Yo soy voluntario. Solidaridad en el tiempo libre
Fecha: 12/06/2007Todos han tomado la misma decisión: ser solidarios en su tiempo libre. No se creen mejores personas que los demás pero reconocen que se necesita más gente que quiera ayudar al de al lado. ¿Quieres ser uno de ellos?
Paul Wilks
Enseña clases de inglés de informática a inmigrantes
A sus 21 años, Paul tiene las cosas claras: «Quiero vivir en un mundo donde haya gente que ayude a otra gente. Y si creo en eso, debo actuar en consecuencia.» Este joven inglés llegó a Madrid en septiembre del año pasado para continuar los estudios de Filología que comenzó en Cambridge. Fue allí, precisamente, donde hizo sus pinitos como voluntario: «Colaboraba en una línea telefónica a la que llamaban los universitarios para hablar de sus problemas.
Cambridge es un sitio bastante duro, donde cuesta hacer amigos y hay gente que se siente sola. Mi labor era escuchar activamente: no daba consejos –eso solo lo puede hacer un experto–, pero, a través de preguntas, contribuyes a que analicen la cuestión desde un punto de vista más objetivo. Me encantó participar en ese proyecto.»
Eso hizo que al llegar a España decidiera continuar por el mismo camino: «Me informé y llegué a la ong COSOP (Centro de Orientación Social y Promoción Personal), donde hice una entrevista para ver en qué podría ayudar. Creyeron que sería bueno enseñando inglés e informática a inmigrantes. Desde hace unos meses también colaboro con otra asociación dando clases a prostitutas. » Para Paul hay muchos motivos por los que hacerse voluntario: «Me permite relacionarme con gente muy diferente a la de mi entorno habitual, lo que me ha hecho eliminar etiquetas sociales con mucha rapidez.
También es muy satisfactorio ver cómo alguien aprende algo que no sabía y es gratificante pensar que quizás algún día le sirva para encontrar un trabajo.» Sin embargo, sabe que todavía son muchas las personas que no se animan a ejercer un voluntariado: «Lo más difícil es tomar la decisión. Esto es como lo de ir al gimnasio; quieres ir, pero al final te quedas viendo la tele.»
A pesar de su juventud, Paul tiene opinión para temas tan importantes como el auge de la xenofobia: «Creo que hay racismo en cada persona y en cada país. Es normal que todos tengamos miedo a lo desconocido y de lo que se trata, precisamente, es de combatir estos temores. La inmigración ha hecho que nos adentremos en un proceso de cambio, de adaptación, pero confío en que seremos capaces de superar nuestras diferencias.» Una visión de futuro en la que él quiere participar: «Ojalá encuentre un trabajo con el que pueda seguir ayudando a los demás.»
Ana Belén Cabanelas
Colabora con niños que tienen el VIH o familiares con VIH
Hace doce años vio un anuncio en televisión en el que se demandaban voluntarios para colaborar con niños. No tenía más datos pero, ni corta ni perezosa, apareció en Apoyo Positivo, una asociación dedicada por entero a las personas afectadas por el sida. Por entonces, había estudiado Educación Infantil, así que se decidió que tenía un perfil adecuado para ayudar a pequeños con el VIH o cuyos familiares sufrieran esta enfermedad. «Siempre me han interesado los temas relacionados con la salud, así que me informé más sobre la cuestión, ya que en aquella época todavía no había muchos datos. Nunca he sentido miedo, como sí lo tiene otra gente.
Una vez sabes cuáles son los medios de transmisión, no tienes por qué preocuparte. Son pacientes crónicos, con una determinada patología y ya está. ¿Que un chaval se cae? Pues le curas como a cualquier otro: te pones los guantes, le tratas las heridas y se las tapas. Si no te comes ni bebes al niño, no te contagias. Y no vas a hacerlo, ¿no?», comenta. Su función como voluntaria varía según las necesidades: «Al principio iba mucho al hospital a acompañar a los niños porque los ingresos eran más frecuentes, la medicina no estaba tan preparada para afrontar la situación.
Pero ahora, sobre todo, me dedico a programar actividades de ocio o, si los padres lo requieren, a acompañar a sus hijos en casa unas horas a la semana. También hay quien les ayuda en la escolarización pues, debido a sus recaídas, suelen ir más retrasados que sus compañeros.» Pero, tratándose de niños, ¿es fácil desvincularse emocionalmente de las circunstancias? «El corazón lo pasa mal, es inevitable, pero cuando decides hacer algo así, sabes a lo que te expones.
Durante los años que llevo en esta asociación no siempre he podido ayudar con la misma intensidad e incluso me he dado periodos de descanso. Cuando uno de los niños con los que tratas habitualmente muere, es difícil afrontarlo. Lo llegas a entender desde el punto de vista médico pero cuesta mucho aceptarlo desde la vertiente moral. Por eso, en alguna ocasión Apoyo Positivo ha facilitado a los voluntarios una terapia de duelo.»
A pesar de lo duro que pueda resultar, Ana Belén está convencida de que vale la pena. Lo recomendaría, pero no a todos: «Vivimos en una sociedad material donde la titulitis es muy importante. El voluntariado no te da puntos para ganar nada, para tener nada. Estar implicado en una acción social es algo que te hace pasar inadvertido y, además, se supone que el que se beneficia es otro. Tú también, pero de eso te enteras después.»
