En ruta con Shakira
Fecha: 15/05/2009Volamos con ella y con su novio, Antonio, hasta la selva colombiana para visitar una escuela de su fundación Pies Descalzos. Próximo destino: el mundo.
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Está rodeada de una nube de fans, cámaras y fotógrafos, lo que una espera que envuelva a una artista que vende 40 millones de discos. Pero hoy, Shakira no mueve esas caderas que no mienten, ni lleva su famoso ombligo al aire. La están besando unas monjas mientras los fotógrafos gritan: «¡Shaki, Shaki, mira aquí!» La cantante lleva un vestido negro muy Audrey, y ha domado los rizos de su pelo hasta convertirlos en un melenón liso y trabajadamente rubio. Acaba de pronunciar un discurso ante el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, y cientos de niños y padres en la escuela que ha construido en Barranquilla. Esta es la otra Shakira, la ‘Lady Di’ colombiana. Políticos y filántropos de todo el mundo hacen cola para trabajar con Pies Descalzos, la fundación solidaria para la educación que creó con diecinueve años. Ha proporcionado educación y trabajo a 30.000 colombianos. Con estos datos, ¿por qué la describen tan a menudo como una Britney Spears hispana que baila la danza del vientre? Es fácil entender cómo la gente puede equivocarse tanto con Shakira. Ofrece un mensaje a medio camino entre una bomba sexual y la Madre Teresa de Calcuta. «No soy virgen, pero tampoco la puta que tú crees que soy», dice ella en una de sus canciones. Cuando no exhibe la sensualidad de su golpe de cadera en el escenario –con su distintiva mezcla-fusión de ritmos latinos y pop oriental– Shakira es embajadora de la Unicef y, entre sus muchos intereses, destacan la historia del mundo, la política y el arte. Es famosa en todo el mundo, una de las pocas artistas que ha hecho la transición de estrella latina a superstar. El año pasado estaba en el cuarto lugar de la lista Forbes de las mujeres más ricas de la música. Delante de ella, únicamente Madonna, Barbra Streisand y Celine Dion. Al día siguiente de la inauguración de su escuela en Barranquilla, subimos con ella al avión que nos llevará a Quibdo, en la selva colombiana, para visitar una de las cinco escuelas de su fundación. Shakira lleva unos pantalones militares bordados, una camiseta azul de manga corta, botas, el pelo suelo y un poco de brillo rosa en sus labios. Está muy guapa y relajada. Es tan pequeña que se puede hacer un ovillo en el asiento. Tiene 32 años, pero fácilmente le echarías diez menos. «Crecer en Colombia me ha hecho ver más claro que la educación puede ayudar a romper el círculo de la pobreza. Despierta el potencial de cada niño y le enseña que puede tener lo que quiera en la vida.»
Así empezó todo
No te confundas: Shakira creció en un entorno confortable. Su padre era un joyero «ni rico ni pobre». Cuando tenía cuatro años estaba comiendo en un restaurante con su familia y escuchó por primera vez el sonido del tambor que suele acompañar la danza del vientre. Antes de que nadie pudiera detenerla se subió a la mesa y se puso a bailar. «Ese mismo día –nos asegura– supe que sería artista y que viajaría por todo el mundo.» Una de sus compañeras de clase recuerda ahora que «cada viernes la veíamos actuar en el colegio; ella sola, cantando y bailando en el escenario. Todo el mundo la animaba, sus padres, los profesores. Todos sabíamos que, de alguna manera, se convertiría en una artista famosa. Su padre, en especial, la animaba a escribir poemas que al final se convirtieron en letras.» En Youtube aún corre algún vídeo de esos recitales de Shakira en la escuela. Con su pelo natural negro-libanés. Todavía no había dado la vuelta a su imagen hasta encontrar el look con que se ha hecho célebre. Quizá no era del todo apropiado para un colegio de monjas. Los viernes por la tarde, el colegio animaba a Shakira y a sus compañeras a visitar las áreas más pobres de la ciudad, y a enseñar a leer y a escribir a los niños que no iban a la escuela. «Me entristecía –recuerda Shakira– ver a todos esos niños que no tenían ni papel ni lápiz. A veces, ni siquiera tenían un techo sobre sus cabezas. Había mosquitos por todas partes y mucha humedad. Los niños tenían tanta hambre que no se podían concentrar. Me dije a mí misma que, si algún día tenía éxito, haría algo para mejorar la situación.»
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