Somaly Mam
Fecha: 14/12/2006La ganadora del Príncipe de Asturias a la Cooperación Internacional, en 1988, publica ahora un libro en el que relata su experiencia como niña prostituida y su lucha personal para evitar que haya más víctimas.
Tendemos a pensar que las heroínas han superado las dificultades y las afrontan sin remordimientos ni huellas. Somaly Mam, en cambio, dista mucho de haber olvidado su pasado. Por eso ha escrito un libro –”El silencio de la inocencia” (Ediciones Destino, 18,50 €)– en el que cuenta cómo su entorno permitió que, siendo una niña huérfana de una etnia camboyana despreciada, fuera violada y obligada a prostituirse. Nadie movió un dedo porque había muchas como ella. El tiempo, sin embargo, demostraría que no había tantas como Somaly. No sólo logró escapar del círculo de la prostitución forzada, sino que además fundó AFESIP (www. somalymam.org), una organización que combate la esclavitud sexual.
Es morena, con los ojos vivos y las manos inquietas. No conoce su edad exacta. Lo ha sido todo: hermosa y fea, exótica y vulgar, despreciada y premiada. Una mujer que parece haber vivido cuatro o cinco vidas: unas en el último escalón de la sociedad y otras, siendo todo un ejemplo para ella.
Hay muchos mitos en torno a la prostitución. Por ejemplo, que todas las muchachas son bellas y dulces, y que, de alguna manera, esa tradición se encuentra en su cultura.
En mi país una mujer de tez blanca y gordita es el ideal físico, pero yo soy flaca y morena y no me han faltado clientes. El problema real no reside en la belleza sino en que a las chicas prostituidas no se les permite ser inteligentes. Tampoco se quedan con el dinero. Lo producen, pero no lo ven.
Y cuanto más produzca una mujer, mejor.
La trata de niñas y mujeres se mueve por codicia y dinero. Clientes y chulos abusan de ellas, las matan, las torturan, y todo ocurre en un sistema corrupto que no garantiza la justicia. Pero con el tiempo la obtendremos. A las autoridades de mi país no les gusta que yo me mueva porque comienza a preocuparles que otros me escuchen.
¿Espera usted el apoyo de esos hombres?
¿De los hombres? ¡No! Y de las mujeres de mi país –y lo digo con dolor–, tampoco. Tendrían que cambiar la mentalidad, la educación… La esperanza está en Europa.
(Somaly siempre ha agradecido a las autoridades de nuestro país que le abrieran las puertas. «Nací por segunda vez en España», asegura) ¿En qué se les puede ayudar?
Este es un país rico y nosotros necesitamos dinero. Pero, sobre todo, hace falta que nuestro gobierno se vea presionado por las autoridades españolas. Al fin y al cabo, yo no soy la que tiene que dar soluciones. Hay gente mucho más formada que yo, pues nunca fui a la escuela. Tanto el gobierno como la comunidad internacional son quienes deben tomar medidas.
¿De dónde saca la energía para una lucha a la que no se le ve el final?
No quiero que una sola niña pase por lo que yo he pasado. Mi vida ha sido horrible. Saco la energía de mi propio sufrimiento.
AFESIP, su asociación, se ha extendido por los países fronterizos a Camboya.
Sí. No hay límites ni razas. Las mujeres prostituidas sentimos un mismo dolor.
Sigue habiendo gente que cree que las prostitutas lo son porque quieren.
Sí, es cierto que muchas se muestran complacientes, pero eso tiene una explicación en la educación que han recibido. Les han enseñado, con palizas y humillaciones, que no son nada, que cualquiera puede hacer con ellas lo que desee. Pero pensémoslo bien: ¿Quién quiere acostarse con alguien a quien no conoce? ¿O perder la virginidad con un desconocido a los doce años? ¿O correr el riesgo de contraer el sida? Eso sólo se hace por miedo. Resulta muy complicado salir de todo esto. No es fácil cambiar esa mentalidad de víctima, de felpudo.
Explica en su libro que de niña contaba sus secretos a los árboles. ¿Sigue haciéndolo?
Pues, sí, la verdad… –se ruboriza–. Antes no tenía amigos, por eso hablaba con los árboles. Ahora que sí los tengo, me siguen gustando. Son pacíficos y son tranquilos...
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