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Los niños de Shakira

Fecha: 28/06/2007 Marta Flores

La cantante colombiana creó, en 2001, Pies Descalzos, una fundación cuyo objetivo es ayudar a la población infantil desplazada por el conflicto interno de su país. Visitamos una de sus escuelas, en el municipio de Soacha, cerca de Bogotá.

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Tenemos una cita acordada con Mª Emma Mejía, Presidenta Ejecutiva de Pies Descalzos. Cuenta con un currículo que impresiona –ex canciller de la República de Colombia, ex ministra de Educación, ex candidata a la Vicepresidencia, ex negociadora de paz en el proceso con las FARC– y, sin embargo, desde el primer momento se nos presenta cercana y generosa. Será ella misma quien nos conduzca con su coche hasta las escuelas Gabriel García Márquez y El Minuto, en Altos de Cazucá, Soacha, donde casi mil niños y niñas se benefician de los programas de educación y nutrición de la fundación. Nos avisa de que cada vez que un auto lujoso se acerca a la zona, los chicos creen que es Shakira. Y lo comprobamos de inmediato: de repente, los muchachos se arremolinan a nuestro alrededor pensando que es la cantante quien viene a verlos. Cuando comprueban que no es así, lejos de desilusionarse, comienzan a repartirnos abrazos y besos hasta que María Emma les dice en voz alta: «¡Calma, pueblo, calma!» Un pueblo del que la presidenta comenta: «La mayoría son niños que han tenido que desplazarse de un sitio a otro para huir de la violencia; algunos no tienen padre o madre o ninguno de los dos y se han criado con tías o abuelas.»
Lección de vida
Cuando Shakira era aún una niña, sus padres –el libanés William Mebarak y la española Nidia Ripoll– sufrieron una grave crisis económica. Esa situación angustió mucho a la pequeña, por lo que sus progenitores decidieron que era hora de aprender una nueva lección en la vida. Así, llevaron a su hija a un parque donde los niños de la calle dormían cada noche. Entonces Shakira se dijo a sí misma: «No tengo derecho a quejarme; si algún día llego a ser alguien, trabajaré para esa gente.» A los trece años fi rmó su primer contrato discográfi co con Sony Music, y a los dieciocho cumplió su promesa y creó la Fundación Pies Descalzos. ¿Su objetivo? Ofrecer soluciones reales para la tragedia del desplazamiento en Colombia, la segunda crisis humanitaria más grande del mundo (afecta a casi tres millones de personas) y, concretamente centrándose en la población infantil (el 50 por ciento de los desplazados tiene menos de quince años). «Shaki piensa que un país no puede evolucionar ni transformarse si hay un solo niño que no tiene derecho a recibir una buena educación y que no tiene acceso a algo tan aparentemente fácil como es alimentarse. Los críos que llegan a la fundación vienen con mucha hambre y sufren muchas penurias, y el hecho de que su familia no pueda gastarse ni un euro en comida es muy humillante para ellos», comenta María Emma.
Quien siembra, recoge
«Empezamos esta aventura con 600 chiquitos y hoy hay más de 3.400. También vamos camino de abrir nuestro sexto colegio público. Aportamos infraestructura, evitamos la malnutrición, implicamos a los padres –previo pago de un salario– para que nos ayuden a preparar la comida, animamos a los jóvenes a idear talleres que puedan ponerse en marcha fuera del horario escolar... Queremos construir una ciudadanía», comenta ilusionada la presidenta. Algo que no siempre es fácil, según dice Patricia Sierra, directora de Programas de Pies Descalzos, a quien vemos trabajando al pie del cañón en Soacha: «La relación entre los vecinos es muy tensa porque los desplazados conviven en el mismo barrio con paramilitares y guerrilleros; los mismos que en su día les obligaron a desplazarse y que podrían volver a hacerlo. Por eso es tan difícil crear un tejido social.» Aun así se intenta hacer todo lo posible: «Aunque el 86% de los niños que hay aquí, en Soacha, son desplazados, queremos que se relacionen con otros chavales que no lo sean. La idea es evitar cualquier tipo de gueto y construir comunidades para que se presenten oportunidades reales de interrelación, que les permitan sentirse ciudadanos de un mismo espacio», dice Patricia. Mientras visitamos una clase de educación especial, donde los niños vuelven a abalanzarse sobre nosotros, obsequiándonos con múltiples gestos de cariño, le preguntamos a María Emma qué sería de esta fundación si detrás no estuviera el nombre de Shakira: «En general, a los gobiernos no les interesa promocionar en el exterior sus crisis humanitarias. Les da pereza. Es más sensacionalista hablar de la lucha contra el narcotráfi co, como ocurre en nuestro país, porque mueve más tentáculos y es un problema de seguridad nacional. Además, cuando los medios se refieren a problemas de hambruna, parece que interesan más los niños de África, es más espectacular. Shakira lo describió una vez muy bien cuando asistió a un concierto organizado por Bono en París para denunciar la situación africana. Dijo: «¿Y qué hay de la pobreza latinoamericana? ¿Dónde está la conciencia?» Pues, bien, aún hoy somos el país de los narcos y no del desplazamiento. ¿Por qué? Está clarísimo: porque es más incómodo.»
Ella mueve montañas
La presidenta de Pies Descalzos tiene siempre palabras agradables para Shakira. Y no es para menos, pues la artista es capaz de remover cielo y tierra con tal de conseguir aportaciones económicas que le permitan ver crecer su proyecto: «El éxito de Shaki en todo el mundo hace que ella pueda tener relaciones estrechas con gente de la política y con empresarios. Pero su fuerza reside también en el tipo de persona que es: una mujer joven que con solo treinta años tiene una pelea consigo misma para mejorar el mundo. Ella se implica al cien por cien y sabe que su fuerza reside en la posibilidad de expandir su mensaje solidario allí donde va. Es una generadora de opinión y eso le ha permitido conseguir poco a poco un equipo de gente, cada vez más grande, que se siente orgullosa de pertenecer a Pies Descalzos.» Pero también hay otra persona muy importante a la hora de dar instrucciones sobre cómo debe evolucionar la fundación. Ese es Antonio de la Rúa, actual novio de Shakira y su futuro marido en breve, si los rumores se confi rman: «Es como mi ángel de la guarda, mi guía. Gracias a él puedo mediar con Shakira durante las giras que hace por todo el mundo y solucionar los temas de inmediato », apunta María Emma. Mientras charlamos entretenidamente, una pequeña se acerca a nosotros. La presidenta comenta que la conoce desde que era un bebé. «¿Ahora ya me llegas al ombligo, eh?», le dice mostrando una gran sonrisa. Es la hora de comer y nos acercamos a la cocina. Hoy se ha preparado comida para cuatrocientos niños –«A veces tenemos que dejar a algunos fuera por falta de espacio», confiesa Patricia Sierra–. De menú tenemos: tortilla, huevo duro, arroz, patata, puré, ensalada tricolor y naranjada. En Soacha, afortunadamente, la vida sigue.

 

 

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