Almudena Ochoa
Organiza las aulas de cultura de la cárcel de Soto del Real (Madrid)
Es voluntaria en diferentes cárceles desde 2001, de la mano de la organización humanitaria Solidarios para el Desarrollo, pero, con anterioridad, durante cinco años había acompañado a mujeres mayores que estaban ingresadas en hospitales. No cree que se tenga que estar hecho de una pasta determinada para dedicarse a la acción social, pero sí es importante escoger la opción correcta: «La excusa más frecuente que oímos es la de la falta de tiempo.
Es mentira: para ayudar a los demás, basta con dedicarles dos o tres horas a la semana. Pero si decides hacerlo, debes saber dónde te metes y no dejar que te afecte. Hay que saber distanciarse de esas situaciones y no llevarte las cosas a casa.» Lo dice alguien que cada sábado por la mañana entra en una prisión a charlar con los mismos presos, con las mismas personas: «A algunos los conozco desde hace seis años, pero hay que tener siempre presente que, de lunes a viernes, ellos no forman parte de mi vida cotidiana, porque si no te llenas la cabeza de dudas.»
Dudas que se disipan teniendo muy claras las bases del vínculo: «Jamás hay que juzgarlos ni prejuzgarlos –recordemos que ya son gente condenada– y jamás hay que preguntarles qué delito cometieron.
Ellos, si quieren, te lo explicarán o quizás te enteres por otros, pero a ti debe darte igual, porque ese no es asunto tuyo. Nuestro cometido es darle cierta normalidad a su situación, tratarles de tú a tú y hacerles sentirse libres aunque sea por unas horas.» El Aula de Cultura les permite sentirse así.
Por un lado, hay gente de afuera que viene a verlos (el conferenciante y los voluntarios) y también es uno de los pocos momentos en los que pueden relacionarse con mujeres, las presas que vienen a las clases: «Las parejas que hay se han creado en otros talleres, en las aulas de la UNED... Nosotros lo sabemos y ellos también saben a qué venimos nosotros.
Hay un respeto mutuo, así que ellos participan en nuestras actividades culturales y nosotros encontramos lógico que se hagan alguna carantoña de vez en cuando.» Almudena opina que hay poca gente haciendo voluntariado en las cárceles «porque no vende, no es tan popular como otras cuestiones y, además, hay muchos que asocian la prisión a la marginación. Yo les diría que los presos están condenados, pero no apestados.
De hecho, te das cuenta de que sus vidas son más parecidas a la tuya de lo que puedas imaginar. En muchos casos se trata de personas que, en cuestión de segundos, tomaron una mala decisión que les truncó la vida. ¿Quién está libre de eso?».
Nieves Hermoso y Cesárea Orihuela
Se benefician del servicio de vivenda compartida entre estudiantes y personas mayores
Recientemente leíamos en los periódicos que España será, en 2050, el tercer país más viejo dentro de las comunidades desarrolladas. En esta fecha, un 35 por ciento de sus habitantes superará los 65 años, lo que significa que el panorama sociológico, médico y laboral cambiará significativamente, y que deberán tomarse medidas concretas para solucionar los nuevos problemas que afecten a las personas mayores.
Algunas asociaciones, como Solidarios para el Desarrollo, ya se han puesto las pilas. Actualmente, esta entidad gestiona en la Universidad Complutense de Madrid el programa de Servicio de Vivienda Compartida, mediante el cual ancianos y universitarios pueden convivir bajo un mismo techo.
Nieves, de 22 años, es una de las llamadas nietas adoptivas y su abuela provisional es Cesárea, de 78 años. Son el ejemplo de que la diferencia generacional no tiene por qué ser un impedimento para entenderse. Se miran de forma cómplice, se interrumpen al hablar, entre risas y bromas, se escuchan atentamente si lo que se dice es importante... «Cuando llegué a Madrid desde Valencia no conocía prácticamente a nadie.
Y, de repente, entras en esta casa, y tienes un hogar y una familia, porque tanto Cesárea como sus hijos me cuidan», comenta Nieves. Precisamente fue uno de ellos quien se enteró de que existía este programa y animó a su madre a compartir el piso: «Al morir mi marido no quise quedarme sola.
Estoy muy contenta con Nieves, tengo mucha confianza con ella y ya nos hemos acostumbrado la una a la otra», afirma Cesárea, para quien el cariño y la tranquilidad son las claves de su buena relación. Pero, ¿por qué una chica joven que se traslada a otra ciudad, no decide vivir con gente de su edad? «Hay muchas razones –nos cuenta Nieves–. A mí no me gusta salir de fiesta, así que me apetecía un tipo de vida más relajada. Por otro lado, es una oportunidad única para aprender de la experiencia de una persona mayor.
También mis padres están más contentos porque me ven más protegida en una ciudad tan grande. Y, finalmente, hay motivos económicos: aquí no pago alquiler, solo doy una cifra simbólica para los gastos.» Ahora bien, esta estudiante de tercero de Trabajo Social, no le aconseja esta vivencia a todo el mundo, «solo a aquellos que deseen comprometerse de verdad. Nadie te obliga a hacerlo si no quieres, así que hay que ser respetuoso con los horarios y la convivencia.»
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