares en los talleres para abaratar costes; o los estudiantes de INEF, que proponen actividades relacionales para mejorar la autoestima de unas mujeres cuya condición femenina supone una inferioridad inapelable frente al hombre. Y es que toda ayuda es bienvenida: «Nos encantaría, por ejemplo, que los equipos de diseñadores estuvieran apoyados por maestros de escuela o personal de guardería. De este modo, las trabajadoras de las cooperativas podrían dejar a sus hijos con alguien y, de paso, a los niños se les daría clases de apoyo», comenta Alicia.
En primera persona
Quienes ya han vivido la experiencia de viajar a otros países para llevar a cabo este cometido, confirman que no solo es una etapa profesional muy enriquecedora, sino también una vivencia personal que no olvidarán. Pero eso sí: hay que aceptar unas normas. Al llegar a destino todos los cooperantes cambian su vestimenta occidental por la del lugar de origen, y adoptan algunas costumbres autóctonas como trabajar en el suelo o comer con las manos. Antes del viaje, la ONG se encarga de facilitar esa información para que los voluntarios estén preparados para afrontar las nuevas realidades con las que se van a encontrar. «Todos tenemos en mente referencias cinematográficas en cuanto se habla de las favelas de Brasil. De hecho, la gente de nuestro entorno no dejaba de recordarnos la peligrosidad del viaje. Al cabo de unos días nos dimos cuenta de nuestra ignorancia. En realidad, se trata de un país lleno de gente amable y hospitalaria», comentan Ana Montiaga e Idoia Fernández Forero, dos estudiantes de Diseño, del Centro Superior de Moda de Madrid, que trabajaron una temporada en las favelas de Salvador de Bahía. Para ellas, este viaje fue algo más que una aventura: «Las mujeres de Calafate acuden al taller no solo para trabajar, sino como una manera de evadirse de sus problemas domésticos. Ser testigos de sus progresos a lo largo del proyecto, contemplar cómo sus prendas son adquiridas por gente en todo el mundo, les abre una luz de esperanza, y no solo a nivel económico: también las hace sentirse útiles y necesarias.» Una opinión que comparte la diseñadora Belén Sansegundo, que estuvo en la organización Mahaguti de Nepal: «Vivir ese mes en Katmandú fue enriquecedor a todos los niveles. Pasé de ser estudiante a estar al frente de una colección. Con un poco de esfuerzo y creatividad, aprendimos a sacar el máximo partido a sus recursos. Es un país sorprendente: volvería sin pensármelo dos veces.» Paloma Ortega, que viajó a India el pasado verano, concluye: «Este viaje me sirvió para darme cuenta de lo que tengo, del privilegio que supone vivir donde vivo. Y también para conocer otro mundo donde, a pesar de la precariedad, la gente lucha por ser feliz.»

 

 

 

 

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